Capítulo 6 El acero y la seda
La plaza de Zocodover era un hervidero de vida que contrastaba violentamente con el silencio sepulcral del estudio de don Eusebio.
Beatriz se dejó arrastrar por la corriente humana, un peón más en el tablero caótico de Toledo.
Los gritos de los vendedores de especias, el relincho de los caballos, el entrechocar de las monedas y el murmullo constante de cientos de voces creaban una sinfonía estridente que le taladraba los oídos.
Pero bajo ese ruido superficial, ella escuchaba otro sonido: el latido frenético de su propio corazón, un tambor de guerra que marcaba el compás de su huida.
Se ajustó el capuchón, asegurándose de que ningún mechón de su cabello negro escapara para delatarla.
Sus manos, aún manchadas con el polvo del patio y temblorosas por la adrenalina, buscaban instintivamente el pliegue de su capa, como si esperaran encontrar allí la protección de un escudo invisible.
No había llevado el libro consigo; lo sabía.
Lo había dejado escondido, sellado en su armario, bajo las tablas sueltas.
Era un error, una imprudencia, pero en aquel momento de pánico ciego, la prioridad había sido salvar su vida, no el objeto maldito. O quizás, pensó con un escalofrío retrospectivo, el libro la había protegido a sí mismo, manteniéndose a salvo mientras ella servía de distracción.
Caminó sin rumbo fijo, alejándose de la Catedral, adentrándose en las calles más estrechas y sombrías de la Judería.
Las sombras se alargaban a medida que el sol comenzaba su declive, pintando las fachadas de ocre y siena con tonos sanguíneos.
Necesitaba pensar. Necesitaba entender por qué don Eusebio había muerto, por qué la habían llamado traidora, y por qué aquella figura encapuchada le había permitido escapar.
"Traidora". La palabra resonaba en su mente como una sentencia. ¿Traidora a quién? ¿A su familia? ¿A la Iglesia? ¿O a algo mucho más antiguo y oscuro?
De repente, una mano fuerte la agarró del brazo, sacándola de sus pensamientos con una brusquedad que la hizo jadear.
—¡Cuidado, señorita! —exclamó una voz grave, masculina, cargada de una autoridad natural que no admitía réplica.
Beatriz se volvió, preparada para luchar o huir, pero se encontró con unos ojos oscuros, intensos, que la examinaban con una mezcla de curiosidad y alerta.
El hombre que la sostenía era alto, robusto, vestido con el uniforme desgastado de la guardia real, aunque sin insignias que indicaran un rango elevado.
Su rostro estaba curtido por el sol y marcado por una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, dándole un aire peligroso, salvaje.
No era un noble. Sus manos eran ásperas, callosas, las manos de un guerrero, no de un cortesano.
—Me ha hecho daño —dijo Beatriz, intentando liberarse, aunque su voz carecía de la firmeza que deseaba proyectar.
El hombre no la soltó inmediatamente. Sus ojos se posaron en el rostro de ella, estudiando cada detalle: la palidez extrema, los ojos enrojecidos, el temblor casi imperceptible de sus labios.
—Perdone mi rudeza, señora —apuntó, aflojando ligeramente el agarre, pero sin soltarla del todo—. Pero caminaba hacia el borde del precipicio. Literalmente.
Beatriz miró hacia abajo. Estaba a punto de caer por un escalón roto que conducía a un callejón sin salida, oscuro y lleno de escombros. Había estado tan absorta en sus pensamientos que no había visto el peligro inmediato.
—Gracias —murmuró, apartándose finalmente. Se alisó el vestido, recuperando la compostura aristocrática que era su segunda piel, incluso en medio del caos.
El guardia la observó durante un segundo más, como si evaluara si debía decir algo más. Luego, asintió levemente.
—Toledo no es lugar para distraerse, especialmente para una dama de su... apariencia. Hay ojos en todas partes. Y algunos de ellos no ven con benevolencia.
Antes de que Beatriz pudiera responder, el hombre se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, fundiéndose en el flujo de cuerpos como una gota de agua en el océano.
Beatriz se quedó inmóvil, sintiendo aún el calor de la mano del extraño en su brazo. Sus palabras resonaban en su mente con una claridad inquietante. Hay ojos en todas partes. ¿Sabía él algo? ¿Era casualidad o advertencia?
Decidió seguirlo. No por confianza, sino por desesperación. Necesitaba cualquier hilo del que tirar, cualquier pista que la alejara de la soledad aterradora en la que se encontraba.
Lo vio doblar una esquina, entrando en una callejuela lateral menos transitada.
Beatriz lo siguió, manteniendo una distancia prudente.
El hombre caminaba con paso firme, seguro, sin mirar atrás.
Llegó a una pequeña taberna situada en un recodo oscuro, cuyo letrero de madera podrida anunciaba "El Lobo Cojo". Entró sin vacilar.
Beatriz dudó antes de cruzar el umbral. Una taberna no era lugar para una joven de su estatus, sola y sin acompañante. Era un antro de borrachos, soldados rasos y prostitutas baratas. Pero la curiosidad, esa bestia insaciable, ganó al decoro. Empujó la puerta y entró.
El interior olía a vino agrio, a sudor rancio y a humo de tabaco.
La luz era tenue, proporcionada por unas pocas velas de sebo que luchaban contra la penumbra.
En un rincón, junto a la barra, estaba el guardia.
Bebía de una jarra de barro, con la espalda recta, observando la entrada.
Cuando Beatriz apareció, no mostró sorpresa.
Solo levantó la jarra en un saludo silencioso, invitándola a acercarse.
Ella avanzó, sintiendo las miradas clavadas en su espalda como alfileres. Se sentó frente a él, manteniendo la distancia adecuada, con las manos cruzadas sobre la mesa sucia.
—No debería estar aquí, señorita —dijo él, con una voz baja que apenas superaba el murmullo de la taberna.
—Ni usted debería haberme seguido —respondió Beatriz, sorprendiéndose de su propia audacia.
El hombre sonrió, una sonrisa torcida que no llegaba a sus ojos.
—No la he seguido. Usted me ha seguido a mí. Soy Gabriel. Capitán de la guardia, aunque ahora mismo parezca más bien un fantasma sin destino.
—Beatriz —señaló ella, omitiendo su apellido. No quería que supiera quién era, no todavía.
Gabriel la miró fijamente. Sus ojos oscuros parecían leerla, penetrando más allá de la máscara de nobleza.
—Beatriz. Un nombre hermoso para una mujer que corre como si el diablo la persiguiera. ¿Qué es lo que huye, Beatriz? ¿O quién?
La pregunta era directa, desprovista de la cortesía habitual de los nobles. Golpeaba el centro de su miedo. Beatriz bajó la mirada, jugando con el borde de su manga.
—Huyo de la verdad —siseó.
Gabriel dejó la jarra sobre la mesa con un golpe seco.
—La verdad es un lujo caro en Toledo, Beatriz. Muchos han pagado por ella con su vida. ¿Sabe usted cuánto vale su cabeza hoy?
Ella levantó la vista, alarmada.
—¿Qué quiere decir?
Gabriel se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos. Olía a cuero, a hierro y a viento libre.
—He oído rumores. Un archivero muerto. Degollado con precisión militar. Y una joven noble vista saliendo de la Catedral con los ojos llenos de terror. Los rumores vuelan más rápido que las flechas en esta ciudad. Y hay quienes están dispuestos a pagar bien por silenciar esos rumores.
Beatriz sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quién?
Gabriel se encogió de hombros, un gesto de indiferencia calculada.
—Esa es la pregunta que cuesta oro. Pero le diré esto: no confíe en nadie. Ni en su familia, ni en sus sirvientes, ni siquiera en su propia sombra. En Toledo, la lealtad se compra y se vende como el trigo. Y ahora mismo, su precio está subiendo.
Beatriz lo miró, buscando alguna señal de engaño, de traición. Pero en los ojos de Gabriel solo vio una honestidad brutal, cansada. Era un hombre que había visto demasiado, que había sobrevivido a demasiadas batallas, tanto externas como internas.
—¿Por qué me dice esto? —inquirió ella.
Gabriel sonrió de nuevo, esa sonrisa triste y cínica.
—Porque hace mucho tiempo que dejé de creer en los nobles. Pero hoy, al verla correr hacia el precipicio, vi algo en sus ojos. No era miedo. Era rabia. Y la rabia, Beatriz, es un combustible poderoso. Más potente que el oro. Más duradero que la lealtad.
Se levantó, dejando unas monedas de cobre sobre la mesa.
—Vaya a casa. Esconda lo que tenga que esconder. Y si vuelve a sentir que la persiguen, no corra hacia la luz. Corra hacia las sombras. Allí es donde yo vivo. Y allí es donde quizás encuentre las respuestas que busca.
Sin esperar respuesta, Gabriel se dio la vuelta y salió de la taberna, desapareciendo en la noche que ya había caído sobre Toledo.
Beatriz se quedó sola, con el eco de sus palabras resonando en el aire viciado. Corra hacia las sombras.
Miró sus manos. Ya no temblaban. La rabia que Gabriel había mencionado ardía en su vientre, caliente y sólida. Tenía razón. El miedo la paralizaba, pero la rabia la movilizaba.
Se levantó, ajustó su capa y salió de la taberna. La noche la recibió con su abrazo frío. Pero esta vez, Beatriz no se sintió vulnerable. Se sintió cazadora.
A la vez que caminaba de vuelta al palacio, sabiendo que la trampa se cerraba a su alrededor, supo que no estaría sola. Gabriel, el capitán sin destino, el hombre de ojos oscuros y cicatrices visibles, se había convertido en su aliado involuntario. Un aliado peligroso, prohibido, imposible.
Pero en una ciudad donde la verdad costaba la vida, lo imposible era la única opción viable.