El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

A las seis pasadas, Lili empezó a dar vueltas alrededor de la mesa del salón con una insistencia cada vez menos disimulada.

Conchi fingió no verla y siguió doblando una camiseta que había sacado de la bolsa de ropa para donar, pero la perra terminó sentándose frente a ella y soltó un resoplido que sonó casi a protesta.

—No me metas prisa.

Lili ladeó la cabeza.

—Ya vamos.

Había conseguido llevar la bolsa aquella misma tarde, aunque no sin desviarse dos veces por el camino.

Primero se encontró con una antigua compañera de colegio a la que no veía desde el verano y, poco después, una vecina le pidió ayuda para bajar una maceta demasiado grande de una repisa.

Al final, un recado de cinco minutos se convirtió en casi una hora.

No le había molestado. Eso era precisamente una de las cosas que todavía le resultaban extrañas de vivir otra vez en Valdecerezos.

En Madrid, cualquier retraso parecía robarle tiempo a algo que debía hacer después; allí, en cambio, podía entretenerse hablando en una esquina y regresar a casa sin la sensación de haber desperdiciado la tarde.

Se puso una chaqueta fina y buscó la correa. Lili salió disparada hacia la puerta en cuanto la vio.

—Ahora sí tienes prisa, ¿no?

Antes de bajar, Conchi miró desde el pasillo la ventana del dormitorio. Julián la había dejado cerrada y, de momento, no entraba ni una pizca de aire.

—Habrá que darle el aprobado —murmuró.

Salieron a la calle.

La luz empezaba a cambiar. Octubre todavía regalaba tardes agradables, pero a aquellas horas el sol quedaba más bajo y las sombras se alargaban sobre las fachadas.

En la calle de las Moreras olía a leña de alguna chimenea encendida demasiado pronto y a comida recién hecha que escapaba por una ventana abierta.

Conchi permitió que Lili eligiera el camino durante los primeros metros. La perra tomó, como tantas veces, la dirección del centro.

—Qué casualidad.

Llevaban apenas dos cruces cuando Conchi se acordó de Carmen y del encargo que le había hecho después de comer.

—La farmacia.

Lili la miró.

—Esta mañana me pidió que avisara a Marisa y no he avisado.

No era ningún asunto importante. Carmen había dicho que pasaría más tarde, sin explicar para qué, y probablemente ya habría ido por su cuenta. Aun así, Conchi cambió de dirección.

—Vamos a quedar bien aunque sea con retraso.

La farmacia estaba abierta. Desde fuera se veía a Marisa ordenando unas cajas detrás del mostrador y no había ningún cliente, así que Conchi sujetó a Lili junto a la puerta y asomó la cabeza.

—Marisa.

La farmacéutica levantó la vista.

—Hola, Conchi.

—No entro, que llevo a la jefa.

Marisa miró hacia abajo y sonrió al ver a Lili.

—¿Qué pasa?

—Carmen me ha dicho que te avisara de que venía luego.

Marisa se quedó un instante en silencio.

—¿Carmen Vela?

—Sí.

—Ha venido hace dos horas.

Conchi cerró los ojos.

—Perfecto.

—¿Cuándo te lo ha dicho?

—Después de comer.

Marisa se echó a reír.

—Pues el mensaje ha llegado fenomenal.

—Yo solo soy la mensajera. La responsabilidad es del servicio.

—Claro.

Conchi sacó el móvil para mirar la hora.

18:12.

—Bueno, al menos he cumplido antes de que cerréis.

—Por los pelos.

—No exageres. Te quedan horas.

Marisa volvió a las cajas.

—Dile a Carmen que la próxima vez me llame.

—Eso mismo le voy a decir.

Conchi guardó el teléfono y se despidió.

Lili había esperado con una paciencia que resultaba sospechosa y, nada más reanudar el paseo, se acercó a una papelera y empezó a olisquear alrededor.

—Ah, era eso.

Continuaron hacia Calle Mayor.

Había más gente que por la mañana, aunque sin llegar a estar concurrida.

Una pareja mayor caminaba despacio por la acera de enfrente, del interior de una tienda salía el sonido de una radio y, en una vivienda del primer piso, alguien recogía ropa del tendedero.

Conchi avanzaba sin ninguna prisa; no tenía nada que hacer hasta la cena y, por una vez, tampoco necesitaba inventarse un recado.

Al llegar a la esquina con una calle que desembocaba en la plaza, tuvo que acortar la correa porque Lili se interesó por otro perro que caminaba en dirección contraria.

—Vamos, anda.

Fue entonces cuando vio a Celia.

Venía por Calle Mayor, unos metros por delante, caminando hacia la Plaza de los Castaños.

Conchi la reconoció por el bolso grande que llevaba colgado del hombro.

No parecía llevar la carpeta fina de aquella mañana, aunque tampoco se fijó demasiado; Celia avanzaba con su habitual paso ligero, como alguien que todavía tenía cosas que hacer antes de volver a casa.

Al cruzarse, las dos redujeron apenas el ritmo.

—Hola, Conchi.

—Hola, Celia.

—Buenas tardes.

—Igualmente.

Y siguieron cada una por su lado.

Conchi volvió enseguida la atención a Lili, que se había empeñado en acercarse al bordillo.

Tiró suavemente de la correa y continuó sin pensar más en Celia.

La había visto muchas veces por aquella zona; su despacho estaba en Calle Mayor y resultaba completamente normal encontrársela entrando o saliendo, haciendo un recado o cruzando hacia la plaza.

Apenas unos pasos después, oyó que alguien la llamaba.

—¡Conchi!

Se volvió.

Pilar estaba al otro lado de la calle, delante de La Tahona, recogiendo el pequeño cartel que solía dejar apoyado junto a la entrada.

—¿Ya cierras?

—Estoy en ello.

Conchi esperó a que pasara un coche y cruzó.

—¿No te he visto bastante esta mañana? —preguntó Pilar.

—He venido a comprobar que sigues trabajando.

—Pues comprueba rápido, que quiero irme a casa.

Lili se acercó a la puerta de la panadería.

—Ni se te ocurra —le advirtió Conchi.

Pilar dejó el cartel dentro.

—¿Qué tal la ventana?

Conchi la miró.

—¿Cómo sabes lo de la ventana?

—Me lo contó Julián.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

—Este pueblo es insoportable.

Pilar sonrió.

—¿La ha arreglado o no?

—Sí.

—Pues ya está.

—No es eso. Es que no han pasado ni dos horas.

—¿Y qué quieres? ¿Que guarde secreto de Estado?

Conchi iba a responder, pero tuvo que admitir que, expresado así, sonaba bastante ridículo.

—Da igual.

—Eso pensaba.

Pilar bajó una de las luces del interior mientras seguía recogiendo.

—¿Has visto a Aurora?

—No.

—Pues yo tampoco. A ver si mañana aparece.

Conchi recordó entonces el encargo de la mañana.

—Sigo sin poder decirle lo de la carpeta.

—No pasa nada. Emilio ya la tiene, que era lo importante.

—Eso sí.

Pilar sacó las llaves y empezó a cerrar.

—¿Te vas a casa?

—Estoy dando una vuelta con Lili.

—Pues date prisa. En cuanto se vaya el sol va a refrescar.

—Pareces mi madre.

—Alguien tendrá que hacerlo.

—Ya tengo un hijo para eso.

Pilar soltó una carcajada.

—Pobre Fernando.

—Pobre yo.

Se despidieron y Conchi volvió hacia la plaza.

No pensaba atravesarla entera, pero Lili sí. La perra tiró en dirección a los bancos y Conchi terminó cediendo.

—Cinco minutos.

La plaza tenía ese aspecto de final de tarde que empezaba a resultarle familiar.

Algunas personas volvían a casa con bolsas de la compra, otras aprovechaban los últimos minutos de luz para charlar de pie y un niño pequeño perseguía una pelota junto a uno de los bancos mientras su abuelo le repetía que no se acercara a la calzada.

Conchi se sentó y Lili se acomodó a sus pies.

Sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Fernando.

¿Sigue cerrando bien la ventana?

Conchi soltó una risa.

Han pasado tres horas. Dale tiempo a estropearse otra vez.

La respuesta llegó enseguida.

Solo preguntaba.

Conchi escribió:

Pues sí. Sigue cerrando.

Guardó el móvil.

—Todos pendientes de la ventana —le dijo a Lili—. Como si no hubiera otra cosa en el mundo.

La perra levantó las orejas al oír un silbido lejano, aunque no se movió.

A Conchi le gustaba sentarse allí cuando no tenía prisa.

De joven, la plaza le había parecido demasiado pequeña, un lugar donde cualquiera sabía quién eras y dónde habías estado; después de tantos años fuera, aquella misma familiaridad tenía otro peso.

No todo resultaba cómodo y había días en que echaba de menos el anonimato, pero también existían mañanas en las que Pilar le guardaba el pan, tardes en las que Julián arreglaba una ventana sin aceptar que le pagara y vecinos que le confiaban recados aunque ella terminara entregándolos con dos horas de retraso.

Eso también contaba.

Miró el reloj de la plaza por costumbre, sin necesidad real de saber la hora exacta.

Pasaban unos minutos de las seis y veinte.

—Venga.

Se levantó. Lili lo hizo con una lentitud calculada, como si quisiera demostrar que aquel descanso había sido demasiado breve.

—No me hagas creer que estás cansada. Hace un momento querías venir.

Tomaron una calle lateral en lugar de regresar por Calle Mayor. Conchi decía que cambiaba de ruta por Lili, aunque en realidad a ella también le aburría hacer siempre el mismo recorrido.

En una esquina se cruzó con una mujer que empujaba un carrito de la compra y se saludaron sin detenerse. Más adelante tuvo que esperar a que una furgoneta maniobrara para entrar en un garaje.

Nada llamaba la atención.

Era una tarde cualquiera.

Cuando llegaron a la calle de las Moreras, el aire había refrescado lo suficiente para que Conchi se cerrara la chaqueta.

—Pilar tenía razón —admitió en voz baja.

Lili caminaba unos pasos por delante, muy ocupada olisqueando la base de las paredes.

Al llegar a casa eran casi las siete menos cuarto. Conchi abrió la puerta y soltó la correa; Lili entró directa hacia el cuenco del agua.

—Qué vida llevas.

Dejó las llaves en el mueble del recibidor y se quitó la chaqueta. Pensó en preparar algo ligero para cenar, quizá una tortilla o terminar lo que quedaba de la comida, pero antes subió un momento al dormitorio y acercó la mano al lateral de la ventana.

No entraba aire.

—Aprobado.

Desde abajo llegó el sonido de las uñas de Lili sobre el suelo.

Conchi salió de la habitación con una pequeña sonrisa. El día todavía no había terminado, pero para ella ya no quedaba nada urgente, y después de tantos años viviendo pendiente de lo siguiente, empezaba a parecerle un lujo.