El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1) Capítulo 1
3%
El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1)

El secreto de la fuente (Los misterios de Valdecerezos 1)

Por Irene Valmora Cerezo

© inepub.com

Capítulo 1

Lili se detuvo justo delante de la puerta de La Tahona y miró a Conchi como si llevaran años entrando allí a la misma hora.

—Ya sé que quieres pasar —dijo Conchi, ajustando la correa—. Tampoco hace falta poner esa cara.

La perra movió la cola, satisfecha, y Conchi sonrió.

Aquello se había convertido en una costumbre casi sin que se diera cuenta: salían de casa después del desayuno, daban una vuelta por las calles todavía tranquilas y acababan en la panadería de Pilar.

Algunas mañanas compraba pan; otras, cualquier cosa que no necesitaba demasiado, y más de una vez había entrado únicamente porque Lili se plantaba delante de la puerta y se negaba a continuar.

Ocho meses atrás, Conchi todavía pensaba en algunas calles de Valdecerezos como lugares de su infancia.

Poco a poco habían empezado a adquirir un significado nuevo: la calle por la que paseaba a Lili, la esquina donde daba el sol a media mañana, la tienda en la que siempre olvidaba comprar bolsas de basura, la panadería donde Pilar sabía lo que iba a pedir antes de que abriera la boca.

Le gustaba esa sensación. No significaba que hubiera dejado de recordar, sino que los recuerdos antiguos comenzaban a compartir espacio con otros más recientes.

Empujó la puerta y la campanilla tintineó sobre su cabeza.

—Mira quién viene —dijo Pilar desde detrás del mostrador—. La clienta que se pasa diez minutos diciendo que no quiere dulces y luego se lleva dos.

—Eso es mentira.

—Ayer te llevaste una palmera.

—Una.

—Y anteayer dos rosquillas.

—Una era para después.

Pilar apoyó las manos en el mostrador, muy seria.

—Eso no mejora tu defensa.

Conchi soltó una risa y miró hacia el rincón donde Pilar dejaba un cuenco con agua para los perros.

—Anda, Lili. Bebe y no escuches. Esta mujer tiene muy mala memoria.

—La memoria la tienes tú demasiado buena cuando te interesa.

La perra tiró ligeramente de la correa y Conchi se acercó al cuenco mientras respiraba el olor a pan reciente y café que llenaba La Tahona.

Varias hogazas redondas ocupaban una de las estanterías y, tras el cristal del expositor, se alineaban magdalenas, empanadillas y unas porciones de bizcocho que decidió no mirar demasiado.

Desde la plaza llegaban conversaciones sueltas.

Una furgoneta acababa de aparcar junto a la acera y un hombre descargaba cajas mientras, algo más lejos, dos mujeres charlaban con una bolsa de la compra entre ellas.

Era una mañana corriente de octubre, quizá un poco más templada de lo que parecía al salir de casa.

Conchi se quitó la chaqueta fina que llevaba abierta.

—Hoy hace más calor del que parecía.

—Porque has salido demasiado abrigada.

—He salido como corresponde en octubre.

—Eso lo decides tú mirando el calendario. El tiempo decide otra cosa.

—Qué sabia te has levantado.

Pilar iba a contestar cuando la campanilla volvió a sonar.

Emilio Vázquez entró con una bolsa de tela doblada bajo el brazo.

—Buenos días.

—Buenos días, Emilio —respondió Pilar—. ¿Lo de siempre?

—Lo de siempre, sí.

Conchi le hizo un gesto con la cabeza.

—Buenos días.

—Conchi.

Emilio era de esas personas que parecían llevar toda la vida haciendo las cosas de la misma manera. Vestía pantalón oscuro, camisa clara bajo el jersey y una chaqueta ligera. Conchi no recordaba haberlo visto nunca con prisa.

Pilar tomó una barra de la cesta situada a su espalda y empezó a envolverla.

—Te iba a llamar si no venías.

Emilio levantó las cejas.

—Eso suena preocupante.

—No exageres. Aurora dejó una cosa para ti.

Conchi, que había conseguido apartar la mirada del bizcocho, volvió la atención hacia ellos.

Pilar se agachó detrás del mostrador y sacó una carpeta de plástico azul, de las que se cerraban con una goma. Se la tendió a Emilio.

—Ha pasado temprano. Me ha dicho que te la diera si venías.

—¿Aurora Peña?

—Sí.

Emilio tomó la carpeta y la miró por encima, sin abrirla.

—¿Y no me la podía haber llevado a casa?

—Eso pregúntaselo a ella. Bastante hago de mensajera.

—Desde luego.

—Ha dicho que son unos papeles que quiere que mires.

Pilar terminó de envolver el pan antes de añadir:

—Algo de unos cargos, creo. No me he enterado muy bien. Aurora habla como si una supiera de qué lleva pensando ella toda la mañana.

Emilio sonrió.

—Eso es verdad.

Conchi también. Conocía a Aurora desde hacía años y la descripción no le parecía injusta. Podía empezar una conversación por la mitad y esperar que los demás supieran perfectamente de qué llevaba hablando consigo misma desde una hora antes.

Emilio levantó un poco la carpeta.

—Pues luego la llamo.

Pilar le entregó la barra.

—Hazlo, que lleva unos días diciendo que hay cosas que no le cuadran.

—A Aurora nunca le cuadra nada.

—Porque guarda todos los recibos desde el año de la pera.

—Pues hace bien.

—Eso lo dices porque eres gestor.

—Era gestor.

—Ya.

Pilar acompañó aquella palabra con una expresión que dejaba claro lo poco que creía en la jubilación de Emilio.

Aunque llevaba tiempo retirado, los vecinos seguían preguntándole por recibos, declaraciones, cartas del banco y cualquier papel que pareciera lo bastante complicado como para necesitar una segunda opinión.

—La gente no entiende el significado de jubilado —dijo Conchi.

—Tú espera —respondió Emilio—. Dentro de unos años te seguirán preguntando cómo se hace una división.

—Que pregunten. Otra cosa es que conteste.

—Contestarás.

Conchi pensó que seguramente tenía razón. Le gustaba decir que la etapa de maestra había terminado, pero todavía se descubría corrigiendo mentalmente carteles mal escritos o explicando algo con ejemplos aunque nadie se lo hubiera pedido.

Emilio guardó el pan en la bolsa de tela. La carpeta no cabía dentro, así que se la dejó bajo el brazo.

—Bueno. Que tengáis buena mañana.

—Igualmente —dijo Conchi.

—Y llama a Aurora —añadió Pilar.

—Sí, madre.

Emilio salió riendo. A través del cristal, Conchi lo vio cruzar parte de la plaza sin ninguna prisa.

—Sigue ayudando a medio pueblo —comentó.

Pilar se encogió de hombros.

—Es incapaz de decir que no cuando alguien le pone un papel delante.

—Eso termina mal.

—¿Ayudar a la gente?

—No. Acabar rodeado de facturas después de jubilarte.

—Tú porque eras maestra. Con los niños no se puede jubilar una a medias.

—No estés tan segura.

La campanilla volvió a sonar antes de que Pilar pudiera responder.

Celia Montejo entró hablando ya desde la puerta.

—Pilar, dime que no has vendido todo el pan pequeño.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días.

Celia sonrió al ver a Conchi.

—Hola, Conchi.

—Buenos días.

Llevaba un bolso grande colgado del hombro y una carpeta fina pegada al costado. Su aspecto era el habitual: arreglada sin llamar especialmente la atención, el pelo bien colocado y esa forma rápida de moverse propia de quien tenía varias cosas que hacer antes de mediodía.

—Me queda pan pequeño —dijo Pilar—, pero como llegues diez minutos más tarde, no respondo.

—Pues dame dos.

Mientras Pilar se giraba, Celia miró hacia la puerta.

—¿Era Emilio?

—Sí.

—Me ha parecido verlo.

—Se acaba de marchar.

Pilar metió dos piezas de pan en una bolsa de papel.

—Le he dado los papeles de Aurora.

—Ah.

Celia dejó el bolso sobre el mostrador.

—¿Los que dejó esta mañana?

—Sí. No sé qué historias tiene ahora con unos recibos. Emilio se lo mirará.

—Seguro. Emilio disfruta con esas cosas más que algunos con el fútbol.

Conchi soltó una risa.

—Pues tiene un entretenimiento barato.

—Depende del recibo —dijo Celia.

Pilar dejó la bolsa delante de ella.

—Dos veinte.

Celia buscó el monedero.

—Ponme también una botella de agua, anda.

—¿Fría?

—Me da igual.

Pilar fue hasta el pequeño frigorífico.

—¿Mucho trabajo?

—Lo normal. Fin de mes se acerca antes para los que tenemos papeles.

—Todavía estamos a mediados.

—Precisamente. Hay que ir preparándose.

Celia pagó, guardó el cambio y metió el pan en su bolso.

—A ver si luego me acuerdo de comprar aceite. Ayer llegué a casa convencida de que tenía y no quedaba ni para una ensalada.

—Haz una lista —dijo Pilar.

—Hago listas. El problema es mirarlas.

—Pues en eso te pareces a Conchi.

—Perdona —protestó ella—. Yo hago listas muy buenas.

—Y las dejas encima de la mesa de la cocina.

Conchi abrió la boca para defenderse, pero acabó cerrándola.

—Alguna vez.

—Ayer —dijo Pilar.

—Qué manía tienes con acordarte de todo.

Celia sonrió mientras cogía la botella de agua.

—Os dejo, que como me quede cinco minutos más termino llevándome una palmera.

—Eso mismo digo yo —respondió Conchi.

—Tú te la llevas —replicó Pilar.

Celia se despidió y salió. Conchi la vio cruzar la plaza con paso ligero hasta desaparecer de su campo de visión, sin que hubiera nada en aquella salida que mereciera una segunda mirada.

Después se volvió hacia Pilar.

—Lo de la palmera empieza a parecer una campaña contra mí.

—No. Una campaña sería que te la ofreciera.

—Y no me la estás ofreciendo.

—Porque sé que vas a pedirla tú sola.

Conchi miró el expositor. La palmera seguía allí, demasiado visible para su gusto.

—Ponme media barra.

Pilar la observó en silencio.

—¿Qué?

—Nada.

—Pilar.

—Estoy esperando.

—¿A qué?

—A la palmera.

Conchi negó con la cabeza.

—Hoy no.

—Muy bien.

Mientras Pilar envolvía el pan, Conchi añadió, como si necesitara justificar una decisión que nadie le había pedido que justificara:

—Además, tengo comida en casa.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—No tengo necesidad. Sé que mañana volverás.

—Puede que no.

—Lili sí.

La perra, al oír su nombre, levantó la cabeza desde el cuenco.

—Tú no te metas —le dijo Conchi.

Pagó el pan y volvió a ponerse la chaqueta.

—Por cierto —dijo Pilar—, si ves a Aurora dile que Emilio ya tiene la carpeta. Así me ahorro que venga a preguntarme.

—Si la veo, se lo digo.

—Y que no me traiga más recados. Al final voy a tener que cobrar por entrega.

—Pon una tarifa.

—Lo estoy pensando.

Conchi abrió la puerta.

Fuera, la mañana seguía igual. La furgoneta ya había terminado de descargar y uno de los hombres arrastraba las cajas vacías hacia la parte trasera.

Cerca de los bancos, dos vecinos discutían sobre si aquel año había llovido menos que el anterior y, desde una calle lateral, llegó el ruido de una persiana metálica al subir.

Lili tiró suavemente hacia la plaza.

—Sí, ya vamos.

Conchi ajustó la bolsa del pan bajo el brazo y empezó a caminar.

En los meses que llevaba de vuelta había aprendido que no necesitaba organizar todas las mañanas como antes.

Durante muchos años había vivido pendiente de horarios, clases, reuniones, evaluaciones, citas y obligaciones; ahora podía salir a comprar una barra de pan y tardar cuarenta minutos porque se había encontrado con alguien en una esquina.

Al principio le había costado acostumbrarse a esa falta de prisa. Ahora empezaba a disfrutarla.

Lili se detuvo a olisquear la base de uno de los castaños.

—No tenemos todo el día —le dijo Conchi.

La frase quedó flotando un instante y ella misma sonrió.

En realidad, sí.

La dejó entretenerse mientras observaba la plaza sin buscar nada en particular y, cuando Lili decidió que aquel árbol ya no ofrecía ninguna novedad, las dos reanudaron el paseo.