El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Conchi encontró a Pilar mirando hacia la puerta de La Tahona como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento.

—Como sigas así, vas a desgastar el cristal —dijo al entrar.

Pilar levantó la vista.

—No estoy mirando el cristal.

—Ya. Estás mirando a través del cristal, que es distinto.

Lili tiró de la correa hacia el cuenco de agua que había junto al mostrador.

—Tú, a lo tuyo —murmuró Conchi.

Pilar no sonrió enseguida, y eso bastó para que Conchi dejara el tono ligero.

—¿Ha pasado algo?

—No. Nada nuevo.

—Entonces tienes cara de que sí.

Pilar terminó de colocar una bandeja de bollos y se limpió las manos en el delantal.

—He estado pensando en Aurora.

Conchi dejó el bolso sobre una silla.

—Yo también.

—Ayer te dije que la carpeta era suya y ya está, pero cuanto más lo pienso, más absurdo me parece todo. Yo ni sabía qué llevaba dentro. Me pidió que se la diera a Emilio si venía y se la di. Ahora parece que cualquier cosa que hicimos ayer tiene importancia.

—No cualquier cosa.

—Ya me entiendes.

Conchi sí la entendía. Desde que Emilio había aparecido muerto, incluso los gestos más corrientes del día anterior parecían reclamar una explicación nueva.

—En la Guardia Civil ya saben que la carpeta era de Aurora —dijo—. Lo conté tal como ocurrió.

—¿Y te preguntaron mucho por mí?

—Preguntaron por la entrega. No es lo mismo.

Pilar bajó la mirada un instante.

—Ya.

Conchi conocía aquella respuesta. No significaba que su amiga estuviera convencida, solo que no quería seguir dándole vueltas delante de los dos clientes que acababan de entrar.

Esperaron mientras Pilar atendía. Una mujer pidió dos barras y un hombre mayor se llevó una bolsa de magdalenas.

Hablaron del frío de la mañana, de una sobrina que venía el fin de semana y de que el precio del aceite seguía siendo una barbaridad.

Durante unos minutos, La Tahona volvió a ser solo una panadería, y Conchi agradeció aquella normalidad más de lo que habría esperado.

Cuando los clientes salieron, Pilar volvió a mirarla.

—Aurora vive en casa, ¿verdad?

—Que yo sepa, sí.

—Podrías pasar.

Conchi arqueó una ceja.

—¿Podría?

—No me pongas esa cara. Tú también quieres saber qué había en la carpeta.

Era verdad, pero oírselo decir en voz alta la obligó a recordar la conversación con Lucía: si recordaba algo, debía contarlo; si alguien le decía algo relevante, también. Lo que no convenía era que empezara a preguntar por su cuenta como si estuviera investigando.

No tenía intención de presentarse en casa de Aurora a interrogarla, pero Aurora era la propietaria de la carpeta y Pilar llevaba desde la noche anterior preocupada por haberla entregado.

—Puedo pasar a verla —dijo—. Eso no significa que vayamos a montar una investigación en la trastienda.

—No he dicho eso.

—Te conozco.

—Y yo a ti.

—Precisamente.

Pilar hizo un gesto hacia la puerta.

—Pues ve antes de que se te ocurra discutir más conmigo.

Conchi cogió el bolso.

—Ni siquiera he comprado nada.

—Milagro.

—Luego vuelvo.

—Eso sí me lo creo.

Aurora Peña vivía a menos de diez minutos andando desde la plaza, en una casa baja de fachada clara con varias macetas en las ventanas. Conchi había estado allí alguna vez hacía años, aunque no recordaba haber entrado desde su regreso al pueblo.

Lili se entretuvo en cada esquina, como si aquella mañana hubiera decidido medir Valdecerezos palmo a palmo.

—Tenemos una visita —le recordó Conchi.

La perra siguió olisqueando una pared.

—Una visita humana. A ti te da igual, ya lo sé.

Cuando llegaron, Conchi llamó al timbre. Tardaron unos segundos en abrir.

Aurora apareció con unas gafas colgadas del cuello y una rebeca gris abrochada hasta arriba.

—Conchi.

—Buenos días.

Aurora miró a Lili.

—Pasa, hija. La perra también. Pero que no me tire ninguna maceta, que están como están.

—No suele tirar macetas.

—Mejor. Yo tampoco, y mira.

Conchi entró sin saber muy bien a qué se refería.

La casa olía a café y a muebles antiguos. En el recibidor había una mesita cubierta de cartas, dos folletos del ayuntamiento y un manojo de llaves que Aurora apartó como si acabara de darse cuenta de que estaban allí.

—Ven a la cocina. Tengo todo patas arriba.

No era exactamente verdad. Había papeles, eso sí: un montón pequeño junto a una frutera, otro encima de una silla y varios sobres sujetos con una pinza de madera.

Conchi pensó en Emilio.

—Pilar me dijo que ayer dejaste una carpeta para él.

Aurora perdió parte de la ligereza con la que había abierto la puerta.

—Sí.

—Estaba delante cuando se la entregó.

—Ya me ha dicho Pilar que te han preguntado.

—Me han preguntado por lo que vi.

Aurora se sentó.

—Qué desgracia, Conchi.

—Sí.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló. Fue Aurora quien rompió el silencio.

—Yo todavía no me lo creo. Ayer por la mañana le mando unos papeles y por la tarde... —Se detuvo—. Parece que una cosa tenga que ver con la otra, aunque no tenga sentido.

Conchi se sentó frente a ella.

—¿Qué papeles eran?

Aurora se quitó las gafas del cuello y se las puso.

—Espera.

Se levantó y salió de la cocina. Conchi oyó abrirse un cajón en otra habitación mientras Lili permanecía junto a su silla, mucho más interesada en un rayo de sol que entraba por la ventana que en cualquier conversación humana.

Aurora volvió con una carpeta de cartón más gastada que la que Pilar había entregado a Emilio.

—Yo guardo copia de casi todo —dijo—. Bueno, copia o el original, depende. A veces luego no sé cuál es cuál.

—Pilar dijo que guardabas recibos desde el año de la pera.

Aurora la miró por encima de las gafas.

—Pilar habla demasiado.

—Eso también lo dice ella de ti.

—Pues estamos en paz.

Dejó la carpeta sobre la mesa y empezó a sacar papeles.

Había extractos bancarios, liquidaciones impresas y varios recibos de reparaciones y mantenimiento.

Nada resultaba especialmente llamativo. Eran documentos como los que Conchi había visto muchas veces en cualquier casa: cifras pequeñas, conceptos abreviados, fechas y líneas que uno terminaba aceptando porque parecían demasiado aburridas para merecer una discusión.

Aurora puso tres hojas juntas.

—Mira esto.

Conchi acercó la silla.

En dos de los documentos había marcas hechas a bolígrafo: un círculo alrededor de una cantidad, un interrogante junto a una línea. En otro, Aurora había subrayado un concepto.

—¿Qué es lo que no te cuadra?

—Eso mismo quería que me dijera Emilio.

—Ya, pero algo verías tú.

Aurora señaló una liquidación.

—Aquí pone mantenimiento extraordinario. Treinta y ocho euros con veinte.

Conchi leyó la línea.

—Sí.

—Y aquí —Aurora buscó otra hoja— aparece otra cosa que parece lo mismo. Ajuste de mantenimiento. Treinta y seis con cincuenta.

—No es exactamente la misma cantidad.

—Ya lo sé. Por eso no digo que esté mal. Digo que no sé qué es.

Señaló un tercer papel.

—Y este cargo tampoco lo recuerdo.

Conchi leyó el concepto. Era una cantidad pequeña.

—¿Cuánto?

—Veintisiete euros.

—¿Y puede ser de alguna reparación?

—Puede. Claro que puede. Por eso mandé los papeles a Emilio.

Aurora se recostó en la silla.

—Yo no sé de cuentas. Bueno, sé lo suficiente para saber lo que entra y lo que sale, pero estas liquidaciones me pierden. Un mes pone una cosa, otro mes otra. A veces hay regularizaciones, a veces ajustes... Una acaba pagando porque supone que estará bien.

—¿Quién te lleva estas gestiones?

Aurora respondió sin dudar.

—Celia Montejo. Desde hace tiempo.

El nombre no sorprendió a Conchi. Sabía que Celia trabajaba como administradora y, además, la mañana anterior había reconocido que los papeles eran de Aurora. Aun así, se obligó a no convertir una relación profesional completamente normal en algo distinto solo porque Emilio hubiera muerto después.

—¿Le preguntaste a ella por estos cargos?

—Alguna vez. Me explicó alguno. Otros los dejé pasar. Ya sabes cómo es esto: te dan una explicación con tantas palabras que al final dices que sí aunque no sepas si has entendido.

Conchi sonrió un poco.

—Eso también pasa con los bancos.

—Y con los médicos.

—Depende del médico.

—Y con los del teléfono.

—Con esos siempre.

Aurora soltó una risa breve, agradecida por el descanso, y después volvió a los papeles.

—No pensé que hubiera nada grave. Si lo hubiera pensado, no se lo habría dejado a Emilio como quien deja la lista de la compra. Solo quería que me dijera si estaba pagando dos veces algo parecido.

Conchi tomó una de las hojas sin levantarla de la mesa.

—¿Esto estaba en la carpeta?

—Sí. Bueno, esta es mi copia.

Aurora sacó una hoja pequeña doblada por la mitad.

—Y también metí una nota para no olvidarme de lo que quería preguntarle.

La abrió.

Había tres cargos anotados con una letra apretada. Al lado de cada uno, un signo de interrogación. Debajo, una frase:

Preguntar a Emilio si esto está repetido.

Conchi la leyó dos veces.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

—¿No le pedías que buscara nada más?

—No.

Aurora frunció el ceño.

—Bueno, le dije por teléfono que mirara si veía algo raro, pero no porque yo supiera que hubiera algo raro. No sé si me explico.

—Perfectamente.

Aurora volvió a ordenar una de las hojas y añadió:

—Me llamó ayer.

Conchi levantó la vista.

—¿Emilio?

—Sí. Antes de comer.

—¿Por los papeles?

—Por dos cargos. Quería saber si yo recordaba de qué eran.

Conchi esperó un instante antes de preguntar.

—¿Y lo recordabas?

—Uno sí. O creo que sí. El otro no. Le dije que los había gestionado Celia, como casi todo lo de la casa, y que uno no recordaba haberlo autorizado yo personalmente.

—¿Qué te dijo Emilio?

Aurora se quedó pensando.

—Nada especial. Que lo iba a comparar.

Conchi miró de nuevo las hojas.

—¿Con qué?

—No me lo dijo.

—¿Comparar fue la palabra que usó?

—Sí. O revisar. Una de las dos. Espera... —Aurora apretó los labios—. Me dijo: «Voy a comparar esto con unas cosas que tengo». Eso sí lo recuerdo.

Aquella frase hizo que Conchi volviera la vista hacia los tres papeles extendidos sobre la mesa.

Aurora se quitó las gafas.

—¿Tú crees que estos papeles tienen que ver con lo que le pasó?

La pregunta llegó demasiado deprisa.

—No lo sé.

—Pero estás pensando que pueden tenerlo.

—Estoy pensando que ayer Emilio quiso comparar unas cuentas y unas horas después murió. Eso no significa que una cosa explique la otra.

Aurora asintió despacio.

—Ya.

—Y no deberíamos convertir una duda en una acusación.

—No estoy acusando a nadie.

—Lo sé.

Conchi volvió a mirar la nota. Eran tres cantidades pequeñas, acompañadas de tres interrogantes. Si allí había algo anormal, desde luego no tenía el aspecto de una gran revelación; podían ser errores, ajustes mal explicados o gastos perfectamente legítimos.

—¿La Guardia Civil sabe qué había en la carpeta? —preguntó.

—Han hablado conmigo esta mañana. Les he dicho lo mismo que a ti y les he enseñado mis copias.

Conchi sintió cierto alivio. No había encontrado un documento desconocido para la investigación oficial ni tenía que decidir qué hacer con aquella información.

—Entonces ya lo tienen en cuenta.

—Supongo.

Aurora reunió los papeles con cuidado, aunque el resultado fue un montón ligeramente torcido.

—Pilar está preocupada, ¿verdad?

—Bastante.

—Pues no tiene por qué. La carpeta era mía.

—Eso le vendrá bien oírtelo a ella.

Aurora levantó la vista.

—Voy contigo.

Conchi miró el reloj de la cocina.

—¿Ahora?

—Ahora. Antes de que me ponga a hacer otra cosa y se me olvide.

—A ti no se te olvida nada.

Aurora señaló los montones de papeles.

—Por eso guardo todo. Porque no me fío.

Volvieron andando hasta La Tahona. Aurora llevaba la carpeta bajo el brazo y Conchi sujetaba la correa de Lili. Por el camino hablaron de cualquier cosa menos de Emilio: de una gotera que Aurora quería revisar antes de que llegaran las lluvias y de un geranio que no había sobrevivido al verano.

Conchi agradeció que durante unos minutos pudieran hablar de asuntos que no parecieran esconder nada.

Al entrar en la panadería, Pilar estaba sola.

—Mira a quién traigo.

Aurora fue directa al mostrador.

—La carpeta era mía.

Pilar parpadeó.

—Buenos días a ti también.

—Ya sabes a qué vengo.

—Sí, pero podías respirar primero.

Aurora dejó la carpeta sobre el mostrador.

—He hablado con la Guardia Civil. Les he explicado que te pedí yo que se la dieras a Emilio y qué llevaba dentro. Así que deja de preocuparte.

Pilar miró a Conchi.

—¿Te lo ha contado?

—Me ha enseñado las copias.

—¿Y?

Conchi se encogió de hombros.

—Hay cargos que Aurora no entiende. Cantidades pequeñas. Nada que, por sí solo, diga gran cosa.

Aurora intervino enseguida.

—Lo que yo llevo diciendo desde el principio.

—Desde ayer —corrigió Pilar.

—Pues desde ayer.

Pilar apoyó ambas manos en el mostrador.

—Entonces, ¿por qué Emilio quería mirarlo?

Aurora respondió antes que Conchi.

—Porque yo se lo pedí.

—Ya, pero si eran cuatro recibos...

—No eran cuatro recibos.

—Es una manera de hablar.

Conchi dejó que discutieran unos segundos. Las conocía lo suficiente para saber que, debajo de aquella pelea mínima, Pilar empezaba por fin a relajarse.

—Emilio llamó a Aurora antes de comer —dijo cuando encontró un hueco—. Le preguntó por dos cargos y le dijo que iba a comparar los papeles con otras cosas que tenía.

Pilar dejó de moverse.

—¿Otras cosas de quién?

—No lo sabemos.

—¿Otros recibos?

—Puede ser.

—¿De otras personas?

—Pilar.

—Solo pregunto.

Conchi la miró.

—Y yo solo te digo que no sabemos nada más.

Pilar exhaló despacio.

—Vale.

Aurora recogió su carpeta.

—Yo sí sé una cosa.

Las dos la miraron.

—Que me voy a casa antes de que me hagáis sentir culpable por guardar papeles.

Pilar sonrió por fin.

—Eso sería imposible. Tú no te sientes culpable por guardar nada.

—Porque luego siempre hace falta.

—Hasta los catálogos de hace diez años.

—Esos no molestan a nadie.

—Ocupan medio armario.

—Mi armario.

Conchi levantó una mano.

—Yo me retiro de esta conversación.

Aurora se despidió y salió con la carpeta bajo el brazo. Lili la siguió con la mirada desde junto a la puerta.

Pilar esperó a que se cerrara.

—Estoy más tranquila.

—Mejor.

—No porque los papeles no importen. Porque ya está claro que no eran míos.

—Eso ya estaba claro ayer.

—Para ti.

Conchi no discutió. Pilar cogió una bolsa de papel.

—¿Quieres pan?

—Sí.

—Sabía que volverías.

—No empieces.

Mientras Pilar envolvía una barra, Conchi volvió a pensar en la nota de Aurora.

Preguntar a Emilio si esto está repetido.

Tres cargos pequeños. Cantidades que podían ser errores administrativos, ajustes o gastos completamente normales. Nada allí permitía acusar a nadie ni siquiera afirmar que hubiera un problema real.

Y, sin embargo, Emilio había considerado aquellos papeles lo bastante interesantes como para llamar a Aurora y decirle que pensaba compararlos con otras cosas que ya tenía.

La carpeta no ofrecía una respuesta.

Solo había convertido la pregunta en algo un poco más concreto.

¿Por qué Emilio había querido comparar aquellos cargos?