Capítulo 15 La emboscada de la piedra y el silencio
La revelación sobre Inés no llegó como un trueno, sino como una gota de ácido que cae lentamente sobre la piel, quemando capa tras capa hasta alcanzar el nervio expuesto.
Beatriz corría junto a Gabriel, sus pulmones ardiendo con el esfuerzo, pero su mente estaba paralizada en ese instante de claridad horrorosa.
Inés. La mujer que la había visto nacer, que le había limpiado las lágrimas de niña, que conocía los ritmos de su respiración y los secretos de sus sueños.
Inés, quien le había entregado la llave de la cripta con una mano y vendido su ubicación con la otra.
La dualidad era tan perfecta, tan diabólica, que Beatriz sintió náuseas.
No era solo traición; era una disección quirúrgica de su confianza.
—¡Por aquí! —gritó Gabriel, tirando de ella hacia un callejón estrecho que descendía bruscamente hacia el río. Sus botas resbalaban sobre los adoquines húmedos, pero él mantenía el equilibrio con una gracia atlética que parecía desafiar la gravedad.
Beatriz tropezó, recuperándose apenas antes de caer de bruces.
El vestido, pesado con las páginas cosidas, se enredaba en sus piernas como algas muertas.
Cada paso era una lucha contra la tela, contra el cansancio, contra el pánico que amenazaba con desarticular sus articulaciones.
Detrás de ellos, aunque aún no los veían, sabían que la persecución había comenzado.
No eran guardias torpes ni mercenarios borrachos.
Eran profesionales. Y los profesionales no cometen errores.
Llegaron a la orilla del Tajo. El río rugía bajo la luz plateada de la luna, una masa oscura y turbulenta que reflejaba el cielo estrellado con indiferencia cruel.
Gabriel escaneó el horizonte, buscando una barca, un puente, cualquier vía de escape.
Pero la orilla estaba desierta. Las barcas de pesca habían sido amarradas y aseguradas; los pescadores, prudentes, se habían retirado ante los rumores de disturbios en la ciudad.
—No hay salida por el agua —dijo Gabriel, con la voz tensa—. Debemos subir. Hacia las murallas viejas. Hay una brecha cerca de la puerta del Cambrón. Si llegamos allí, podemos perderlos en el laberinto de ruinas.
Beatriz asintió, jadeante. Subir significaba alejarse del río, adentrarse de nuevo en la ciudad, en territorio enemigo. Pero quedarse significaba la captura segura.
Comenzaron el ascenso por un sendero empinado y rocoso que serpenteaba entre olivos retorcidos y matorrales espinosos.
La vegetación les arañaba la ropa y la piel, pero ninguno de los dos se detuvo.
El sonido de sus propias respiraciones era lo único que rompía el silencio nocturno, un ritmo frenético que marcaba el compás de su huida.
A mitad de camino, Gabriel se detuvo en seco. Levantó una mano, indicando silencio absoluto. Beatriz obedeció instantáneamente, conteniendo la respiración hasta que le dolieron los costados. Escuchó.
Al principio, nada. Solo el viento silbando entre las ramas y el rumor lejano del agua. Pero luego, lo oyó. Un crujido suave. El roce de cuero contra piedra. Pasos múltiples, coordinados, subiendo por el sendero opuesto. No venían de atrás; venían de arriba. Los estaban esperando.
Era una emboscada.
Gabriel empujó a Beatriz detrás de un gran tronco caído, cubriéndola con su cuerpo. Desenvainó su espada con un movimiento fluido, el acero brillando tenuemente bajo la luz de la luna. Sus ojos estaban fijos en la cima del sendero, donde las sombras parecían condensarse.
De repente, figuras emergieron de la oscuridad.
No eran cinco ni diez. Eran al menos quince hombres, vestidos con armaduras ligeras de cuero negro, rostros cubiertos por pañuelos oscuros, armas desenvainadas y listas para matar.
No llevaban insignias, pero su disciplina militar era innegable.
Se movían como un solo organismo, cerrando el círculo alrededor del tronco donde se ocultaban Beatriz y Gabriel.
Un hombre se adelantó. Era alto, ancho de hombros, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda desde la sien hasta la barbilla. Llevaba una ballesta corta en la mano, apuntada directamente hacia ellos.
—Capitán Gabriel —expresó el hombre, con una voz grave y rasposa, como piedras trituradas—. Ha sido un placer seguirle el rastro. Su reputación precede a sus pasos.
Gabriel no respondió. Su postura era defensiva, protegiendo a Beatriz con su cuerpo, su espada lista para interceptar cualquier proyectil.
—Entregue a la joven y el códice —continuó el líder de los mercenarios, sin bajar la ballesta—, y le permitiremos morir con honor. Resista, y la mataremos lentamente frente a sus ojos antes de arrancarle el corazón.
Beatriz sintió cómo el miedo se congelaba en su interior, transformándose en una rabia fría y densa.
Miró a Gabriel. Vio la tensión en su mandíbula, la determinación en sus ojos.
Sabía lo que iba a hacer. Iba a luchar. Iba a intentar abrirse paso a través de quince hombres armados para darle a ella una oportunidad de huir.
Era un gesto noble, heroico y completamente suicida.
—No —susurró Beatriz, agarrando la manga de Gabriel.
Él la miró, sorprendido por la firmeza de su voz.
—Escapa —ordenó él, en un susurro urgente—. Cuando yo ataque, corre hacia la izquierda. Hay un desfiladero. Bájate por él. Te esperaré en la base.
—No te dejaré —respondió ella, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¡Hazlo! —rugió Gabriel, empujándola suavemente pero con fuerza decisiva hacia la sombra del desfiladero.
Antes de que Beatriz pudiera protestar, Gabriel saltó desde detrás del tronco.
Gritó, un sonido primal de guerra, y cargó contra el círculo de mercenarios.
Su espada cantó en la noche, buscando carne, buscando sangre.
El primer mercenario cayó con un grito ahogado, su garganta abierta por el acero implacable de Gabriel. El caos estalló.
Los mercenarios respondieron con furia coordinada.
Las espadas chocaron contra el acero de Gabriel, creando chispas que iluminaban brevemente la escena dantesca.
Gabriel luchaba con una ferocidad desesperada, girando, esquivando, atacando, moviéndose como un demonio de la batalla.
Pero eran demasiados. Cada vez que derribaba a uno, dos más ocupaban su lugar.
Beatriz observaba desde la sombra del desfiladero, paralizada por el horror y la admiración.
Veía cómo Gabriel recibía cortes en los brazos, en las piernas, cómo su ropa se teñía de rojo oscuro.
Pero él no cedía. Cada herida parecía alimentar su furia, cada golpe recibido convertía su resistencia en algo sobrenatural.
Sin embargo, la estrategia de los mercenarios era clara. Mientras cuatro hombres contenían a Gabriel, otros tres se separaron del grupo y comenzaron a avanzar hacia el desfiladero. Hacia ella.
Beatriz retrocedió, tropezando con las raíces de los olivos.
No tenía armas. No tenía defensa. Solo tenía el secreto cosido a su piel y el terror clavado en el alma.
Corrió. Bajó por el sendero irregular del desfiladero, resbalando, cayendo, levantándose, ignorando el dolor de las rodillas raspadas y las manos sangrantes.
Oyó los pasos de sus perseguidores detrás de ella. Eran rápidos, ligeros. Profesionales.
—¡Detente, zorra! —vociferó uno de ellos, con una risa cruel.
Beatriz no se detuvo. Sabía que si la capturaban, Gabriel moriría. Su sacrificio sería en vano. Tenía que distraerlos, tenía que ganar tiempo.
Llegó a una zona más plana del desfiladero, donde el terreno se abría ligeramente. Frente a ella, un precipicio. Abajo, el río Tajo rugía, invisible en la oscuridad. Detrás, los mercenarios se acercaban, sus antorchas iluminando sus rostros deformados por la codicia.
Beatriz se detuvo al borde del precipicio. Giró sobre sus talones, enfrentándolos. Sus respiraciones eran agitadas, sus espadas manchadas de sangre ajena.
—El libro —exigió el líder del grupo pequeño, extendiendo una mano enguantada—. Dámelo y quizás te dejemos vivir como esclava.
Beatriz sonrió. Fue una sonrisa triste, rota, pero llena de una dignidad inesperada.
—Venid a buscarlo —dijo, con la voz clara.
En aquel momento, hizo lo impensable. Se dejó caer hacia atrás, hacia el vacío.
Los mercenarios gritaron, corriendo hacia el borde.
Pero Beatriz no cayó al río. A medio camino, sus manos encontraron una saliente de roca, una repisa estrecha oculta por la vegetación colgante.
Se aferró a ella con todas sus fuerzas, quedando suspendida en el aire, oculta por la oscuridad y las ramas.
Los mercenarios miraron hacia abajo, confundidos. No la veían. Pensaron que había caído al río y que la corriente se la habría llevado.
—Maldita sea —gruñó el líder—. Buscad el cuerpo aguas abajo. El jefe querrá pruebas.
Se alejaron, murmurando entre sí, convencidos de su victoria.
Beatriz permaneció colgada de la repisa, con los músculos temblando por el esfuerzo, el corazón martilleando contra las costillas. Arriba, en la cima del desfiladero, el ruido de la batalla había cesado. Un silencio pesado, ominoso, había caído sobre la noche.
—¡Gabriel! —gritó, con la voz quebrada por el dolor y el miedo.
Nadie respondió.
Solo el viento. Solo el río. Solo la oscuridad.
Beatriz comenzó a trepar de nuevo, lenta y dolorosamente, hacia la cima. Cada movimiento era una agonía. Cuando finalmente logró ponerse de pie en el sendero, la escena que encontró le heló la sangre.
Los mercenarios se habían ido. Los cuerpos de varios de ellos yacían dispersos por el suelo, muertos o heridos. Pero Gabriel no estaba.
Solo había una mancha de sangre fresca en la tierra, grande, abundante. Y junto a ella, la espada de Gabriel, rota en dos pedazos.
Beatriz cayó de rodillas, recogiendo los fragmentos de acero. Estaban fríos. Muertos. Como él.
Un sollozo escapó de su garganta, un sonido animal de dolor puro. Había fallado. Lo había dejado solo. Había permitido que lo capturaran o lo mataran.
Pero entonces, vio algo. Una marca en la tierra. Huellas de botas. Muchas huellas. Arrastrando algo pesado. Hacia el norte. Hacia las afueras de la ciudad.
Gabriel estaba vivo. Lo habían capturado. Y se lo llevaban.
Beatriz se puso en pie, apretando los fragmentos de la espada en sus manos hasta que le cortaron la piel. La sangre mezclada con la de Gabriel manchó sus dedos.
No lloraría. No se rendiría. Iría por él. Aunque tuviera que quemar Toledo hasta los cimientos.
Comenzó a caminar hacia el norte, siguiendo las huellas en la tierra. La noche era larga, y la caza apenas comenzaba. Pero esta vez, Beatriz no era la presa. Era la cazadora. Pero tenía sed de sangre.