Capítulo 2 #2
Lili apareció en el pasillo moviendo la cola. Julián llevaba una pequeña caja de herramientas.
—Ella se alegra más de verme.
—Porque todavía cree que traes comida.
—No he traído.
—Ya aprenderá.
Subieron a la planta de arriba. La habitación de Conchi daba a la parte trasera de la casa y conservaba un armario antiguo y una cómoda que había pertenecido a su madre, aunque el resto era nuevo.
Julián dejó la caja en el suelo, abrió la ventana, volvió a cerrarla y después la abrió una vez más.
—Ajá.
Conchi, apoyada en el marco de la puerta, esperó.
—¿Qué significa «ajá»?
—Que tenías razón.
—Eso merece una explicación más larga.
—Entra aire.
—Gracias, Julián.
—De nada.
Él abrió la caja de herramientas.
—Está un poco vencida. No mucho. Puedo ajustarla ahora.
—¿Cuánto tardas?
—Diez minutos.
—¿Diez de verdad o diez de carpintero?
Julián se volvió hacia ella.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
—Pues quince.
Conchi bajó a preparar café mientras él trabajaba.
Cuando regresó con dos tazas, Julián estaba terminando.
—Prueba.
Dejó las tazas sobre la cómoda y cerró la ventana. Después volvió a abrirla.
—Parece igual.
—Porque una ventana arreglada se parece mucho a una ventana que no necesita arreglo.
—Muy gracioso.
Conchi pasó los dedos por el lateral. La hoja cerraba mejor.
—Ahora sí.
—Ahora no tendrás corriente.
—Eso ya lo veremos cuando haga viento.
—Confías muchísimo en mi trabajo.
—Confío. Lo que no hago es regalar aprobados.
Julián cerró la caja.
—Se nota que has sido maestra.
—Fui buena maestra.
—No he dicho que no.
Bajaron a la cocina y Conchi puso las tazas sobre la mesa.
—¿Cuánto te debo?
Julián cogió la suya.
—Nada.
—Julián.
—He apretado dos tornillos y ajustado una pieza.
—Has venido hasta aquí.
—Tardo seis minutos andando.
—Eso no convierte tu tiempo en gratis.
Él bebió un poco de café.
—La próxima vez me invitas a algo.
—Ya te estoy invitando a café.
—Pues estamos en paz.
Conchi conocía lo bastante aquella forma de hablar para saber que seguir discutiendo no serviría de nada.
—La próxima vez te cobro yo por explicarte algo.
—Perfecto.
—Y barato no.
—Me lo imaginaba.
Permanecieron un rato en la cocina hablando de cosas que no tenían importancia suficiente para ser recordadas: una puerta antigua que Julián estaba restaurando, una obra que llevaba semanas empezada en una calle próxima y el frío que, según él, llegaría antes de final de mes.
Conchi terminó contándole el mensaje de Fernando.
—Tiene treinta y cuatro años y sigue creyendo que, si no me recuerda las cosas, se me olvida todo.
—¿Se te había olvidado llamar por la ventana?
Conchi bebió café.
—Estamos hablando de Fernando.
—Ah.
—No cambies de tema.
Julián sonrió.
El teléfono de Conchi sonó sobre la encimera. Miró la pantalla.
Fernando.
—Mira quién es.
Julián levantó la taza.
—Seguro que llama por la ventana.
—Como sea eso, te echo la culpa.
Contestó.
—Hola.
—¿Está arreglada?
Conchi miró a Julián.
—No llevas ni cinco segundos hablando conmigo.
—Eso no responde.
—Sí. Ya está arreglada.
—Milagro.
—Ha venido Julián.
Fernando se rio al otro lado.
—Entonces estaba claro.
—¿Qué estaba claro?
—Que si dependía de ti ibas a esperar a diciembre.
—Qué confianza tenéis todos en mí.
—Mucha. Por eso sabemos cómo eres.
Conchi le preguntó por el trabajo y hablaron durante unos minutos.
Fernando tenía clases al día siguiente temprano y estaba preparando material en casa.
No había ninguna noticia especial ni nada urgente que contar, y precisamente por eso a Conchi le gustaban aquellas llamadas: no necesitaban una razón.
Antes de colgar, Fernando insistió en que comprobara la ventana cuando hiciera viento.
—Sí, hijo.
—De verdad.
—Sí.
—Vale.
—Adiós.
—Adiós, mamá.
Conchi dejó el teléfono sobre la mesa.
—Se ha quedado tranquilo —dijo Julián.
—Hasta que encuentre otra cosa.
—Es su trabajo.
—Su trabajo es dar clase.
—El otro trabajo.
Conchi entendió perfectamente a qué se refería.
Cinco años después de la muerte de Rafael, ella y Fernando habían encontrado una forma razonable de preocuparse el uno por el otro sin convertir aquella preocupación en vigilancia. No siempre acertaban, pero al menos habían aprendido a intentarlo.
Se levantó para recoger las tazas.
—¿Te quedas a otro café?
—No. Tengo que terminar la silla problemática.
—¿Ya es tu problema?
—Desde que la he aceptado, sí.
Lo acompañó hasta la puerta. Lili apareció detrás de ellos y volvió a esperar algo que no llegó.
—Mañana te traeré una cosa —le dijo Julián.
—No le prometas comida.
—No he dicho comida.
—Ella lo ha entendido.
Julián salió y Conchi se quedó un instante en la puerta, viéndolo alejarse por la calle.
Después entró y miró el reloj. Todavía tenía buena parte de la tarde por delante, y la bolsa de ropa para donar seguía junto al mueble del pasillo, recordándole uno de esos pequeños asuntos que llevaba días aplazando.
La cogió antes de que pudiera volver a olvidarse.
—Vamos, Lili.
La perra apareció enseguida.
Conchi buscó las llaves, comprobó que llevaba el móvil y salió de nuevo. La ventana estaba arreglada, Fernando ya no tenía motivo para insistir y todavía quedaban varias horas de luz.
No necesitaba mucho más para considerar que el día iba bastante bien.