Capítulo 17 La analítica del dolor
El aire en el picadero abandonado se había vuelto espeso, casi sólido, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel y hacía vibrar los dientes.
El polvo de harina, suspendido en la atmósfera como una neblina fantasmal, filtraba la luz de las antorchas, transformando el espacio en un escenario onírico y grotesco donde las sombras no obedecían a la lógica de la luz, sino a la distorsión del miedo.
Beatriz estaba de rodillas sobre la tierra compactada, las muñecas atadas con cuerdas ásperas que le mordían la carne hasta cortar la circulación, dejando marcas rojas y profundas que palpitaban al ritmo de su corazón desbocado.
Frente a ella, Gabriel colgaba de la columna central, inconsciente o fingiéndolo, su cuerpo una cartografía de violencia reciente: hematomas violetas floreciendo en su torso pálido, cortes superficiales que sangraban lentamente, y el rostro hinchado, irreconocible bajo la máscara de sangre seca.
El líder de los mercenarios, un hombre cuyo nombre Beatriz no conocía pero cuya alma parecía haber sido tallada en piedra negra, caminaba alrededor de ellos con una lentitud deliberada.
No tenía prisa. Para él, el tiempo no era un recurso escaso, sino un instrumento de tortura.
En sus manos, sostenía un látigo de cuero trenzado, cuyas puntas estaban reforzadas con pequeños nudos de metal oxidado.
No lo usaba aún. Solo lo dejaba caer suavemente contra su propia palma, thwack, thwack, thwack, un metrónomo siniestro que marcaba el compás de la agonía anticipada.
—La nobleza es una enfermedad curable —explicó el hombre, con una voz suave, casi académica, que contrastaba horrorosamente con la brutalidad de su apariencia—.
Se cura con dolor. Con la reducción del ser humano a su esencia más básica: carne, hueso y miedo.
Ustedes, señorita Alarcón, y su... acompañante plebeyo, son pacientes terminales.
Pero antes de la muerte, necesitamos un diagnóstico.
Necesitamos saber dónde está el resto del códice.
Beatriz levantó la cabeza. Sus ojos, aunque llenos de lágrimas no derramadas, mantenían un destello de desafío que pareció irritar al mercenario.
—No hay más códice —mintió, con la voz quebrada pero clara—. Lo quemé. Todo.
El hombre sonrió. No fue una sonrisa de diversión, sino de reconocimiento profesional. Sabía que mentía. Y esa certeza le daba placer.
—Miente mal, pequeña rosa. Su vestido... huele a pergamino viejo. A tinta. A secreto. —Se acercó a ella, inclinándose hasta que su aliento, rancio y acre, rozó su oreja—. Vamos a ver qué tan resistente es esa seda cuando la rasgamos capa por capa.
Hizo una seña a dos de sus subordinados.
Estos se acercaron a Beatriz con movimientos mecánicos, desprovistos de emoción.
Uno de ellos agarró su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello, mientras el otro comenzaba a desabrochar los botones superiores de su vestido con una precisión quirúrgica.
Beatriz cerró los ojos. No por sumisión, sino para retirar su conciencia de su cuerpo.
Era una técnica que había leído en libros de mística, una disociación espiritual que permitía al alma observar el sufrimiento físico desde una distancia segura.
Esto no soy yo, se dijo a sí misma. Esto es solo carne.
Esto es solo materia. Yo estoy en otro lugar.
Estoy en la biblioteca. Estoy leyendo. Estoy a salvo.
Pero la realidad era implacable. Sintió cómo la tela de seda, esa segunda piel que la había protegido durante años, era rasgada con violencia.
El sonido de la tela rompiéndose fue obsceno, un grito textil que resonó en el silencio tenso del picadero.
El aire frío golpeó su piel expuesta, provocando escalofríos involuntarios.
Luego, sintió el roce áspero de las manos enguantadas recorriendo su torso, buscando los bultos irregulares cosidos en el forro.
—Aquí —rumoreó uno de los hombres, palpando el costado izquierdo de Beatriz, donde había escondido tres páginas cruciales del manuscrito.
El líder se acercó de nuevo. Con la punta de su daga, cortó cuidadosamente las puntadas que sujetaban el pergamino a la tela.
Beatriz sintió el filo frío rozar su piel, apenas milímetros de distancia de sus órganos vitales.
Cada corte era una violación, no solo de su cuerpo, sino de su intimidad, de su esfuerzo, de su sacrificio.
Cuando el hombre extrajo los fragmentos de pergamino, manchados de sudor y sangre, Beatriz sintió una pérdida física, como si le hubieran arrancado un pedazo de su propia identidad.
El líder tomó los fragmentos, examinándolos bajo la luz de la antorcha.
—Interesante —murmuró—. Pero incompleto. ¿Dónde está el resto?
Beatriz no respondió. Mantuvo los ojos cerrados, respirando superficialmente, intentando mantenerse en ese estado de disociación. Estoy en la biblioteca. Estoy leyendo. Estoy a salvo.
El hombre suspiró, decepcionado.
—Parece que tendremos que ser más persuasivos.
Hizo una seña. El hombre que sostenía el látigo dio un paso adelante. Esta vez, no apuntó a Gabriel. Apuntó a Beatriz.
El primer golpe no llegó donde ella esperaba.
No fue en la espalda, ni en las piernas.
Fue en el hombro desnudo. El cuero silbó en el aire y chocó contra su piel con un sonido húmedo y brutal.
El dolor fue inmediato, cegador, blanco.
Beatriz gritó, un sonido agudo y primitivo que desgarró su garganta.
Su cuerpo se arqueó involuntariamente, luchando contra las ataduras.
—Uno —contó el líder, con voz monótona.
El segundo golpe cayó en el otro hombro.
Luego, uno en la clavícula. Cada impacto era calculado para causar el máximo dolor sin dañar permanentemente los huesos, diseñado para quebrar la voluntad, no el cuerpo.
Beatriz dejó de gritar. No porque el dolor disminuyera, sino porque su voz se había apagado, ahogada por el shock.
Las lágrimas corrían libremente por su rostro, mezclándose con el polvo y la sangre, pero su mente comenzó a fragmentarse.
La disociación falló. La realidad irrumpió con fuerza avasalladora.
Ya no estaba en la biblioteca. Estaba aquí, en el infierno, siendo despojada de su dignidad, de su ropa, de su humanidad.
Sentía la mirada de los mercenarios sobre su cuerpo expuesto, una mirada que no veía a una persona, sino a un objeto, a un recipiente de información que debía ser vaciado mediante la tortura.
Gabriel abrió los ojos. Vio lo que estaba ocurriendo. Vio a Beatriz, temblando, sangrando, humillada. Y algo se rompió dentro de él también.
—¡Deteneos! —rugió, luchando contra las cadenas. El metal crujió, pero no cedió—. ¡Tomadme a mí! ¡Dejadla en paz!
El líder ignoró a Gabriel. Se acercó a Beatriz, que ahora jadeaba como un animal herido, y le levantó la barbilla con la punta de la daga.
—Mírame —ordenó.
Beatriz abrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, vidriosas, perdidas en un abismo de dolor.
—El resto del libro —dijo él, suavemente—. Dímelo, y esto termina. Niega, y seguiré hasta que no quede nada de ti que valga la pena interrogar.
Beatriz lo miró. Y en ese instante, vio algo en sus ojos que la aterrorizó más que el látigo.
Vio indiferencia. Para él, ella no era humana.
Era un problema logístico. Pero los problemas se resuelven con eficiencia, no con crueldad sádica.
Eso hacía que su violencia fuera aún más terrible: era burocrática.
—No... lo... sé —farfulló, con cada palabra costándole un esfuerzo supremo.
El líder asintió, como si esperara esa respuesta.
—Lástima.
Levantó el látigo de nuevo. Pero antes de que pudiera golpear, Gabriel hizo algo inesperado. Escupió. Un esputo de sangre y saliva que voló a través del aire y alcanzó la mejilla del líder.
El silencio que siguió fue absoluto. Los mercenarios se quedaron inmóviles, sorprendidos por la audacia suicida del prisionero.
El líder se limpió la mejilla lentamente, con el dorso de la mano. Miró a Gabriel, luego a Beatriz. Una sonrisa fría, peligrosa, curvó sus labios.
—Bien —dijo—. Parece que el capitán quiere jugar al héroe. Atadlo mejor. Y traed las tenazas. Vamos a ver cuántos dedos puede perder antes de que ella hable.
Dos mercenarios se acercaron a Gabriel, preparándose para apretar las cadenas y aplicar la tortura. Beatriz vio cómo le ponían una tenaza de hierro alrededor del dedo índice de la mano derecha de Gabriel. Vio cómo el hombre ajustaba el mecanismo, listo para romper el hueso.
Entonces, algo cambió en Beatriz.
El dolor físico, la humillación, el miedo... todo eso se condensó en un punto singular de furia negra. Ya no era la joven inocente. Ya no era la víctima. Era testigo de la destrucción del único ser que la amaba realmente. Y esa visión actuó como un catalizador químico en su alma.
La niña murió en ese instante. La noble murió. La víctima murió.
En su lugar, nació algo nuevo. Algo frío. Algo duro. Algo dispuesto a hacer lo que fuera necesario para sobrevivir.
Beatriz dejó de temblar. Su respiración se estabilizó. Abrió los ojos completamente, y por primera vez en horas, miró al líder directamente a los ojos. No con miedo. No con súplica. Con cálculo.
—Esperad —dijo, con una voz extrañamente calmada, desprovista de emoción.
El líder se detuvo, intrigado por el cambio de tono.
—¿Qué?
—Os diré dónde está el resto —mintió Beatriz, con una claridad cristalina—. Pero no aquí. No delante de él. Si lo matáis o lo mutiláis, no os serviré de nada. Necesito estar sola con vos. Y necesito que me prometáis que él vivirá.
El líder la estudió. Vio la transformación en sus ojos. Vio la frialdad nueva. Y sonrió, complacido. Creyó que había quebrado su espíritu. No sabía que acababa de despertar a su demonio.
—Aceptado —dijo—. Sacad al capitán a la habitación contigua. Vigilad que no muera. Y dejadme a solas con la señorita.
Mientras los mercenarios arrastraban a Gabriel, que la miraba con ojos suplicantes, Beatriz permaneció de rodillas, desnuda de cintura para arriba, sangrando, humillada. Pero por dentro, ardía. Ardía con un fuego nuevo, oscuro y poderoso.
Había ganado tiempo. Había salvado a Gabriel, temporalmente. Y ahora, tenía un plan.
Porque el secreto no estaba en el libro. El secreto estaba en ella. Y estaba dispuesta a usarlo como un arma.
El líder se acercó de nuevo, esperando la confesión. Beatriz levantó la vista, y sonrió. Fue una sonrisa terrible, vacía, desprovista de humanidad.
—Acércate —suspiró—. Te contaré una historia. La historia de cómo vas a morir.