Capítulo 5
La mañana siguiente amaneció más fría. Conchi lo notó al abrir la puerta del patio para que Lili saliera: la perra asomó el hocico, se quedó un segundo mirando fuera y terminó bajando los dos escalones con bastante menos entusiasmo de lo habitual.
—Ahora resulta que también eres friolera.
Lili no le hizo caso.
Conchi regresó a la cocina y se sirvió café. Había dormido mal, aunque no por falta de sueño. Cada vez que se despertaba volvía a la misma imagen: la cinta junto a la Fuente del Olmo y, unas horas antes, Emilio entrando en La Tahona como cualquier otra mañana.
El teléfono sonó poco después de las nueve.
Era Álvaro Robles.
—Buenos días, Conchi. ¿Te pillo bien?
—Sí.
—Necesitaríamos que te pasaras por el puesto esta mañana. Estabas en la panadería cuando Pilar entregó una carpeta a Emilio, ¿verdad?
Conchi bajó la vista hacia la taza.
—Sí.
—No te llevará mucho. Queremos dejar claro el orden de lo que ocurrió y quién estaba allí.
—Voy en un rato.
—Gracias.
Álvaro no añadió nada sobre Emilio ni sobre la causa de la muerte, y Conchi tampoco preguntó. Después de lo que había visto la noche anterior, imaginó que todavía habría pocas respuestas y muchas cosas por comprobar.
Dejó a Lili en casa, pese a una protesta breve por parte de la interesada, y salió andando hacia el centro.
Valdecerezos tenía un aspecto extraño sin que hubiera cambiado nada visible.
La panadería estaba abierta, la farmacia también y alguien descargaba cajas junto a una tienda de alimentación, pero las conversaciones parecían interrumpirse un poco antes cuando pasaba otra persona.
La muerte de Emilio ya empezaba a ocupar ese espacio que dejan las cosas que nadie entiende todavía.
Conchi evitó entrar en La Tahona. No porque no quisiera ver a Pilar, sino porque sabía que, si lo hacía, acabarían repasando otra vez la mañana anterior antes de que ella hablara con la Guardia Civil. Prefería no mezclar sus propios recuerdos con el miedo de su amiga.
El puesto estaba tranquilo cuando llegó. Álvaro la recibió y la acompañó hasta una sala sencilla donde Lucía Ferrer esperaba sentada al otro lado de una mesa, con unas hojas delante y un bolígrafo en la mano.
—Buenos días —dijo Lucía.
—Buenos días.
Álvaro señaló una silla.
—Siéntate, por favor.
Conchi dejó el bolso en el suelo, junto a sus pies, y se acomodó.
Lucía no parecía antipática ni especialmente amable. Estaba concentrada, nada más.
—Vamos a repasar la mañana de ayer —dijo Álvaro—. Lo que viste tú. Si algo no lo recuerdas, nos dices que no lo recuerdas. No pasa nada.
—De acuerdo.
—¿A qué hora llegaste a La Tahona?
Conchi se tomó unos segundos antes de responder.
—Sobre las nueve y cuarto. No miré el reloj al entrar, pero suelo salir casi siempre a la misma hora con Lili, así que no debía de ser mucho más tarde.
Lucía anotó algo.
—¿Estaba Emilio cuando llegaste?
—No. Entró después.
—¿Cuánto después?
—Poco. Cinco minutos, quizá menos, pero eso ya no sabría decírtelo con seguridad.
Álvaro asintió sin intentar que afinara más.
—¿Qué ocurrió cuando entró?
Conchi explicó que Emilio había pedido el pan de siempre y que Pilar, mientras lo atendía, recordó que Aurora había dejado una carpeta para él.
—¿Qué tipo de carpeta? —preguntó Lucía.
—De plástico azul, con una goma.
—¿La viste abierta?
—No.
—¿Viste lo que contenía?
—Tampoco.
—¿Pilar te dijo qué había dentro?
—Dijo que eran unos papeles de Aurora para que Emilio mirara unos cargos. Nada más concreto.
Lucía levantó la vista.
—¿Usó la palabra «cargos»?
Conchi repasó mentalmente la escena: Pilar detrás del mostrador, Emilio con la barra de pan, la carpeta entre los dos.
—Sí. Dijo algo como que Aurora quería que mirara unos cargos que no le cuadraban. No puedo asegurar la frase exacta, pero la palabra era esa.
Lucía volvió a escribir.
—¿Pilar mostró interés por el contenido?
La pregunta incomodó a Conchi más de lo que esperaba.
—No. De hecho, dijo que no se había enterado bien de qué iba el asunto.
—Solo te pregunto qué viste.
—Y eso es lo que vi.
Álvaro intervino sin cambiar el tono.
—¿Pilar manipuló la carpeta de alguna manera aparte de entregársela?
—La sacó de debajo del mostrador y se la dio a Emilio. Ya está.
—¿Emilio la abrió allí?
—No.
—¿Hizo algún comentario que te llamara la atención?
Conchi negó con la cabeza.
—Dijo que luego llamaría a Aurora. Hablaron un poco de que seguía ayudando a gente con papeles aunque estuviera jubilado, pero nada raro.
Lucía anotó de nuevo.
—¿Quién más estaba presente?
—Al principio, Pilar, Emilio y yo. Después Emilio se marchó y entró Celia Montejo.
Contó aquella parte con la misma precisión que lo demás.
Celia había preguntado si el hombre que acababa de salir era Emilio; Pilar dijo que sí y mencionó los papeles de Aurora.
Celia comentó que Emilio disfrutaba con esas cosas más que algunos con el fútbol, compró pan y una botella de agua y se marchó.
Álvaro escuchó hasta el final.
—¿Te pareció extraña esa conversación?
—No.
—¿Celia preguntó qué contenía la carpeta?
—No. Pilar dijo algo de unos recibos y de que Emilio se los miraría. Celia no hizo preguntas.
—¿Estás segura? —preguntó Lucía.
Conchi la miró.
—De eso sí.
Lucía dejó el bolígrafo un momento sobre la mesa.
—¿Y después?
—Después compré media barra, Pilar se metió conmigo porque decía que iba a acabar llevándome una palmera y me fui con Lili.
Por primera vez desde que había entrado, Álvaro sonrió apenas.
—Eso último no creo que necesitemos apuntarlo.
—Pues fue una parte importante de la mañana.
Lucía dejó escapar una sonrisa breve, aunque enseguida volvió al asunto.
—¿Viste a Emilio otra vez durante el día?
Conchi pensó en la escena junto al taller de Julián: Emilio detenido con otro hombre que le enseñaba un papel.
—Sí. A mediodía o primera hora de la tarde. Estaba hablando con un hombre mayor cerca de una tienda. Él llevaba un sobre y le enseñaba unos papeles. Yo pasé por allí con Lili y no me detuve.
—¿Sabes quién era ese hombre?
—De vista me sonaba, pero no sé decirte el nombre.
—¿Oíste algo de la conversación?
—Muy poco. El hombre dijo algo sobre que el año anterior algo no venía, o no aparecía. Emilio cogió el papel y dijo: «Déjame verlo». Eso es todo.
Álvaro hizo una anotación.
—Bien.
La siguiente pregunta llegó de Lucía.
—Anoche fuiste hasta la zona de la fuente.
—Sí. Pilar me llamó cuando se enteró. Pasé por la plaza antes de ir a verla.
—Mateo te vio allí.
—Hablé con él. No crucé la cinta ni me acerqué.
—No estamos diciendo que lo hicieras.
—Ya.
Lucía la observó un momento antes de continuar. Su tono no había cambiado, pero Conchi tuvo la impresión de que estaba escogiendo bien las palabras.
—Te lo digo porque estos primeros días conviene que las cosas estén claras. Si recuerdas algo, nos lo cuentas. Si alguien te cuenta algo que te parece relevante, también. Pero es mejor que no empieces a preguntar por tu cuenta como si estuvieras intentando averiguar qué pasó.
Conchi arqueó ligeramente las cejas.
—No tenía pensado ponerme una placa.
—No he dicho eso.
—Ya lo sé.
Álvaro apoyó una mano sobre la mesa.
—Lucía tiene razón en una cosa. Tú conoces a mucha gente y la gente habla contigo. Eso puede ser útil, pero también puede complicar recuerdos y versiones si todo el pueblo empieza a preguntarse unos a otros qué vieron.
Conchi entendió perfectamente lo que quería decir. Aun así, no le gustó del todo.
—Pilar está preocupada.
—Lo sabemos —respondió Álvaro.
—Le inquieta que la gente piense cosas por haber entregado esa carpeta.
—Nosotros no trabajamos con lo que piense la gente.
Lucía recogió el bolígrafo.
—Y que se le pregunte por una carpeta no significa que se la esté acusando de nada.
Conchi miró a ambos.
—Eso ya se lo dije yo anoche.
—Pues hiciste bien —dijo Álvaro.
La sencillez de la respuesta le quitó parte de la incomodidad.
—¿Se sabe ya si Emilio se cayó?
Álvaro tardó apenas un segundo en contestar.
—La caída es una posibilidad que se está valorando. Todavía hay comprobaciones pendientes.
Conchi reconoció el límite y no insistió.
Lucía pasó la hoja.
—Una última cosa. ¿Sabías antes de ayer que Aurora había preparado esos papeles para Emilio?
—No.
—¿Habías oído a Pilar hablar de ellos?
—No.
—¿Y sabías que Emilio estuviera revisando algo concreto para Aurora?
—Tampoco.
—Bien.
Álvaro cerró la carpeta que tenía delante.
—Por ahora es suficiente. Si necesitamos aclarar algo más, te llamamos.
Conchi recogió el bolso, aunque no se levantó todavía.
—¿Puedo preguntar una cosa?
—Claro.
—¿La carpeta apareció con Emilio?
Álvaro y Lucía intercambiaron una mirada breve. No era una de esas miradas llenas de significado que tanto gustaban en las series de televisión, sino algo mucho más sencillo: decidir quién contestaba.
Lo hizo Álvaro.
—Estamos revisando sus efectos y documentación. No puedo entrar en detalles.
—Entendido.
Conchi se levantó y Lucía hizo lo mismo para abrirle la puerta.
—Conchi.
—¿Sí?
—Lo que has hecho hoy es lo correcto. Contar lo que viste, aunque Pilar sea amiga tuya.
Conchi apoyó una mano en la correa del bolso.
—Ser amiga de Pilar no cambia lo que pasó.
—Exacto.
La respuesta de Lucía fue seca, pero no desagradable.
Al salir al exterior, Conchi tuvo la sensación de haber pasado por una versión adulta de una reunión con la dirección del colegio: preguntas concretas, respuestas concretas y la impresión de que cualquier añadido innecesario acabaría estorbando.
El sol había subido un poco, aunque seguía haciendo fresco. Caminó hacia la plaza sin prisa y, desde una esquina, vio La Tahona. Había dos clientes dentro y Pilar atendía a uno de ellos.
Pensó en entrar, pero volvió a decidir que no. No quería contarle qué preguntas le habían hecho ni aumentar su nerviosismo con detalles que, por sí solos, no significaban nada.
Siguió andando.
La conversación con Lucía continuaba molestándole un poco, no porque la guardia civil hubiera sido brusca —no lo había sido—, sino porque tenía cierta razón.
Conchi llevaba toda la vida haciendo preguntas. Había enseñado a niños, hablado con padres, escuchado excusas mejores y peores y aprendido que, si dejabas hablar a alguien el tiempo suficiente, muchas veces terminaba aclarando lo que al principio no sabía explicar.
Pero aquello no era una tutoría ni una discusión en el patio del colegio.
Emilio estaba muerto, y por mucho que quisiera ayudar a Pilar, no podía decidir de antemano qué datos convenía contar y cuáles era mejor dejar fuera.
Al cruzar la plaza, miró hacia el lado donde quedaba la Fuente del Olmo. No se acercó; desde allí apenas distinguía la zona y prefirió seguir caminando.
Lo que sí podía hacer era algo bastante más sencillo.
Aurora había preparado la carpeta y sabía exactamente qué había metido dentro.
Conchi no necesitaba averiguar quién había matado a nadie. Ni siquiera sabía todavía si alguien lo había hecho.
Solo quería entender por qué aquellos papeles habían terminado en manos de Emilio la misma mañana en que murió.