El secreto de la cripta Capítulo 8 La jaula de oro y el halcón herido
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Capítulo 8 La jaula de oro y el halcón herido

El amanecer del día siguiente no trajo consuelo, sino una claridad cruel que iluminaba las grietas de la realidad de Beatriz.

La luz grisácea se filtraba por las contraventanas, dibujando barras de sombra sobre el suelo de su alcoba, transformando su habitación en una celda decorada con lujo.

Se sentía como un ave exótica atrapada en una jaula dorada, observada por ojos que no comprendían su naturaleza, valorada solo por su plumaje y su linaje, pero ignorada en su esencia.

Los labios aún le ardían. No era una sensación física, sino psíquica, un eco fantasma del roce áspero y urgente de Gabriel.

Ese beso, breve y prohibido, había roto algo irreversible dentro de ella.

Había sido un acto de rebeldía, una declaración de guerra contra el orden establecido, contra las leyes no escritas que dictaban quién podía tocar a quién, quién merecía amor y quién solo obediencia.

Pero junto a la excitación de la transgresión, surgía el miedo.

Un miedo frío y racional que le recordaba que Gabriel era un hombre marcado, un soldado sin lealtades fijas, y que ella era la hija de don Rodrigo de Alarcón, un hombre dispuesto a sacrificarlo todo, incluso a su propia sangre, para proteger sus secretos.

Un golpe seco en la puerta la sacó de su ensimismamiento.

—Señorita Beatriz —anunció la voz de Inés, plana, desprovista de la calidez maternal que solía fingir—. Su padre desea verla en el salón principal. El Conde de Valdemoro ha llegado.

Beatriz cerró los ojos, inhalando profundamente. El Conde de Valdemoro. El pretendiente impuesto. El hombre que su padre había elegido para limpiar el apellido familiar mediante una unión estratégica. Un hombre rico, poderoso y, según los rumores, tan vacío por dentro como una calabaza seca.

—Dile a mi padre que bajaré enseguida —confesó Beatriz, esforzándose por que su voz sonara firme.

Esperó a escuchar los pasos de Inés alejarse antes de moverse.

Se acercó al espejo y se examinó. Sus ojos tenían ojeras profundas, sombras violáceas que delataban noches sin sueño.

Su piel estaba pálida, casi translúcida.

Necesitaba armarse. No con armas de acero, sino con las únicas que poseía: su belleza, su inteligencia y su capacidad de engaño.

Se vistió con esmero, eligiendo un vestido de seda azul oscuro, del color del cielo nocturno, que realzaba la palidez de su rostro y la oscuridad de sus ojos.

Se peinó el cabello recogido en un moño severo, sin adornos excesivos, proyectando una imagen de recato y sumisión.

Era una máscara, pero una máscara necesaria.

Si quería sobrevivir, si quería descubrir la verdad, debía convertirse en la actriz perfecta de su propia tragedia.

Al bajar al salón principal, el aire estaba cargado de una tensión palpable. Don Rodrigo estaba de pie junto a la chimenea, con la postura rígida de un general antes de la batalla. A su lado, sentado en un sillón de terciopelo rojo, estaba el Conde de Valdemoro.

Era un hombre de mediana edad, corpulento, con un rostro redondo y rubicundo, ojos pequeños y brillantes como cuentas de cerdo, y unas manos gruesas y velludas que jugueteaban nerviosamente con los botones de su chaleco.

No era guapo, ni siquiera interesante. Era vulgar.

Y sin embargo, emanaba un poder silencioso, ese tipo de autoridad que proviene no del carisma, sino de la posesión absoluta de recursos y conexiones.

—Beatriz —dijo don Rodrigo, sin mirarla directamente a los ojos—. El Conde de Valdemoro ha tenido la amabilidad de visitarnos tan temprano.

Beatriz hizo una reverencia perfecta, bajando la mirada con modestia estudiada.

—Es un honor, mi señor Conde.

Valdemoro se levantó, sonriendo con una complacencia que resultaba repulsiva.

—El honor es mío, querida Beatriz. He oído hablar mucho de vuestra belleza, pero la realidad supera con creces los rumores. Sois... radiante.

Sus ojos recorrieron el cuerpo de Beatriz con una lentitud obscena, deteniéndose en su cuello, en su cintura, como si estuviera tasando una mercancía. Beatriz sintió náuseas, pero mantuvo la sonrisa congelada en los labios.

—Sois muy amable, señor —murmuró.

—Siéntate, Beatriz —ordenó don Rodrigo, señalando una silla frente al Conde.

Beatriz obedeció, manteniendo la espalda recta, las manos cruzadas sobre el regazo.

La conversación giró alrededor de temas triviales: el clima, las cosechas, los últimos escándalos de la corte.

Pero Beatriz notaba algo extraño en el comportamiento de Valdemoro.

No estaba interesado en ella como mujer, ni siquiera como esposa potencial.

Estaba interesado en algo. Sus ojos, aunque parecían distraídos, escrutaban cada rincón del salón, cada objeto, cada gesto de Beatriz. Buscaba.

En un momento dado, mientras don Rodrigo hablaba sobre la importancia de la lealtad familiar, Valdemoro se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Don Rodrigo me ha comentado que tenéis cierta afición por la lectura, Beatriz. Por los textos antiguos.

Beatriz sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Mantuvo la calma.

—Me gusta aprender, señor. La historia nos enseña mucho sobre el presente.

Valdemoro sonrió, pero fue una sonrisa fría, calculadora.

—Sin duda. Especialmente cuando la historia está escrita en lenguas olvidadas. ¿No es cierto? He oído que el viejo archivero de la Catedral, don Eusebio, era un experto en esos temas. Lástima lo ocurrido. Una muerte tan... prematura.

El nombre de Eusebio cayó en la sala como una piedra en un estanque tranquilo. Don Rodrigo se tensó visiblemente.

—Fue una tragedia —dijo don Rodrigo, con la voz estrangulada—. Un robo fallido, probablemente. La ciudad está llena de criminales.

Valdemoro asintió lentamente, sin apartar la vista de Beatriz.

—Sí. Criminales. O quizás buscadores de verdades incómodas. Dígame, Beatriz, ¿teníais alguna relación con don Eusebio? ¿Os ayudaba él con vuestras... lecturas?

La pregunta era una trampa. Si Beatriz admitía conocer a Eusebio, se vinculaba directamente con el asesinato. Si lo negaba, mentía ante un hombre que probablemente ya sabía la verdad.

—Lo conocía de vista, señor —alegó Beatriz, eligiendo cuidadosamente cada palabra—. Era un hombre respetable. Pero no tuvimos trato personal. Mis lecturas se limitan a la poesía y la teología aprobada.

Valdemoro la estudió durante unos segundos interminables. Luego, se relajó en su asiento, aunque sus ojos seguían brillando con esa curiosidad depredadora.

—Claro. La poesía. Una distracción elegante. Pero a veces, la poesía esconde códigos, ¿no cree? Símbolos que solo los iniciados pueden descifrar.

Beatriz sintió cómo el sudor frío perlaba su nuca. Valdemoro sabía. O al menos, sospechaba. Sabía del libro. Sabía de la cripta. Y estaba usando esa visita no para cortejarla, sino para interrogarla, para tantear el terreno, para averiguar cuánto sabía ella y dónde ocultaba el tesoro.

—No entiendo a qué se refiere, señor —dijo Beatriz, con una inocencia fingida que le supo a ceniza en la boca.

Valdemoro se levantó, alisándose el chaleco.

—No importa. Pronto lo entenderá todo, Beatriz. La verdad tiene una manera peculiar de salir a la superficie, como el aceite en el agua. Y cuando salga... espero que esté preparada para aceptarla.

Se dirigió hacia la puerta, seguido por don Rodrigo, quien parecía aliviado de que la entrevista hubiera terminado. Antes de salir, Valdemoro se volvió y lanzó una última mirada a Beatriz. Una mirada que no prometía amor, ni matrimonio, ni seguridad. Prometía posesión.

—Hasta pronto, Beatriz.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, Beatriz dejó escapar el aire que había contenido. Sus manos temblaban violentamente. Valdemoro no era solo un pretendiente ambicioso. Era parte de la conspiración. Era uno de los "ojos" que Gabriel había mencionado. Y estaba buscando el libro.

Subió a su habitación corriendo, ignorando las miradas de los sirvientes.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, respirando con dificultad.

Tenía que sacar el libro de allí. Tenía que llevárselo a Gabriel.

Esa noche, en el puente de San Martín, entregaría el secreto. Y con él, quizás, su libertad.

Pero mientras se acercaba al armario para recuperar el manuscrito, una duda terrible la asaltó. ¿Y si Gabriel también estaba jugando un juego? ¿Y si todo esto era una trampa elaborada por su padre y Valdemoro para atraerla fuera del palacio y eliminarla discretamente?

Miró el libro, escondido bajo las tablas. Parecía inofensivo ahora, un simple objeto de cuero y pergamino. Pero Beatriz sabía que era mucho más que eso. Era la clave de su destino. Y estaba a punto de jugarlo todo a una sola carta.

Abrió el escondite y tomó el libro. Lo abrazó contra su pecho, sintiendo su peso frío.

—Perdóname, Eusebio —musitó a la nada—. Pero no moriré en silencio.

Salió de la habitación, decidida. La noche caería pronto. Y con ella, la verdad.