El secreto de la cripta Capítulo 7 La geometría del deseo
20%

Capítulo 7 La geometría del deseo

La noche había caído sobre Toledo como un manto de terciopelo negro, pesado y sofocante.

Las calles, antes bulliciosas, se habían transformado en venas oscuras por donde circulaban apenas unos pocos transeúntes apresurados, sombras fugaces que huían del frío y de los rumores que corrían más rápido que el viento entre las murallas.

Beatriz caminaba con paso firme, aunque su interior era un torbellino de contradicciones.

Las palabras de Gabriel resonaban en su mente con la persistencia de una campana doblada a muerto: Corra hacia las sombras.

Pero ¿cómo podía una hija de la alta aristocracia, criada en la luz cegadora de los salones dorados y la vigilancia constante de los espejos, aprender a navegar en la oscuridad?

Su educación le había enseñado a bordar, a tocar el clavicordio, a modular la voz para no ofender oídos sensibles, pero nunca a sobrevivir.

Nunca a mentir con la eficacia necesaria para mantenerse viva.

Sin embargo, algo había cambiado en ella desde que cruzó el umbral de "El Lobo Cojo".

Una grieta se había abierto en la coraza de su inocencia, y por esa fisura entraba un aire nuevo, áspero y real.

Al llegar al palacio de los Alarcón, Beatriz no utilizó la puerta principal.

Rodeó el edificio hasta encontrar la entrada de servicio, aquella por la que había escapado horas antes.

La cerradura estaba intacta, lo que significaba que nadie había notado su ausencia...

o que quienes lo habían notado preferían esperar.

Entró con sigilo, subiendo las escaleras de piedra como un fantasma, evitando las tablas que crujían bajo el peso de los años.

Su habitación estaba tal como la había dejado, sumida en una penumbra azulada.

El libro seguía escondido bajo las tablas del armario, un secreto pulsante que latía al ritmo de su propio corazón.

Beatriz se acercó al ventanal y observó la ciudad.

Desde allí arriba, Toledo parecía un tablero de ajedrez gigante, con piezas moviéndose en silencio, guiadas por manos invisibles.

¿Dónde estaba Gabriel en ese tablero? ¿Era un peón sacrificable o un caballo capaz de saltar las barreras?

No tuvo tiempo de reflexionar más. Un golpe suave pero insistente en la puerta de su alcoba la hizo tensarse. No era el golpe autoritario de su padre, ni el rasguño tímido de Inés. Era un ritmo específico, tres toques rápidos, una pausa, dos toques lentos.

Beatriz frunció el ceño. Ese código no le era familiar. Se acercó a la puerta con cautela, apoyando el oído contra la madera fría.

—¿Quién es? —preguntó, con la voz baja pero firme.

—Un amigo de las sombras —reconoció una voz masculina, apenas audible, pero inconfundible.

Gabriel.

El corazón de Beatriz dio un vuelco violento.

¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo había burlado la vigilancia del palacio?

Abrió la puerta una rendija, lo suficiente para ver su rostro iluminado por la luz tenue de la luna que se filtraba por el corredor.

Gabriel llevaba una capa oscura que lo fundía con la noche, y sus ojos brillaban con una intensidad febril.

—Entrará si quiere vivir —dijo él, sin preámbulos.

Beatriz dudó solo un instante. Luego, abrió la puerta de par en par y lo dejó entrar.

Gabriel se deslizó dentro como una sombra, cerrando la puerta tras de sí con un clic silencioso.

El espacio de la habitación pareció encogerse, cargándose de una electricidad estática que erizaba la piel de Beatriz.

Olía a noche, a cuero húmedo y a ese aroma metálico que siempre parecía acompañarlo.

—¿Cómo ha entrado? —preguntó ella, retrocediendo instintivamente hasta chocar con el borde de su cama.

Gabriel sonrió, esa media sonrisa torcida que desarmaba cualquier defensa.

—Los palacios tienen tantas entradas como secretos, Beatriz. Y los guardias de su padre están más interesados en contar monedas que en vigilar sombras. Además... —hizo una pausa, clavando sus ojos oscuros en los de ella—, sabía que volvería. Sabía que necesitaría respuestas.

Beatriz sintió cómo el calor subía por su cuello, tiñendo sus mejillas de un rojo que esperaba que la oscuridad ocultara.

—¿Qué sabe usted? —inquirió, intentando mantener la compostura.

Gabriel se acercó lentamente, sin invadir su espacio personal, pero ocupando cada rincón de su atención.

—Sé que don Eusebio no murió por casualidad. Sé que buscaba algo en los archivos, algo relacionado con una línea de sangre antigua, una herejía olvidada. Y sé que usted tiene ese algo. O al menos, sabe dónde está.

Beatriz contuvo la respiración. ¿Cómo podía saberlo? ¿Había estado vigilándola incluso antes de conocerla?

—No tengo nada —mintió, aunque la mentira sonó hueca en el aire denso de la habitación.

Gabriel negó con la cabeza, despacio.

—No mienta, Beatriz. No conmigo. He visto la forma en que mira hacia las sombras. He visto el miedo en sus ojos, sí, pero también he visto la curiosidad. Esa curiosidad es peligrosa. Es la que mata a los archiveros. Y es la que puede salvarla a usted, si sabe usarla.

Se detuvo a pocos pasos de ella. La distancia entre ambos era mínima, apenas un abismo de aire cargado de tensión.

Beatriz podía ver las pequeñas cicatrices en su rostro, la barba incipiente que sombreaba su mandíbula, la intensidad brutal de su mirada.

Sentía una atracción magnética, irracional, que chocaba frontalmente con todo lo que le habían enseñado sobre el decoro, la clase y la seguridad.

Gabriel era un plebeyo, un soldado, un hombre de violencia.

Y sin embargo, en ese momento, era la única verdad sólida en un mundo de mentiras.

—¿Por qué me ayuda? —suspiró ella, con la voz quebrada.

Gabriel extendió una mano, no para tocarla, sino para señalar el armario donde escondía el libro.

—Porque odio a los hombres que usan el poder para aplastar a los débiles. Y porque... —su voz se suavizó, perdiendo su aspereza habitual—, porque veo en usted algo que yo perdí hace mucho tiempo. La capacidad de sorprenderme.

Beatriz sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras de Gabriel eran peligrosas, más que cualquier daga. Hablaban de conexión, de reconocimiento mutuo, de una intimidad que trascendía las barreras sociales.

Antes de que pudiera responder, un ruido proveniente del pasillo los interrumpió. Pasos pesados, múltiples. Voces bajas. Alguien se acercaba a la habitación.

Gabriel reaccionó con la velocidad de un depredador.

Agarró a Beatriz por la cintura, arrastrándola hacia las cortinas del ventanal.

Se pegaron a la pared, ocultos en la oscuridad más densa de la habitación.

Beatriz pudo sentir el calor del cuerpo de Gabriel contra el suyo, la firmeza de sus brazos rodeándola, protegiéndola.

Su corazón latía tan fuerte que temía que pudiera escucharse en todo el palacio.

La puerta de la habitación se abrió. La luz de una antorcha inundó el espacio, proyectando sombras largas y distorsionadas. Era su padre, don Rodrigo, acompañado de dos guardias armados.

—Revisad cada rincón —ordenó don Rodrigo, con la voz tensa, cargada de una ansiedad que Beatriz nunca le había conocido.

Los guardias comenzaron a buscar, moviendo muebles, revisando el armario.

Beatriz contuvo la respiración, sintiendo cómo los dedos de Gabriel se clavaban ligeramente en su cintura, una advertencia silenciosa para que permaneciera inmóvil.

Cuando uno de los guardias se acercó al armario, Beatriz cerró los ojos, esperando lo peor.

Pero el guardia pasó de largo, engañado por la aparente normalidad de la estancia.

Don Rodrigo se detuvo en el centro de la habitación, mirando alrededor con ojos desorbitados.

—No está aquí —murmuró, más para sí mismo que para los demás—. Pero lo siente. Lo sé. Ella lo sabe.

Sus ojos barrieron la habitación, deteniéndose momentáneamente en las cortinas donde se ocultaban Beatriz y Gabriel. Por un segundo eterno, Beatriz creyó que su padre los había visto. Pero luego, don Rodrigo giró sobre sus talones.

—Seguid buscando en las otras habitaciones. Yo vigilaré aquí.

Los guardias salieron. Don Rodrigo permaneció inmóvil durante unos minutos, escuchando el silencio. Luego, suspiró profundamente, un sonido de derrota y cansancio, y salió también, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio volvió a caer, pero ahora era diferente. Estaba cargado de la presencia de Gabriel, de su calor, de su aliento cerca de su oído. Beatriz se separó lentamente de él, temblando. Gabriel la miró, y en sus ojos vio una mezcla de alivio y algo más oscuro, más intenso.

—Su padre sabe —dijo Gabriel, con la voz ronca.

—Sí —confirmó Beatriz, abrazándose a sí misma para contener el temblor.

—Entonces ya no hay tiempo. Debemos actuar esta noche.

—¿Actuar? ¿Cómo?

Gabriel se acercó de nuevo, reduciendo la distancia hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros. Beatriz pudo ver las pupilas dilatadas de él, pudo oler el vino y la noche en su aliento.

—Confíe en mí, Beatriz. Solo esta vez. Confíe en la sombra.

Y antes de que ella pudiera protestar, Gabriel inclinó la cabeza y rozó sus labios con los de ella. No fue un beso completo, sino una promesa, un sello de complicidad sellado con fuego y silencio. Fue breve, eléctrico, devastador.

Luego, Gabriel se apartó, se ajustó la capa y se dirigió hacia la ventana.

—Espéreme mañana al anochecer. En el puente de San Martín. Venga sola. Y traiga el libro.

Sin esperar respuesta, saltó al exterior, desapareciendo en la noche toledana como si nunca hubiera estado allí.

Beatriz se quedó sola, con los labios aún ardiendo por el contacto fugaz, con el corazón desbocado y la mente nublada. Había cometido una traición imperdonable. Había permitido que un plebeyo, un proscrito, entrara en su habitación, en su vida, en su alma.

Pero lo peor de todo, pensó mientras se llevaba los dedos a los labios, era que no sentía arrepentimiento. Sentía, por primera vez en su vida, que estaba viva.