Capítulo 34 El puente de las almas perdidas
El descenso desde los tejados del Alcázar no fue una huida silenciosa, sino una caída controlada hacia el corazón del caos.
Beatriz y Gabriel se movieron con la agilidad de gatos acorralados, saltando entre chimeneas de ladrillo y buhardillas polvorientas, mientras abajo, en la Plaza de Zocodover, la marea humana comenzaba a desbordarse.
Los gritos ya no eran de curiosidad morbosa, sino de ira contenida, alimentada por los rumores que Martín "El Tuerto" y sus hombres habían sembrado como pólvora seca.
Incendios menores brotaban en las esquinas, columnas de humo negro que se retorcían contra el cielo gris como serpientes agonizantes, confundiendo aún más a las fuerzas del orden.
Llegaron a la calle Mayor justo cuando un carro de heno, incendiado deliberadamente, bloqueaba el paso de una cohorte de guardias reales que intentaban reforzar el perímetro del juicio.
El calor era sofocante, el aire irrespirable.
Beatriz, con el sayal gris chamuscado por las chispas y el rostro cubierto de hollín, parecía una fantasma surgido de las profundidades de la tierra.
Gabriel caminaba a su lado, la espada envainada pero la mano siempre cerca de la empuñadura, escrutando cada sombra, cada mirada.
—Tenemos que llegar al puente de San Martín —dijo Beatriz, con la voz ronca por el humo—. Es la única salida hacia el sur. Si logramos cruzar el Tajo, podemos perderlos en los olivares.
Gabriel asintió, pero sus ojos estaban fijos en el horizonte norte.
—Valdemoro no es estúpido. Sabrá que intentaremos huir por el río. Habrá cortado los puentes o los tendrá vigilados.
—Entonces no cruzaremos como fugitivos —respondió Beatriz, con una calma que contrastaba violentamente con el tumulto circundante—. Cruzaremos como protagonistas.
Antes de que Gabriel pudiera cuestionar su lógica, una voz familiar resonó sobre el estruendo de la multitud.
—¡Allí! ¡Detenedlos!
Era el Capitán de la Guardia Real, montado en un corcel negro, señalándolos con su espada desenvainada. Detrás de él, una docena de jinetes cargaban, abriéndose paso a golpes de lanza entre los civiles aterrorizados.
—Corre —ordenó Gabriel, empujando a Beatriz hacia un callejón lateral.
Pero Beatriz se resistió.
—No. Es hora de enfrentarlos.
Se detuvo en medio de la calle, obligando a Gabriel a frenar en seco.
La caballería se acercaba a galope tendido, el suelo temblando bajo los cascos de hierro.
La gente huía en todas direcciones, gritando, tropezando.
Solo ellos dos permanecían inmóviles, dos figuras estáticas en un torrente de pánico.
Cuando los jinetes estuvieron a pocos metros, Beatriz levantó los brazos. No en rendición. En desafío.
—¡Alto! —gritó, con una autoridad que hizo dudar incluso a los caballos.
El Capitán frenó su montura, haciendo que el animal relinchara y se encabritara. Los otros jinetes lo rodearon, formando un semicírculo de acero y cuero.
—Beatriz de Alarcón —dijo el Capitán, con la voz tensa por la furia—. Quedas arrestada por evasión de la justicia y traición. Ríndete.
Beatriz sonrió. Fue una sonrisa triste, llena de una compasión inesperada.
—No me rindo, Capitán. Me entrego. Pero no a ti. Me entrego al pueblo.
Se volvió hacia la multitud que, detenida por la curiosidad y el miedo, observaba la escena desde la seguridad de los portales.
—¡Escuchadme! —gritó Beatriz, proyectando su voz con la técnica que había aprendido en sus lecciones de oratoria, ahora perfeccionada por la desesperación—.
¡Este hombre, el Capitán, sirve a un traidor!
¡Sirve a Valdemoro, quien quiere vender nuestros secretos a enemigos extranjeros!
¡Sirve a un Inquisidor que quema libros porque teme a la verdad!
Los murmullos crecieron. Las piedras comenzaron a volar. Una golpeó el yelmo de un jinete, otra el lomo de un caballo. El caos se intensificó.
El Capitán, viendo que perdía el control de la situación, ordenó la carga.
—¡Atravesadla! —rugió.
Gabriel desenvainó su espada, preparándose para el impacto.
Pero Beatriz fue más rápida. Se lanzó hacia el lado opuesto, hacia el borde del precipicio que daba al río Tajo, no para caer, sino para deslizarse por una pendiente empinada de escombros que conducía directamente a la orilla, bajo el arco del puente de San Martín.
—¡Gabriel, sígueme! —gritó ella, desapareciendo entre el polvo y la grava.
Gabriel no dudó. Saltó tras ella, rodando por la pendiente, recibiendo golpes de piedras sueltas, hasta caer junto a ella en la ribera fangosa. Arriba, los jinetes maldecían, incapaces de seguirlos por ese terreno inestable.
Estaban a salvo, temporalmente. Pero el puente de San Martín estaba delante de ellos, y en su entrada, bloqueando el paso, estaba Valdemoro.
No estaba solo. Lo acompañaban veinte mercenarios armados con ballestas y espadas largas. Y detrás de ellos, en el centro del puente, esperaba el Inquisidor Fray Ignacio, vestido con sus ropas ceremoniales rojas y negras, sosteniendo un crucifijo de oro macizo como si fuera un arma.
Valdemoro sonrió al verlos emerger del barro.
—Sabía que vendríais aquí —dijo, con esa voz melosa que ahora sonaba a veneno puro—. El puente es el único camino. Y yo soy el peaje.
Beatriz se puso en pie, limpiándose el barro del rostro. Estaba exhausta, herida, pero su espíritu brillaba con una luz intensa.
—Déjanos pasar, Valdemoro. Ya has perdido. El pueblo sabe la verdad.
—El pueblo es ignorante —escupió Valdemoro—. Y la verdad es lo que yo digo que es. Entregadme el diario. Entregadme a la chica. Y quizás permita que el capitán viva como esclavo en mis minas.
Gabriel se colocó frente a Beatriz, su espada lista.
—Nadie toca a Beatriz —dijo, con voz baja, peligrosa.
Valdemoro hizo una seña. Los mercenarios tensaron las cuerdas de sus ballestas.
Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado.
Desde el otro extremo del puente, desde la ciudad, apareció una figura. Era Martín "El Tuerto", seguido por cincuenta hombres armados con palos, antorchas y espadas robadas. La rebelión había llegado al puente.
—¡Por la libertad! —gritó Martín, cargando contra los mercenarios de Valdemoro.
El choque fue brutal. Acero contra madera. Gritos contra gruñidos. Sangre contra barro. El puente de San Martín se convirtió en un campo de batalla medieval, un escenario de violencia primitiva donde la nobleza y la plebe se mezclaban en una danza mortal.
Valdemoro, sorprendido por el ataque por la retaguardia, intentó organizar a sus hombres, pero el caos era absoluto. Las ballestas disparaban al azar, las flechas silbando en el aire como avispones furiosos.
Gabriel aprovechó la distracción.
—¡Ahora! —chilló a Beatriz.
Corrieron hacia el centro del puente, esquivando cuerpos que caían, saltando sobre charcos de sangre. El Inquisidor, viendo que su protección se desmoronaba, intentó huir hacia la torre central del puente. Pero Beatriz lo interceptó.
Se enfrentaron cara a cara, en medio de la batalla. El Inquisidor levantó su crucifijo, como si esperara que la fe lo protegiera.
—Dios está conmigo, hija mía —dijo, con voz temblorosa.
Beatriz lo miró con lástima.
—Dios no está en tu cruz, Fray Ignacio. Está en la verdad. Y la verdad te va a destruir.
Le arrebató el crucifijo de las manos y lo lanzó al río. Luego, con un movimiento rápido, le dio un empujón fuerte. El Inquisidor perdió el equilibrio, tropezó con su propia túnica larga y cayó de rodillas, indefenso, ante la furia de la multitud que avanzaba.
Valdemoro, viendo caer a su aliado espiritual, intentó atacar a Beatriz con su espada. Pero Gabriel estaba allí.
El duelo entre Gabriel y Valdemoro fue breve, intenso, definitivo.
Valdemoro luchaba con rabia ciega, golpeando sin técnica.
Gabriel luchaba con precisión fría, desviando cada ataque, esperando el momento perfecto.
Cuando Valdemoro dejó su flanco derecho expuesto en un intento desesperado de estocada, Gabriel giró su muñeca y clavó su espada en el hombro del Conde, inutilizándolo.
Valdemoro gritó, cayendo al suelo, su espada cayendo lejos de su alcance.
Beatriz se acercó a él. Lo miró desde arriba, con la lluvia comenzando a caer, lavando la sangre del puente.
—Esto es por Marisol —apuntó.
Después le escupió en la cara.
No lo mató. No necesitaba hacerlo. Su humillación pública, su derrota ante el pueblo, era una muerte peor.
La batalla comenzó a disminuir. Los mercenarios, viendo a sus líderes derrotados, arrojaron las armas y huyeron o se rindieron. Martín y sus hombres controlaban el puente.
Beatriz miró a Gabriel. Estaban vivos. Habían ganado.
Pero el precio había sido alto. El puente estaba lleno de muertos y heridos. La ciudad ardía. Y ellos seguían siendo fugitivos.
—Tenemos que irnos —dijo Gabriel, ayudándola a ponerse en pie.
Beatriz asintió. Miró una última vez a Toledo, a la ciudad que la había visto nacer, sufrir y renacer.
—Adiós, Toledo —suspiró.
Pero juntos, cruzaron el puente, dejando atrás el pasado, adentrándose en la noche que los esperaba al otro lado del río.