El secreto de la cripta Capítulo 14 La traición del rumor
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Capítulo 14 La traición del rumor

La ciudad de Toledo, bajo el sol implacable del mediodía, se transformaba en un horno de piedra y silencio.

El calor no era solo una condición atmosférica; era una presión física que aplastaba los espíritus y hacía que el aire vibrara con una densidad casi líquida.

Beatriz caminaba por las callejuelas del barrio de la Morería, con la cabeza gacha y el velo ajustado hasta la nariz, intentando fundirse con la arquitectura sombría de los muros encalados.

Cada paso era un esfuerzo consciente para no correr, para no llamar la atención, para no dejar que el pánico, ese animal salvaje que anidaba en su pecho, escapara de su jaula de costillas.

Gabriel marchaba a unos metros por delante, manteniendo una distancia calculada que sugería indiferencia, pero permitía una intervención rápida si fuera necesaria.

Su postura era relajada, pero sus ojos, ocultos tras la sombra de su capucha, barrían constantemente los alrededores, registrando cada movimiento, cada sombra, cada ventana entreabierta.

Era un depredador en su elemento, y Beatriz, aunque agradecida por su protección, se sentía extrañamente aislada en esa dinámica. Él pertenecía a las sombras; ella era una intrusa que luchaba por no ahogarse en ellas.

Habían pasado dos días desde la muerte de Marisol.

Dos días de huida constante, de dormir en establos abandonados, de comer pan duro robado de mercados distraídos, de vivir con el miedo como único compañero de cama.

El manuscrito, desmembrado y cosido en su vestido, pesaba ahora más que nunca.

No era solo el peso físico del pergamino y la tinta; era el peso de la culpa, de la responsabilidad, de la sangre inocente derramada.

Cada vez que el viento movía la tela de su falda, sentía el roce áspero de las páginas contra su piel, un recordatorio constante de que llevaba la verdad prohibida pegada al cuerpo, una verdad que había matado a quienes amaba.

—Necesitamos un lugar seguro —dijo Gabriel, deteniéndose frente a una puerta de madera carcomida situada en un callejón sin salida.

La puerta no tenía pomo, solo una argolla de hierro oxidado—.

Este es el sótano de un antiguo baño árabe.

Nadie lo usa desde hace décadas. Es seco, está oculto y tiene una salida secundaria hacia las alcantarillas romanas.

Beatriz asintió, demasiado cansada para cuestionar.

Entraron. El interior olía a tierra seca y a tiempo detenido.

Era una cámara pequeña, circular, con bancos de piedra adosados a las paredes y un techo abovedado que filtraba hilos de luz a través de grietas minúsculas.

Gabriel encendió una vela pequeña, cuya llama temblorosa iluminó el espacio con una luz ámbar y vacilante.

—Descansa —ordenó él, señalando uno de los bancos—. Yo vigilaré la entrada.

Beatriz se dejó caer sobre la piedra fría.

El cansancio la envolvía como una manta pesada, pero su mente se negaba a apagarse.

Las imágenes de Marisol muerta, de don Eusebio degollado, de fray Bartolomé con los ojos vidriosos, se superponían en su conciencia como diapositivas de una pesadilla interminable.

Cerró los ojos, intentando bloquearlas, pero entonces recordó algo.

Algo que había olvidado en el torbellino de la huida.

—Gabriel —llamó, con la voz ronca.

Él se volvió desde la entrada, su silueta recortada contra la luz exterior.

—¿Sí?

—Hay alguien más. Alguien que sabe.

Gabriel frunció el ceño, acercándose con cautela.

—¿Quién?

—Mi tía Soraya —respondió Beatriz, abriendo los ojos.

La imagen de su tía, rezando con fervor mecánico en la Catedral, apareció en su mente—.

Ella siempre ha sabido cosas. Cosas que mi padre ocultaba.

Cosas sobre mi madre, sobre mi nacimiento...

Siempre me miraba con lástima, pero también con miedo.

Como si supiera que yo era diferente. Que era un error.

Gabriel la estudió durante un momento largo.

—¿Crees que ella puede ayudarnos?

—No —admitió Beatriz, con una honestidad brutal—. Creo que ella puede confirmarlo. Confirmar lo que dice el libro. Confirmar que mi linaje es falso. Y si ella lo sabe, quizás sepa también quién está detrás de todo esto. Quién es el verdadero enemigo.

Gabriel negó con la cabeza lentamente.

—Es peligroso, Beatriz. Tu tía vive en el palacio. Está rodeada de guardias de Valdemoro. Ir allí es suicidio.

—No iremos al palacio —dijo Beatriz, incorporándose.

Una idea comenzaba a formarse en su mente, frágil pero persistente—.

Soraya va todos los jueves a la Iglesia de Santo Tomé.

A confesarse con el padre Mateo. Es su rutina.

Inquebrantable. Si la interceptamos en el camino...

si la llevamos a un lugar neutral... podríamos hablar. Sin testigos. Sin armas.

Gabriel dudó. Sus ojos escrutaban el rostro de Beatriz, buscando señales de desesperación o irracionalidad. Pero solo encontró una determinación fría, tallada en el dolor.

—Es una trampa potencial —advirtió él.

—Lo sé —respondió Beatriz—. Pero es la única pista que tenemos. Si no sabemos quién nos busca realmente, si no entendemos la naturaleza del secreto, seguiremos corriendo en círculos hasta que nos atrapen. Necesito saber la verdad, Gabriel. Aunque me mate.

Gabriel suspiró, un sonido de resignación profunda. Sabía que no podía disuadirla. La curiosidad de Beatriz no era un vicio; era su motor de supervivencia.

—De acuerdo —cedió finalmente—. Pero lo haremos a mi manera. Sin contactos directos. Sin riesgos innecesarios. Observaremos desde la distancia. Si hay alguna señal de peligro, nos retiramos inmediatamente. ¿Entendido?

Beatriz asintió.

—Entendido.

El jueves llegó con una lentitud exasperante.

Beatriz y Gabriel pasaron los días anteriores escondidos en el sótano, viviendo de reservas mínimas y vigilando el mundo exterior a través de las grietas del techo.

La tensión era palpable, una cuerda tensa a punto de romper.

Beatriz pasaba las horas repasando mentalmente las preguntas que haría a su tía, ensayando tonos de voz, anticipando respuestas.

Gabriel, por su parte, afilaba su espada, limpiaba sus armas y planificaba rutas de escape, su mente trabajando en un nivel táctico que Beatriz apenas podía comprender.

Finalmente, llegó la hora. Salieron del sótano al anochecer, cuando las sombras comenzaban a alargarse y la ciudad se preparaba para el recogimiento nocturno.

Se dirigieron hacia la Iglesia de Santo Tomé, situándose en un punto estratégico desde donde podían observar la calle principal sin ser vistos.

Gabriel se ocultó tras una columna rota de un edificio en ruinas; Beatriz se quedó en la esquina opuesta, cubierta por su capa oscura.

Esperaron. Minutos que parecieron horas. El tráfico de carruajes disminuyó. Los transeúntes se volvieron escasos. El silencio de la tarde cayó sobre Toledo como un manto pesado.

Entonces, la vieron.

Soraya de Alarcón avanzaba por la calle, vestida con un hábito negro sencillo, con el rosario de ébano colgando de su muñeca huesuda. Caminaba con paso lento, encorvada, como si el peso de sus años y sus secretos la doblara físicamente. No llevaba escolta. Iba sola, como siempre.

Beatriz sintió un impulso irresistible de salir de su escondite, de correr hacia ella, de abrazarla y exigirle respuestas. Pero la mano firme de Gabriel, aparecida de la nada sobre su hombro, la detuvo.

—Espera —articuló él, con la boca pegada a su oído—. Mira.

Beatriz siguió la dirección de su mirada.

Detrás de Soraya, a una distancia prudente pero constante, caminaba una figura.

Alta, encapuchada. No era Valdemoro. No era ninguno de los mercenarios que habían visto antes.

Era alguien nuevo. Alguien que se movía con una elegancia siniestra, con una gracia felina que resultaba familiar.

La figura se detuvo cuando Soraya entró en la iglesia. Esperó fuera, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados. No parecía estar vigilando para protegerla. Parecía estar esperando.

—¿Quién es? —inquirió Beatriz, con la voz temblorosa.

—No lo sé —confesó Gabriel, con el ceño fruncido—. Pero no es amigo.

Decidieron esperar a que Soraya saliera.

La misa de vísperas duró una hora. Una hora de agonía para Beatriz, que observaba a la figura encapuchada sin poder moverse, sintiendo cómo la ansiedad le corroía las entrañas.

Cuando finalmente la puerta de la iglesia se abrió y Soraya emerged, pálida y demacrada, la figura se separó de la pared y se acercó a ella.

Hablaron brevemente. Beatriz no pudo escuchar las palabras, pero vio los gestos.

Soraya parecía nerviosa, inquieta. La figura le entregó algo pequeño, un sobre o un paquete, que Soraya guardó rápidamente en su manga.

Luego, la figura señaló hacia el oeste, hacia las afueras de la ciudad, hacia los antiguos baños árabes donde Beatriz y Gabriel se escondían.

Soraya asintió, con una expresión de terror absoluto.

La figura se dio la vuelta y comenzó a caminar en esa dirección. No hacia el palacio. Hacia ellos.

Beatriz sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Nos han descubierto —suspiró, con la voz estrangulada.

Gabriel ya estaba en movimiento, agarrándola del brazo.

—Vámonos. Ahora.

Corrieron. No hacia el sótano, sino en dirección opuesta, hacia el río. Pero mientras corrían, Beatriz no podía dejar de mirar atrás. La figura encapuchada no los perseguía. Simplemente caminaba, con una calma aterradora, sabiendo que la trampa ya estaba puesta.

Y entonces, Beatriz comprendió. No había sido una coincidencia. No había sido una intuición. Alguien les había dicho dónde estaban. Alguien dentro de su círculo de confianza, alguien que conocía sus movimientos, sus miedos, sus refugios, los había vendido.

La traición no venía de fuera. Venía de dentro.

Entretanto corrían hacia la oscuridad del Tajo, Beatriz supo, con una certeza heladora, que el soplón no era otro que aquel a quien más confiaba su corazón después de Gabriel.

Inés.