Capítulo 32 La fuga del espectro
La aparición de Gabriel en la Plaza de Zocodover no fue un milagro; fue una declaración de guerra.
Su voz, grave y resonante, había cortado el hilo tenso del juicio como una guillotina invisible, dejando a los jueces paralizados por la sorpresa y a la multitud vibrando con una electricidad peligrosa.
Pero Gabriel no se quedó para ver las consecuencias inmediatas de sus palabras.
Sabía que su presencia allí era un faro que atraería a todas las fuerzas del orden hacia él, dando a Beatriz unos minutos preciosos de confusión administrativa.
Y esos minutos eran el oxígeno que necesitaba para respirar, para pensar, para sobrevivir.
Mientras los guardias del estrado dudaban entre arrestar al intruso o proteger a los magistrados, Gabriel se dio la vuelta y se fundió en la multitud.
No corrió. Correr atrae la atención. Caminó con paso firme, mezclándose con los cuerpos sudorosos y agitados de los ciudadanos, convirtiéndose en uno más entre miles.
Su capa oscura, raída por el viaje y el tiempo, lo camuflaba perfectamente en la penumbra de los callejones adyacentes a la plaza.
Su corazón latía con un ritmo frenético, no por miedo, sino por la adrenalina pura de la acción.
Había vuelto. Contra todo pronóstico, contra toda lógica militar, había regresado a Toledo.
El exilio había sido una farsa. Los soldados que lo escoltaban hacia la frontera eran hombres que le debían favores antiguos, camaradas de armas que recordaban al capitán que los había salvado en las guerras de Italia, no al prisionero condenado por la Inquisición.
Le habían dado dinero, un caballo y una advertencia: "No vuelvas, Gabriel. Si vuelves, morirás".
Pero Gabriel no podía dejarla sola. No después de todo lo que habían sufrido.
No después de verla caminar hacia el altar del sacrificio con esa dignidad helada que le rompía el alma.
Así que había cabalgado de noche, escondiéndose de día, alimentándose de raíces y odio, hasta llegar a las puertas de la ciudad al amanecer.
Y ahora, estaba aquí. En el ojo del huracán.
Se dirigió hacia el barrio de los curtidores, un laberinto de calles estrechas y malolientes donde la ley del rey tenía menos peso que la ley del silencio. Allí, en una taberna ruinosa llamada El Sordo, encontró a quien buscaba.
Martín "El Tuerto" estaba sentado en una mesa del fondo, bebiendo vino aguado de una jarra de barro.
Era un hombre grande, con una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, dejándolo ciego de ese lado, pero con el otro ojo brillante con una inteligencia astuta y leal.
Antiguamente sargento de la guardia real, había sido expulsado del cuerpo por negarse a ejecutar una orden injusta: quemar una aldea de moriscos inocentes.
Desde entonces, vivía en las sombras, liderando una pequeña banda de descontentos, veteranos olvidados y marginados sociales.
Gabriel se sentó frente a él sin decir palabra. Martín lo miró, sorprendido, luego sonrió, mostrando dientes negros y rotos.
—Sabía que vendrías —dijo Martín, con voz ronca—. Los perros fieles siempre vuelven a casa, aunque la casa esté en llamas.
—Necesito ayuda, Martín —dijo Gabriel, bajando la voz—. No para mí. Para ella.
Martín asintió lentamente. Sabía de quién hablaba. La noticia de la caída de Beatriz de Alarcón había recorrido la ciudad como la pólvora. Todos conocían la historia, aunque nadie se atrevía a contarla en voz alta.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Martín, sirviendo otro vaso de vino para Gabriel.
—Un rescate —respondió Gabriel, con frialdad—. Pero no un asalto frontal. Eso sería suicidio. Necesito distracción. Necesito caos. Y necesito acceso a las mazmorras del Alcázar.
Martín silbó suavemente, impresionado por la audacia.
—Las mazmorras están vigiladas por la Guardia Real. Hombres duros. Leales. No se sobornan fácilmente.
—No necesitamos sobornarlos —dijo Gabriel, esbozando una sonrisa cruel—. Necesitamos asustarlos. Necesitamos hacerles creer que hay una rebelión mayor en marcha. Que los moriscos se levantan. Que los franceses invaden. Que el diablo mismo ha llegado a Toledo.
Martín entendió. Sus ojos brillaron con entusiasmo bélico.
—Puedo reunir a veinte hombres. Veteranos. Hombres que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Pero necesitarán armas. Y necesitarán un plan.
Gabriel sacó un mapa arrugado de su bolsillo interior. Lo desplegó sobre la mesa sucia. Señaló las alcantarillas que conectaban el río Tajo con los sótanos del Alcázar.
—Entraremos por aquí —explicó—. Las rejillas están oxidadas.
Fáciles de cortar. Llegaremos a los cimientos.
Desde allí, subiremos por las escaleras de servicio.
Mientras tanto, tus hombres provocarán disturbios en la Plaza Mayor.
Incendiarán carros. Romperán escaparates.
Gritarán consignas revolucionarias. La Guardia tendrá que dividir sus fuerzas. Dejaremos las mazmorras casi vacías.
Martín estudió el mapa, asintiendo con aprobación.
—Es arriesgado. Si nos descubren...
—Si nos descubren, moriremos —interrumpió Gabriel, con una calma absoluta—. Pero si no lo intentamos, ella morirá de todos modos. Y yo no puedo vivir con eso.
Martín lo miró durante un largo momento. Luego, extendió su mano callosa.
—Cuenta con nosotros, Capitán. Por la justicia. Y por la chica.
Gabriel estrechó su mano. El pacto estaba sellado. No con sangre, sino con lealtad.
Salieron de la taberna por puertas separadas.
Gabriel se dirigió hacia el río, moviéndose como una sombra entre las sombras.
La ciudad estaba en ebullición. Los rumores del juicio se expandían como un virus.
Grupos de personas discutían acaloradamente en las esquinas.
Los guardias patrullaban con nerviosismo visible, sus manos cerca de las espadas.
Gabriel llegó a la orilla del Tajo. El agua fluía oscura y turbulenta, reflejando el cielo grisáceo.
Encontró la entrada a la alcantarilla principal, oculta bajo una cascada de hiedra podrida.
Con su daga, cortó los barrotes oxidados de la rejilla con facilidad sorprendente. El metal cedió como mantequilla rancia.
Entró en la oscuridad húmeda y hedionda.
El olor a excrementos y muerte antigua lo golpeó, pero no se detuvo.
Avanzó gateando por el túnel estrecho, guiado por la memoria de los mapas antiguos que Beatriz le había mostrado.
Cada metro era una lucha contra el asco físico y la claustrofobia mental.
Pero su mente estaba fija en un solo punto: Beatriz.
Mientras avanzaba, oyó voces arriba. Gritos. Ruidos de cristales rotos. El plan de Martín estaba funcionando. El caos había comenzado.
Gabriel sonrió en la oscuridad. Una sonrisa fría, determinada.
La cuenta atrás había empezado. Y cuando llegara el momento, Toledo ardería. Pero de esas cenizas, esperaba que naciera algo nuevo. Algo libre.
Llegó a la base del Alcázar. Frente a él, una escalera de piedra ascendía hacia la luz tenue de una rejilla superior. Subió, paso a paso, sintiendo cómo el aire se volvía menos denso, menos tóxico. Al llegar arriba, empujó la rejilla. Cedió.
Estaba en los sótanos del Alcázar.
Silencio. Solo el goteo lejano del agua.
Comenzó a moverse por los pasillos oscuros, buscando la sección de las mazmorras. Conocía la distribución del edificio; había servido allí años atrás. Giró a la izquierda, luego a la derecha. Llegó a una puerta de hierro pesado. Escuchó.
Voces. Risas. El sonido de dados cayendo sobre madera.
Los guardias estaban distraídos. Probablemente jugando a las cartas, aburridos por la rutina.
Gabriel desenvainó su espada. La hoja brilló tenuemente en la penumbra. No iba a matarlos si no era necesario. Pero si se interponían en su camino... no dudaría.
Empujó la puerta. Entró en la sala de guardia.
Cuatro hombres estaban sentados alrededor de una mesa. Al verlo, se pusieron en pie rápidamente, buscando sus armas.
—¡Quién eres! —chilló uno, desenvainando su espada.
Gabriel no respondió. Atacó.
Fue un movimiento fluido, brutal, eficiente.
Desarmó al primero con un golpe de muñeca, le propinó una patada en el estómago que lo dobló, y luego usó su cuerpo como escudo contra el segundo, que intentaba apuñalarlo por la espalda.
El tercer guardia lanzó una estocada torpe.
Gabriel la esquivó girando sobre sí mismo y le golpeó la nuca con la empuñadura de su espada. El hombre cayó inconsciente.
El cuarto guardia, el más joven, retrocedió, aterrorizado.
—Por favor... —balbuceó.
Gabriel lo miró con ojos fríos.
—Dónde está la celda de Beatriz de Alarcón.
El joven señaló tembloroso hacia un pasillo lateral.
—Al final... celda número siete.
Gabriel no perdió tiempo. Corrió hacia el pasillo. Oyó pasos detrás de él. Los otros guardias se recuperaban. Tenía segundos.
Llegó a la celda número siete. La puerta estaba cerrada con llave. Buscó las llaves en el cinturón del guardia inconsciente que había dejado atrás. Encontró un llavero grande. Probó varias llaves rápidamente.
Clic. La puerta se abrió.
Beatriz estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, los ojos cerrados. Al oír la puerta, abrió los ojos. Vio a Gabriel.
Por un segundo, no pudo creerlo. Pensó que era una alucinación, un sueño febril causado por el hambre y el miedo.
Pero Gabriel entró, cerró la puerta tras de sí y se arrodilló frente a ella.
—Hola, mi amor —dijo, con la voz ronca por la emoción contenida.
Beatriz extendió una mano temblorosa y tocó su rostro. Era real. Caliente. Sólido.
—Gabriel... —suspiró, con lágrimas en los ojos—. Has vuelto.
—Te lo prometí —reconoció él, besando su mano—. Y nunca rompo una promesa.
Pero antes de que pudieran abrazarse, oyeron gritos fuera. Pasos pesados. Muchos pasos.
—¡Aquí! ¡En la celda siete! —gritó una voz.
Gabriel se puso en pie, desenvainando su espada nuevamente.
—Tenemos compañía —dijo, con una sonrisa tensa—. ¿Puedes correr?
Beatriz se levantó, apoyándose en la pared. Estaba débil, pero sus ojos brillaban con una determinación renovada.
—Puedo volar si es necesario —respondió.
Gabriel sonrió. Abrió la puerta de la celda.
—Entonces, volemos.
Salieron al pasillo. Los guardias venían hacia ellos, espadas en mano. Eran diez. Quizás más.
Gabriel se colocó frente a Beatriz.
—Detrás de mí —ordenó.
Pero cargó contra ellos.
La batalla en los pasillos estrechos del Alcázar había comenzado. Y esta vez, no luchaban solo por sobrevivir. Luchaban por liberarse.