Capítulo 4
Pilar llamó cuando Conchi estaba poniendo una sartén al fuego.
—¿Sí?
Al otro lado no contestaron enseguida. Conchi bajó el fuego y esperó un segundo.
—¿Pilar?
—Han encontrado a Emilio.
La forma de decirlo hizo que dejara la espátula sobre la encimera.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé bien. Junto a la Fuente del Olmo. Dicen que se ha caído.
Conchi miró hacia la puerta de la cocina, como si la respuesta pudiera estar en el pasillo.
—¿Está herido?
La pausa fue suficiente para que algo se tensara dentro de ella.
—No. Conchi, está muerto.
Durante unos segundos solo oyó el leve chisporroteo del aceite en la sartén.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Mercedes ha venido a casa. Dice que una vecina lo ha visto en el suelo y ha llamado. Mateo está allí y también la Guardia Civil.
Conchi apagó el fuego.
—¿Tú estás en casa?
—Sí.
—Voy para allá.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
Colgó antes de que Pilar pudiera discutirlo.
Lili apareció en la cocina, atraída quizá por el olor de la comida o por el cambio de tono de Conchi, y se quedó mirándola desde la puerta.
—Ahora no.
La perra no avanzó.
Conchi cogió la chaqueta que había dejado en el respaldo de una silla y dudó un instante antes de tomar también la correa.
No tenía demasiado sentido dejar a Lili sola para ir a casa de Pilar y regresar después, pero había otra razón para salir que le costaba admitir incluso a sí misma: necesitaba comprobar que aquello que acababa de escuchar era verdad, aunque la palabra comprobar resultara absurda.
Emilio había estado aquella misma mañana en La Tahona, había bromeado con Pilar y con ella, había salido con el pan bajo el brazo y la carpeta azul de Aurora. Nada en esa escena había tenido aspecto de despedida.
Ahora estaba muerto.
En la calle, la temperatura había bajado más de lo que Conchi esperaba. Se cerró la chaqueta mientras Lili tiraba suavemente hacia el centro.
A medida que se acercaban a la Plaza de los Castaños, empezó a percibir que algo había cambiado, aunque no fuera fácil señalar qué.
No era silencio; en Valdecerezos casi nunca había verdadero silencio a esas horas.
Eran los grupos pequeños de personas detenidas donde normalmente nadie se paraba, las conversaciones pronunciadas a media voz y las cabezas vueltas en una misma dirección.
Conchi no necesitó preguntar.
Desde una de las entradas de la plaza se veía movimiento junto a la Fuente del Olmo.
La fuente quedaba a un lado, apartada del paso principal. No era la fuente ornamental situada en el centro, sino una construcción de piedra más antigua, pegada a un pequeño desnivel del terreno por el que Conchi había pasado cientos de veces sin prestarle demasiada atención.
Aquella noche una cinta impedía acercarse.
Mateo Blázquez hablaba con dos vecinos a varios metros de la fuente y, algo más allá, un vehículo de la Guardia Civil permanecía estacionado con las luces apagadas. Dentro de la zona acotada se movían varias personas, aunque desde donde estaba Conchi no distinguía bien qué hacían.
Se detuvo antes de que nadie tuviera que pedírselo.
Lili, ajena a todo, olisqueó el borde de la acera.
—Aquí —le dijo Conchi en voz baja.
Una mujer se acercó a otra y le susurró algo que ella no llegó a entender. Un hombre mayor, unos pasos más allá, comentó:
—Ha debido resbalar.
Nadie le respondió.
Conchi miró hacia la fuente. Desde aquella distancia no se veía el cuerpo, solo parte de la piedra húmeda junto al borde y el desnivel lateral, irregular y oscuro con la falta de luz. No hacía falta demasiada imaginación para pensar en un mal paso.
Una caída parecía posible. Emilio tenía setenta años, el suelo alrededor de la fuente podía ponerse resbaladizo incluso sin lluvia y aquella zona no estaba completamente nivelada.
Se obligó a detener ahí el razonamiento.
No sabía nada más.
Mateo levantó la vista y la vio. Se acercó hasta el límite de la cinta.
—Conchi.
—Pilar me ha llamado.
Mateo asintió. Tenía el gesto serio, pero no alterado.
—Lo ha encontrado una vecina hace un rato. Ha avisado a emergencias.
—¿Ha sido una caída?
Mateo miró un momento hacia la fuente antes de responder.
—Puede ser. Eso tendrán que determinarlo.
—Claro.
Conchi agradeció que no intentara añadir una explicación que todavía no existía. Dudó unos segundos antes de hacer otra pregunta.
—¿Llevaba sus cosas?
Mateo la miró.
—Por lo que se ve, sí. No parece que falte nada, pero eso también lo comprobarán ellos.
Hizo un gesto discreto hacia la Guardia Civil.
Conchi asintió. Que no hubiera signos visibles de robo podía significar algo o no significar absolutamente nada; no tenía forma de saberlo.
—¿Pilar está bien? —preguntó Mateo.
—Está en casa.
—Entonces ve con ella.
—Eso iba a hacer.
Mateo regresó junto a los demás.
Conchi permaneció unos segundos más donde estaba.
No se acercó a la cinta, no preguntó a los vecinos ni buscó entre la gente a nadie conocido que pudiera contarle algo.
La curiosidad existía, por supuesto, pero estaba mezclada con una impresión mucho más sencilla y difícil de apartar: el día se había roto por un sitio que unas horas antes parecía completamente normal.
Por la mañana, Emilio había comprado pan.
Ahora una cinta cerraba el paso junto a la fuente.
—Vamos —dijo a Lili.
Tomó la calle que llevaba a casa de Pilar.
• • •
Pilar abrió antes de que Conchi llamara por segunda vez.
—Entra.
Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y se había puesto una rebeca sobre la ropa del día. En la cocina, sobre la mesa, había una taza de tila casi llena.
—No la estás bebiendo —dijo Conchi.
—No me apetece.
—Entonces no sé para qué la haces.
—Porque siempre se hace una tila cuando pasa algo.
Conchi dejó la correa de Lili enganchada al respaldo de una silla y se sentó frente a ella. Pilar parecía bastante más nerviosa de lo que había sonado por teléfono.
—He pasado por la plaza.
—¿Lo has visto?
—No. Y mejor así.
Pilar bajó la mirada hacia la taza.
—Dicen que se cayó.
—Eso parece posible. Mateo ha dicho que todavía tienen que comprobarlo.
—Claro.
Conchi esperó sin añadir nada. Pilar empezó a girar la taza entre las manos.
—Esta mañana estaba aquí.
—Ya lo sé.
—Le di la carpeta.
—También lo sé.
Pilar levantó la vista.
—Conchi, se la di yo.
—Era de Aurora.
—Ya, pero se la di yo.
—Porque Aurora te pidió que se la dieras.
—Ya lo sé.
Conchi la observó unos segundos.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
Pilar respiró hondo antes de contestar.
—Que ahora todo el mundo va a saberlo.
Conchi estuvo a punto de decirle que estaba exagerando, pero se contuvo. En un pueblo como Valdecerezos, aquella preocupación no era absurda. Las cosas se sabían deprisa, y las explicaciones solían llegar bastante después que los rumores.
—¿Quién sabe lo de la carpeta?
—Tú estabas delante. Emilio, claro. Celia entró después y oyó que eran papeles de Aurora. Y no sé si alguien más.
La escena de la mañana regresó con facilidad: Emilio junto al mostrador, Pilar sacando la carpeta azul, la referencia casual a unos cargos que a Aurora no le cuadraban. Después Celia entrando a comprar pan y agua.
Nada había parecido importante.
—¿Sabías exactamente lo que había dentro? —preguntó Conchi.
—No. Aurora me dijo que eran papeles para que Emilio mirara unos cargos. Ya está. Ni los abrí ni quería abrirlos.
—Pues eso es lo que dirás si te preguntan.
Pilar la miró con inquietud.
—¿Y si piensan que tenía algo que ver con lo que le pasó?
—¿Por entregar una carpeta?
—La gente piensa cosas más raras.
—La gente sí. La Guardia Civil, espero que no.
Pilar no sonrió.
Conchi apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Escúchame. Si te preguntan, cuentas exactamente lo que ocurrió: Aurora dejó la carpeta, tú se la diste a Emilio y no sabías nada más. No hace falta adornarlo ni explicarlo mejor de lo que fue.
—Eso haré.
—Pues ya está.
Pilar negó lentamente.
—No está ya está.
Conchi suspiró.
—No. Claro que no.
Durante un momento ninguna habló. Desde el salón llegaba el sonido de Lili moviéndose sobre el suelo y, en la calle, un coche pasó despacio.
Pilar se levantó y abrió un armario.
—¿Quieres café?
—A estas horas no.
—Yo tampoco.
Cerró el armario sin coger nada.
—No sé qué hacer con las manos.
—Déjalas quietas.
—Muy útil.
—He sido maestra, no terapeuta.
Aquello consiguió que Pilar sonriera, aunque solo fuera un poco.
Conchi aprovechó para acercarle la taza.
—Bebe la tila que has preparado por obligación social.
Pilar dio un sorbo y puso mala cara.
—Está fría.
—Mejor todavía.
Volvió a sentarse.
—Cuando me han dicho que era Emilio, lo primero que he pensado ha sido en la carpeta.
Conchi la observó.
—¿Por qué?
—Porque fue lo último raro de esta mañana. La gente entra, compra pan, habla un rato y se va. Lo de la carpeta era distinto.
—Distinto no significa relacionado.
—Ya.
—Y tampoco sabemos todavía que haya nada que relacionar. Puede haberse caído.
Pilar asintió, aunque no parecía que aquella posibilidad bastara para tranquilizarla.
Conchi tampoco sabía qué pensar. Había visto la piedra alrededor de la fuente, el desnivel y la zona húmeda; una caída era perfectamente posible. Pero también sabía que la muerte de alguien conocido tenía la capacidad de volver extraños los detalles más normales del mismo día.
La carpeta, una conversación, una barra de pan, un saludo cualquiera.
Precisamente por eso no quería empezar a convertir cada gesto en una pista solo porque Emilio ya no estuviera vivo por la noche.
—¿Te quedas un rato? —preguntó Pilar.
—Claro.
Pilar dejó por fin la taza.
Hablaron de Emilio, pero evitaron hablar de su muerte. Recordaron cómo seguía corrigiendo facturas ajenas después de jubilarse, una ocasión en que había conseguido que a la madre de Pilar le devolvieran un cobro duplicado y su costumbre de guardar papeles que cualquiera habría tirado hacía años.
Conchi escuchó más de lo que habló.
Cuando se levantó para marcharse, ya era de noche.
—Mañana abriré —dijo Pilar.
—No tienes por qué.
—Si me quedo en casa será peor.
—Entonces abre.
Pilar la acompañó hasta la puerta.
—Conchi.
—¿Qué?
—Si preguntan por esta mañana...
No terminó la frase.
Conchi entendió perfectamente lo que quería decir. Durante un segundo deseó poder tranquilizarla con una respuesta más cómoda, pero no la tenía y tampoco quería inventarla.
—Contaremos lo que pasó.
Pilar bajó la mirada.
—Sí.
—Todo.
Pilar asintió.
Conchi salió con Lili.
El camino de vuelta hasta la calle de las Moreras estaba casi vacío. Cuando llegó a casa, encendió la luz del recibidor, soltó a la perra y fue hasta la cocina.
La sartén seguía sobre el fuego apagado, exactamente donde la había dejado al recibir la llamada.
Conchi se quedó mirándola y recordó de nuevo la mañana en La Tahona: Emilio entrando, Pilar entregándole la carpeta azul y ella allí delante, sin imaginar que unas horas después tendría que reconstruir aquel momento para otras personas.
Si la Guardia Civil preguntaba, contaría exactamente eso.
Aunque Pilar hubiera preferido que aquella carpeta no existiera y aunque a Conchi tampoco le gustara la idea de verla relacionada, ni siquiera de lejos, con la muerte de Emilio.
Apagó la luz de la cocina sin volver a encender el fuego.