Capítulo 2
A mediodía, la bolsa con media barra de pan seguía sobre la encimera de la cocina.
Conchi la vio cuando fue a guardar una cazuela y recordó que, nada más volver de La Tahona, había pensado congelar la mitad. Dos horas después, el pan continuaba exactamente donde lo había dejado.
—Muy bien —murmuró—. Luego la que se olvida de las cosas es Pilar.
Lili levantó la cabeza desde su cojín y la miró.
—Tú no has oído nada.
La perra volvió a apoyar el hocico entre las patas, y Conchi sonrió mientras abría un armario.
La cocina era una de las zonas de la casa que más había cambiado con la reforma.
Durante los primeros meses, ella se había empeñado en conservar todo lo que pudiera, hasta que el albañil le preguntó si de verdad pretendía reformar la vivienda o limitarse a cambiar los enchufes.
Al final habían llegado a un acuerdo razonable: muebles e instalaciones nuevos, pero también algunas cosas antiguas que, a juicio de Conchi, se habían ganado el derecho a quedarse.
La mesa de madera junto a la ventana era una de ellas.
Había pertenecido a sus padres y conservaba una pequeña marca en uno de los laterales que Conchi recordaba desde niña.
Durante años había temido que, si algún día regresaba a vivir allí, la casa estuviera llena de recuerdos incómodos, agazapados detrás de cada puerta.
No había sido así. Los recuerdos seguían existiendo, por supuesto, pero convivían con una factura de la luz pendiente de archivar, dos plantas que necesitaban agua y una bolsa de ropa que llevaba tres días prometiéndose llevar a donar.
La vida normal, había descubierto, siempre terminaba encontrando sitio.
Sacó un recipiente del frigorífico y se preparó la comida. Desde que vivía sola había descubierto también que cocinar para una persona exigía una habilidad que nadie enseñaba: calcular cantidades sin acabar comiendo lentejas durante cuatro días seguidos.
Había mejorado bastante desde los primeros meses, aunque no tanto como para presumir.
El teléfono vibró encima de la mesa.
Era un mensaje de Fernando.
¿Has arreglado ya lo de la ventana del dormitorio o sigues esperando a que se arregle sola?
Conchi sonrió antes de responder.
Está pendiente.
La réplica llegó casi de inmediato.
Eso significa que no.
Conchi escribió:
Eso significa que está pendiente.
Tres puntos aparecieron en la pantalla y, unos segundos después, llegó una sola palabra.
Mamá.
Dejó el móvil boca abajo.
—Qué pesado.
Lili volvió a mirarla.
—Es cariño. Pero pesado.
La ventana no estaba rota. Simplemente cerraba peor de lo que debía y, cuando soplaba viento desde la sierra, dejaba entrar una corriente fina por una de las esquinas.
Conchi llevaba dos semanas pensando en llamar a Julián, no porque no pudiera buscar a otro carpintero, sino porque él mismo había echado un vistazo a la ventana durante una visita y había dicho que probablemente bastaría con ajustar una pieza.
Desde entonces, cada vez que se encontraban, Julián preguntaba lo mismo.
—¿Sigue entrando aire?
Y ella respondía:
—Cuando hace viento.
La conversación no solucionaba nada, pero la ventana había acabado convirtiéndose en una especie de asunto pendiente entre los dos.
Cogió otra vez el teléfono.
Esta tarde se lo digo a Julián.
Fernando contestó con un pulgar levantado. Conchi dejó el móvil y terminó de comer sin darle más vueltas.
Después sacó a Lili.
La salida corta de después de la comida era una de esas costumbres que habían terminado organizándole el día sin necesidad de horarios.
Lili empezaba a moverse por la casa con una inquietud muy concreta, distinta de la que mostraba cuando quería comer, y Conchi había aprendido a diferenciarlas con bastante facilidad.
—Vamos.
Fuera hacía una temperatura agradable para octubre. La mañana había empezado fresca, pero el sol ya había calentado las fachadas y algunas ventanas permanecían abiertas. En una casa cercana sonaba una radio; un poco más adelante, una mujer sacudía un mantel sobre un balcón.
Conchi tomó la calle que descendía hacia el centro.
Habían pasado ocho meses desde su regreso definitivo y ya no calculaba las distancias como al principio.
Durante las primeras semanas todavía pensaba en términos de Madrid: cuánto tardaría en llegar, dónde tendría que aparcar, si le compensaba salir en ese momento o esperar hasta tener varios recados que hacer de una sola vez.
En Valdecerezos había recuperado otra medida del tiempo y de las distancias. Cinco minutos andando podían convertirse fácilmente en veinte si se encontraba a alguien, y casi siempre acababa encontrándose a alguien.
Aquella vez fue Carmen Vela, que salía de su casa con una bolsa de basura en una mano y una rebeca echada sobre los hombros.
—Conchi.
—Hola, Carmen.
Carmen miró a Lili con atención.
—Esta está cada día más pequeña.
—Eso es imposible.
—Pues yo la veo más pequeña.
—Será que tú la recuerdas más grande.
Carmen pareció considerar seriamente la explicación.
—Puede ser.
Lili se acercó a olisquearle los zapatos.
—¿Vas al centro? —preguntó Carmen.
—Estoy dando una vuelta.
—Pues si pasas por la farmacia, dile a Marisa que luego voy.
Conchi la miró.
—¿Y por qué no se lo dices tú?
—Porque tú vas hacia allí.
—No voy a la farmacia.
—Bueno, si pasas.
—Si paso.
Carmen asintió, satisfecha con aquel acuerdo mínimo, y continuó hacia los contenedores.
Conchi reanudó el paseo sonriendo para sí.
Eso también formaba parte de haber vuelto: pequeños encargos que nadie consideraba realmente encargos.
Avisar a alguien, recordar a otro que preguntara por una cosa, decir que determinada persona había pasado por tal sitio.
Aquella misma mañana Pilar le había pedido que avisara a Aurora de que Emilio ya tenía la carpeta, y Conchi no la había visto.
Se acordaba perfectamente.
La memoria podía servir para muchas cosas, pero no para hacer aparecer a Aurora por arte de magia.
Cuando llegó a una de las calles próximas al centro, vio a Julián junto a la puerta de su taller. Había colocado fuera una silla de madera sin asiento y pasaba la mano por uno de los travesaños con gesto concentrado.
Conchi redujo el paso.
—¿Eso es una silla o un proyecto?
Julián levantó la vista.
—Ahora mismo, un problema.
—Entonces no te molesto.
—No he dicho que fuera mi problema.
Conchi se acercó. Lili tiró de la correa hacia él y Julián se agachó lo justo para dejar que la perra le oliera la mano.
—Hola, pequeña.
—No le des nada.
—No tengo nada.
—Por eso te aviso antes.
Julián señaló la silla.
—La han traído esta mañana. Quieren que conserve todo lo original.
Conchi observó el mueble.
—Le falta el asiento.
—Ese es el primer inconveniente.
—Y parece coja.
—Ese es el segundo.
—Pues te han dejado margen.
Julián soltó una risa.
—¿Tú qué tal?
—Bien.
—¿La ventana?
Conchi lo miró durante un segundo.
—Fernando se ha puesto de tu parte.
—No sabía que hubiera dos partes.
—Las hay desde que empezasteis a insistir.
—Yo no insisto. Pregunto.
—Cada vez que me ves.
—Porque cada vez que te veo sigue sin estar arreglada.
Aquello era difícil de discutir, así que Conchi cedió.
—¿Puedes mirarla algún día?
—Esta tarde podría.
—No hace falta que sea hoy.
—Entonces, ¿para qué me lo dices hoy?
—Porque me lo has preguntado.
Julián negó con la cabeza, divertido.
—Después de las cuatro me paso.
—Pero no vengas a una hora rara, que luego estoy comiendo.
Él miró hacia el reloj que se veía dentro del taller.
—Después de las cuatro no suele considerarse hora de comer.
—Depende del día.
—A las cinco.
—Eso está mejor.
Quedaron en eso.
Conchi iba a despedirse cuando oyó voces al otro lado de la calle. Un hombre mayor había detenido a Emilio Vázquez junto a la entrada de una pequeña tienda. Lo reconoció enseguida por la bolsa de tela que todavía llevaba bajo el brazo, aunque ya no vio la carpeta azul de la mañana.
El hombre sostenía un sobre blanco y le enseñaba varios papeles mientras hablaba, señalando una de las hojas con el dedo.
Emilio lo escuchaba.
—Eso es lo que te digo —alcanzó a oír Conchi—. Si el año pasado no venía...
Emilio tomó el papel, se colocó las gafas y respondió:
—Déjame verlo.
Conchi no oyó nada más porque siguió caminando.
—Otro —comentó.
Julián había mirado también hacia allí.
—¿Otro qué?
—Otro que le lleva papeles.
—A Emilio le gusta.
—Eso dice Pilar.
Julián volvió a ocuparse de la silla.
—Lleva ayudando a gente desde antes de jubilarse.
—Una cosa es antes y otra después.
—Tú también sigues explicando cosas.
Conchi se volvió hacia él.
—¿Qué cosas explico yo?
Julián se tomó un momento antes de responder.
—La semana pasada estuviste veinte minutos explicándole a Carmen cómo mandar una fotografía por el móvil.
—Porque llevaba tres días mandando capturas de pantalla negras.
—Pues eso.
—No es lo mismo.
—No, claro.
El tono de Julián dejó bastante claro que, para él, sí lo era.
Conchi tiró suavemente de la correa.
—Vámonos, Lili. Aquí no se nos respeta.
—A las cinco.
—Ya me acuerdo.
—Lo decía por mí.
Conchi continuó calle abajo sonriendo.
Conocía a Julián desde joven, aunque durante los años que había vivido en Madrid su relación se había reducido a encuentros ocasionales cada vez que ella regresaba al pueblo.
Desde su vuelta habían recuperado una cercanía distinta, sin pretender regresar a ningún punto del pasado porque, en realidad, no había nada concreto que recuperar.
Era más sencillo que eso: se caían bien, podían hablar o guardar silencio sin sentirse incómodos y cada uno tenía habilidades que al otro le resultaban útiles.
Julián sabía hacer cosas que a ella se le daban mal, y Conchi sospechaba que la relación también funcionaba al contrario, aunque nunca se hubiera parado a elaborar una lista.
Cuando regresó hacia casa, Emilio y el hombre del sobre ya no estaban.
No pensó más en ellos.
A las cinco menos diez, Julián llamó a la puerta.
—Has venido antes.
—Son diez minutos.
—Diez minutos antes sigue siendo antes.
—Puedo esperar fuera.
—No seas tonto. Pasa.