Capítulo 16 La jaula de los sueños rotos
El norte de Toledo no era una dirección geográfica, sino un descenso hacia el infierno.
Las huellas en la tierra, marcadas por el arrastre pesado de un cuerpo inconsciente y las botas firmes de sus captores, guiaban a Beatriz lejos de la seguridad relativa de las murallas, adentrándose en los campos áridos y polvorientos que rodeaban la ciudad imperial.
La luna, testigo mudo de su desgracia, se ocultó tras nubes espesas, sumiendo el paisaje en una oscuridad casi absoluta, rota solo por el brillo ocasional de alguna antorcha lejana o el destello frío de las estrellas indiferentes.
Beatriz caminaba con una determinación febril, ignorando el dolor que le punzaba en cada articulación.
Sus manos, aún manchadas con la sangre mezclada de Gabriel y la suya propia, apretaban los fragmentos de la espada rota como si fueran reliquias sagradas.
Cada paso era un acto de voluntad contra el agotamiento físico y el colapso emocional.
No pensaba en el miedo; no tenía espacio para él.
Solo existía el objetivo: encontrarlo. Rescatarlo. O morir en el intento.
Las huellas la llevaron hasta un camino de tierra compactada, bordeado por olivos retorcidos cuyas ramas parecían brazos esqueléticos implorando al cielo.
Allí, el rastro se hacía más evidente: marcas de ruedas de carro, profundas en el barro seco, y pisadas múltiples que convergían hacia un punto específico en el horizonte.
Un edificio aislado, apenas visible en la penumbra, se alzaba como una cicatriz en la llanura.
Era una estructura antigua, de piedra grisácea, con tejados derruidos y ventanas tapiadas. Un picadero abandonado, recordó Beatriz vagamente de sus lecturas infantiles sobre la historia militar de la región.
Un lugar donde antes se entrenaban caballos de guerra, ahora convertido en una tumba de recuerdos olvidados.
Se acercó con cautela, agachándose entre los arbustos secos que bordeaban el camino.
El silencio del lugar era antinatural, denso, opresivo.
No se escuchaban pájaros, ni insectos, ni siquiera el viento.
Solo el latido frenético de su propio corazón, martilleando contra sus costillas como un prisionero desesperado.
Al llegar a la entrada principal, una gran puerta de madera podrida entreabierta, Beatriz se detuvo.
Espió a través de la rendija. El interior estaba iluminado por varias antorchas clavadas en las paredes, proyectando sombras largas y distorsionadas que danzaban como demonios burlones.
En el centro del amplio recinto, atado a una columna de piedra con cadenas gruesas y oxidadas, estaba Gabriel.
Estaba desnudo de cintura para arriba, su torso cubierto de hematomas morados y cortes sangrantes.
Su cabeza colgaba hacia adelante, el cabello negro pegado a la frente por el sudor y la sangre seca.
Parecía muerto, o al menos, inconsciente.
Alrededor de él, seis mercenarios bebían vino de odres de cuero, riendo con voces gruesas y crueles, apostando monedas sobre cuánto tiempo resistiría el capitán antes de romper.
Beatriz sintió cómo la rabia, fría y afilada, le atravesaba el pecho. Quería entrar, gritar, atacar con los fragmentos de espada en las manos. Pero sabía que sería suicida. Eran seis hombres armados, descansados y alertas. Ella estaba sola, herida y exhausta. Necesitaba un plan. Necesitaba ventaja.
Observó el entorno con ojos críticos, buscando cualquier elemento que pudiera usar a su favor.
Vio vigas de madera podridas en el techo, cuerdas colgando de los ganchos antiguos, herramientas de herrería oxidadas en un rincón.
Y vio algo más: una pequeña puerta lateral, apenas visible en la sombra, que conducía probablemente a los establos o almacenes anexos.
Decidió entrar por allí. Se deslizó silenciosamente por la rendija de la puerta principal, moviéndose como una sombra entre las sombras. Llegó a la puerta lateral y la empujó suavemente. Estaba cerrada, pero no con llave. Con un esfuerzo supremo, logró abrirla lo suficiente para colarse dentro.
El interior del anexo olía a heno viejo, a estiércol seco y a humedad.
Era un espacio pequeño, lleno de trastos inútiles: arneses rotos, barriles vacíos, sacos de grano agujereados.
Beatriz buscó algo, cualquier cosa que pudiera servir como arma o distracción.
Encontró un palo largo de madera dura, quizás parte de un arado antiguo, y un saco de harina casi vacío.
Volvió al picadero principal, entrando desde el anexo a través de una ventana rota situada a nivel del suelo. Se arrastró bajo una mesa cubierta de polvo, esperando el momento adecuado. Los mercenarios seguían bebiendo y riendo, ignorando a su prisionero, que apenas se movía.
—Este tipo es duro —señaló uno de ellos, escupiendo al suelo—. Lleva horas así y ni siquiera ha gemido.
—Espera a que llegue el jefe —manifestó otro, con una risa maliciosa—. Él sabe cómo hacer hablar a los silenciosos. Le gusta jugar con la carne antes de romper el hueso.
Beatriz apretó los dientes, conteniendo las náuseas. Sabía lo que significaban esas palabras. La tortura. La humillación. La destrucción sistemática del espíritu humano. Y Gabriel estaba a punto de sufrirla por ella. Por su culpa. Por su arrogancia. Por su amor prohibido.
No podía permitirlo. Tenía que actuar ahora.
Esperó a que uno de los mercenarios se levantara para orinar en un rincón oscuro.
Cuando estuvo de espaldas al grupo, Beatriz salió de su escondite.
Con el palo de madera en la mano, se acercó sigilosamente por detrás.
Levantó el arma con todas sus fuerzas y golpeó la nuca del hombre con un impacto seco y brutal.
El mercenario cayó sin emitir sonido, desplomándose como un muñeco de trapo. Beatriz recogió su daga del cinturón y se escondió de nuevo bajo la mesa, con el corazón desbocado.
Los otros cinco hombres tardaron unos segundos en notar la ausencia de su compañero.
—¿Dónde está Juan? —preguntó uno, mirando alrededor con confusión.
Nadie respondió. El silencio se extendió, tenso, inquietante.
Entonces, vieron el cuerpo inconsciente en el rincón.
—¡Maldita sea! —gritó el líder, desenvainando su espada—. ¡Hay alguien aquí! ¡Buscad!
Comenzaron a registrar el picadero, moviendo muebles, revisando esquinas, apuntando sus armas a las sombras. Beatriz permaneció inmóvil bajo la mesa, conteniendo la respiración, rezando para que la oscuridad la protegiera. Pero sabía que era cuestión de tiempo.
Uno de los mercenarios se acercó a la mesa. Beatriz vio sus botas sucias detenerse justo frente a sus ojos. Aguantó el aliento, preparándose para atacar.
De repente, un ruido proveniente de la columna central captó la atención de todos. Gabriel había levantado la cabeza. Sus ojos, aunque hinchados y sangrantes, brillaban con una lucidez feroz.
—Dejadla en paz —indicó, con la voz ronca, apenas audible, pero cargada de una autoridad innegable.
Los mercenarios se volvieron hacia él, sorprendidos.
—¿Qué has dicho, perro? —preguntó el líder, acercándose a Gabriel con la espada en alto.
—He dicho que dejéis en paz a la chica —repitió Gabriel, escupiendo sangre al suelo—. Ella no tiene nada que ver con esto. Es conmigo con quien queréis jugar.
El líder sonrió, una sonrisa cruel y satisfecha.
—Ah, así que hay una chica. Interesante. ¿Dónde está?
Gabriel no respondió. Simplemente cerró los ojos, aceptando su destino.
El líder hizo una seña a dos de sus hombres.
—Registrad cada rincón. Si la encontráis, traedla aquí. Quiero ver qué clase de mujer vale la vida de este capitán.
Beatriz supo que su tiempo se había agotado. Salir de bajo la mesa significaba la captura inmediata. Quedarse significaba ser descubierta en segundos. Tenía que hacer algo drástico. Algo impredecible.
Agarró el saco de harina que había traído del anexo. Lo abrió con los dientes y, con un movimiento rápido, lanzó el contenido al aire, creando una nube blanca y densa que llenó el picadero de polvo cegador.
Los mercenarios tosieron, gritaron, agitándose en la confusión. Beatriz aprovechó el caos para salir de su escondite y correr hacia la salida principal. Pero antes de llegar a la puerta, una mano fuerte la agarró del brazo, tirando de ella con fuerza brutal.
Era el líder. Había logrado verla a través del polvo.
—Te tengo, ratita —gruñó, arrastrándola hacia el centro del picadero, hacia donde estaba Gabriel.
Beatriz luchó, pateando, mordiendo, golpeando con el palo de madera. Pero era demasiado débil contra la fuerza bruta del mercenario. Él la inmovilizó contra la columna, junto a Gabriel, sujetándole las muñecas con una mano mientras con la otra le acariciaba el rostro con una delicadeza obscena.
—Bonita —murmuró, pasando el dedo pulgar por el labio inferior de Beatriz—. Muy bonita. Tu amigo tendrá el placer de verte sufrir antes de morir.
Gabriel abrió los ojos, mirando a Beatriz con una expresión de dolor infinito.
—Perdóname —articuló.
Beatriz negó con la cabeza, con lágrimas de furia e impotencia en los ojos.
—No —dijo, con la voz firme, desafiante—. Nunca.
El líder soltó una risa grave, satisfactoria.
—Bienvenidos al infierno, amantes. Aquí aprenderéis el verdadero significado del dolor.
Con esa promesa siniestra, ordenó a sus hombres que prepararan las herramientas. La noche apenas comenzaba, y la oscuridad tenía hambre.