Capítulo 33 El estrépito de la sangre olvidada
El acero cantó en la estrechez del pasillo, un himno metálico y brutal que resonó contra las paredes de piedra húmeda.
Gabriel no luchaba con la elegancia de los duelos cortesanos, sino con la eficiencia desesperada de quien sabe que un solo error significa la muerte.
Su espada era una extensión de su brazo, girando, bloqueando, estocando con una precisión letal.
Los guardias, sorprendidos por la ferocidad del ataque y la oscuridad reinante, retrocedían, tropezando entre sí, sus gritos ahogados por el entrechocar de las hojas.
Beatriz permanecía pegada a la pared, observando la danza macabra con una mezcla de horror y admiración.
Cada vez que Gabriel hería a un atacante, sentía un pinchazo en su propio pecho, pero sabía que no podía intervenir.
Su fuerza residía ahora en su mente, en su capacidad para ver lo que otros ignoraban.
Mientras la batalla rugía a pocos metros de ella, sus ojos escrutaban la celda vacía que acababan de abandonar.
Algo había cambiado. La atmósfera allí dentro no era solo de encierro; era de revelación.
—¡Vamos! —gritó Gabriel, desviando una estocada que buscaba su garganta y respondiendo con un golpe seco en la muñeca de su oponente, haciendo caer la espada al suelo con un tintineo definitivo.
Pero Beatriz no se movió. Una fuerza invisible la retenía. No era miedo. Era curiosidad. Una necesidad visceral de entender el último eslabón de la cadena que la ataba a ese lugar maldito.
—Espera —susurró ella, aunque sabía que él no podía oírla sobre el estruendo.
Se deslizó de nuevo hacia el interior de la celda número siete.
En el rincón más oscuro, donde la luz de las antorchas del pasillo apenas lograba penetrar, había una losa suelta en el suelo.
No era casualidad. Era una marca. La misma marca del ojo y las llamas que había visto en el manuscrito, en el anillo de su madre, en la puerta de la cripta.
Con manos temblorosas, apartó la losa. Debajo, envuelto en un paño de terciopelo negro, polvoriento y frágil, había un pequeño objeto. No era un libro. Era un diario. Un cuaderno de notas encuadernado en piel de cabra, desgastado por el tiempo.
Beatriz lo tomó. Lo abrió. Las primeras páginas estaban llenas de cálculos astronómicos, fórmulas alquímicas y dibujos anatómicos.
La letra era elegante, fluida, familiar.
Demasiado familiar. Recordaba la caligrafía de las cartas que su "padre", don Rodrigo, le había mostrado de niña, atribuyéndolas a un ancestro lejano.
Pero esta letra tenía una urgencia, una pasión que faltaba en los documentos oficiales de los Alarcón.
Leyó la última entrada, fechada treinta años atrás, el día antes de la ejecución pública de un erudito acusado de herejía en la Plaza de Zocodover.
"Hoy me llevan a la hoguera. No por mis pecados, sino por mi verdad. He escondido el saber donde solo la sangre puede encontrarlo. Mi hija, si alguna vez lees esto, sepas que no soy un traidor. Soy un mártir. Y tú, mi pequeña estrella, eres la heredera de mi luz. No dejes que la apaguemos."
Firmado: Elias ben-Alarcón.
Beatriz dejó caer el diario. El aire se escapó de sus pulmones.
Elias ben-Alarcón. El nombre resonaba en su mente como un trueno.
No era un ancestro lejano. Era su padre biológico.
El hombre que don Rodrigo y su familia habían adoptado, o más bien, cuya hija habían secuestrado o comprado tras su ejecución para controlar el legado.
Don Rodrigo no era su padre. Era su carcelero. Su usurpador.
La revelación fue tan violenta que casi la hizo caer de rodillas.
Toda su identidad, toda su historia, era una mentira construida sobre la tumba de un hombre bueno.
Ella no era una Alarcón por sangre. Era una ben-Alarcón.
Una descendiente directa del erudito prohibido.
La legítima heredera del saber que Valdemoro y el Inquisidor codiciaban.
—¡Beatriz! —la voz de Gabriel la sacó de su trance. Estaba en la puerta de la celda, jadeante, cubierto de sangre ajena, con una herida superficial en el brazo izquierdo—. ¡Tenemos que irnos! ¡Vienen refuerzos!
Beatriz miró el diario, luego a Gabriel. Guardó el cuaderno bajo su sayal, contra su piel, sintiendo su peso ligero pero infinito.
—Ya sé quién soy —explicó, con una voz que ya no temblaba.
Gabriel la miró, entendiendo sin necesidad de palabras que algo fundamental había cambiado en ella. Asintió.
—Entonces, demuéstraselo al mundo.
Salieron al pasillo. Los guardias restantes habían sido neutralizados o habían huido ante la llegada de más soldados desde el piso superior.
Gabriel tomó a Beatriz de la mano y corrieron hacia las escaleras de servicio que conducían a los niveles superiores del Alcázar.
No podían salir por las alcantarillas; el tiempo se agotaba.
Tenían que llegar a la superficie, mezclarse con la multitud del juicio, usar el caos como cobertura.
Subieron las escaleras de piedra, dos pisos, tres. El ruido de la plaza llegaba ahora amortiguado, pero constante. Gritos, aplausos, el repique de campanas. Toledo estaba al borde del motín.
Al llegar al último rellano, antes de la puerta que daba al patio interior, se detuvieron. Gabriel escuchó. Pasos pesados. Voces de mando.
—Están bloqueando la salida —susurró él, con el ceño fruncido.
Beatriz pensó rápidamente. Había otra salida. Una que solo conocía ella, gracias a los mapas mentales que había construido durante años de encierro dorado. Los pasadizos secretos de la nobleza.
—Sígueme —dijo, tirando de él hacia una puerta lateral pequeña, oculta detrás de un tapiz polvoriento.
Abrió la puerta. Revelaba una escalera de caracol estrecha, oscura, que ascendía en espiral.
—¿A dónde lleva? —preguntó Gabriel, dudando.
—A la torre norte —respondió Beatriz—. Desde allí, podemos saltar a los tejados adyacentes. Es arriesgado, pero es nuestra única opción.
Subieron. La escalera era interminable, vertiginosa. Cada paso los acercaba más al cielo, más lejos de la tierra corrupta que los perseguía. Al llegar arriba, Beatriz empujó una trampilla de madera. La luz cegadora del mediodía inundó el espacio.
Estaban en el tejado de la torre norte del Alcázar. El viento soplaba con fuerza, agitándoles la ropa y el cabello. Abajo, la Plaza de Zocodover era un hormiguero de colores y movimiento. La multitud era inmensa. Y en el centro, el estrado del juicio parecía un juguete frágil.
Gabriel miró el salto hacia el tejado del edificio contiguo, una distancia de unos tres metros.
—Puedo hacerlo —dijo él—. Pero tú...
—Yo también —interrumpió Beatriz, con una determinación férrea—. Ya no soy la niña que teme caer. Soy la mujer que sabe volar.
Gabriel sonrió, orgulloso. Tomó impulso y saltó. Aterrizó con gracia en el otro tejado, extendiendo la mano hacia ella.
Beatriz lo miró. Vio su mano extendida, un puente sobre el abismo. Respiró hondo. Sintió el peso del diario contra su pecho. Sintió la verdad de su linaje corriendo por sus venas. Y saltó.
El aire la recibió como un abrazo frío. Por un segundo, estuvo suspendida entre el cielo y la tierra, libre de nombres, de títulos, de mentiras. Luego, sus manos atraparon las de Gabriel, y él la tiró hacia la seguridad del tejado vecino.
Cayeron juntos, rodando sobre las tejas calientes, riendo con una hilaridad nerviosa, liberadora.
Estaban fuera. Estaban libres. Temporalmente.
Pero abajo, en la plaza, el Inquisidor levantaba la vista hacia la torre. Sus ojos grises encontraron los de Beatriz a la distancia. Y sonrió.
Porque sabía que el juego aún no había terminado. Sabía que Beatriz tendría que bajar. Tendría que enfrentar al pueblo. Tendría que elegir entre huir para siempre o quedarse para luchar.
Pero el Inquisidor apostaba todo a que el orgullo de la nobleza, incluso falsa, la obligaría a quedarse.
Beatriz miró hacia abajo. Vio a don Rodrigo, pequeño y patético en el estrado. Vio a Valdemoro, furioso, gritando órdenes a los guardias. Vio a la multitud, expectante, hambrienta de espectáculo.
Sabía lo que tenía que hacer.
—No vamos a huir, Gabriel —indicó, con la voz clara, llevada por el viento.
Gabriel la miró, sorprendido.
—¿Qué?
—Vamos a bajar. Vamos a terminar esto. Hoy. Aquí.
Gabriel negó con la cabeza.
—Es suicidio. Te matarán.
—No si les doy lo que quieren —respondió Beatriz, con una sonrisa enigmática—. Les daré una historia. Una historia tan grande, tan verdadera, que no podrán ignorarla. Ni siquiera quemándome.
Gabriel la estudió. Vio la resolución en sus ojos. Vio la mujer que había nacido en el fuego. Y supo que no podía detenerla. Solo podía acompañarla.
—De acuerdo —dijo finalmente, tomando su mano—. Juntos. Hasta el final.
Juntos, comenzaron a descender por los tejados, hacia la plaza, hacia el destino que ellos mismos habían elegido.
La rosa de Toledo volvía a casa. Pero esta vez, venía armada con la verdad.