El secreto de la cripta Capítulo 5 El silencio del archivero
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Capítulo 5 El silencio del archivero

La risa que burbujeó en la garganta de Beatriz murió antes de nacer, estrangulada por un terror tan absoluto que le paralizó los músculos.

La figura en lo alto de las escaleras no se movió.

Permanecía allí, estática como una estatua de sal, envuelta en sombras que parecían adherirse a su capa más densamente que la propia oscuridad del vestíbulo.

No era una alucinación. La daga clavada en la puerta, la nota con la caligrafía de su padre, el libro que cambiaba de contenido...

todo convergía en ese punto ciego de la escalera donde la realidad se deshilachaba.

Beatriz retrocedió un paso, luego otro. Sus talones chocaron contra el mármol frío del suelo, produciendo un sonido seco que resonó como un disparo en el silencio sepulcral de la casa. La figura no reaccionó. Simplemente observaba. O quizás esperaba.

—¿Padre? —susurró Beatriz, aunque sabía, con una certeza visceral, que no era él. Don Rodrigo tenía una presencia pesada, autoritaria, llena de ruido incluso cuando guardaba silencio. Esta presencia era ligera, etérea, como el humo de un incienso apagado.

Ninguna respuesta. Solo el zumbido grave que parecía emanar de las paredes mismas, vibrando en sus dientes.

Beatriz giró sobre sus talones y corrió.

No hacia las escaleras, sino hacia la puerta lateral del servicio, la misma por la que había entrado la noche anterior.

Sus manos temblaban tanto que apenas pudo manipular el cerrojo.

Lo hizo girar, empujó la madera pesada y salió al callejón estrecho que bordeaba la parte trasera del palacio.

El aire exterior la golpeó como un bofetón, húmedo y cargado del olor a basura fermentada y río estancado.

Pero para ella, aquel hedor era el aroma de la libertad, de la vida real, tangible, lejos de los espectros de su alcoba.

Corrió sin dirección fija, alejándose del palacio, adentrándose en el laberinto de callejones de la Judería.

Necesitaba respuestas. Necesitaba a alguien que pudiera descifrar el lenguaje del libro, alguien que entendiera de textos antiguos, de herejías olvidadas, de secretos que la Iglesia prefería mantener enterrados.

Y solo conocía a una persona capaz de tal proeza: don Eusebio, el viejo archivero de la Catedral.

Don Eusebio no era un hombre religioso en el sentido tradicional.

Era un erudito, un custodio de la memoria escrita de Toledo, un hombre cuyos ojos habían leído más verdades prohibidas que sermones aprobados.

Vivía en una pequeña casa adosada a los muros exteriores de la Catedral, una estructura precaria que parecía sostenerse milagrosamente gracias a la acumulación de siglos de polvo y libros.

Beatriz había visitado su estudio en varias ocasiones, bajo el pretexto de buscar genealogías para un proyecto escolar, pero en realidad, buscaba la compañía de una mente que no juzgara su curiosidad.

El trayecto hasta la Catedral fue una pesadilla urbana.

Las calles de Toledo, normalmente bulliciosas a esas horas, estaban extrañamente vacías.

Los mercaderes no habían abierto aún sus puestos; los artesanos permanecían tras sus puertas cerradas.

Solo algunos perros flacos husmeaban entre los montones de desperdicios, y unas pocas figuras encapuchadas cruzaban las plazas con pasos rápidos, evitando mirar a los lados. La ciudad contenía la respiración.

Beatriz caminaba pegada a las paredes, con el capuchón de su capa bien ajustado sobre la cabeza, ocultando su rostro pálido y sus ojos febriles.

Cada sombra le parecía una amenaza; cada eco de sus propios pasos, una persecución.

Sentía el peso del libro imaginario en su mente, aunque lo había dejado escondido bajo las tablas del armario.

Su ausencia física no aliviaba la carga psicológica; al contrario, la hacía más intensa, como si el objeto hubiera extendido sus raíces hacia su conciencia.

Llegó a la plaza de la Catedral. La inmensa fachada gótica se alzaba ante ella, majestuosa y amenazante, con sus agujas perforando el cielo grisáceo.

Las campanas comenzaron a sonar, marcando la hora sexta.

El repique era lento, solemne, pero a Beatriz le sonó fúnebre, como un toque a muerto prolongado.

Rodeó el ábside, buscando la entrada lateral que conducía a las dependencias del cabildo y al archivo. La puerta de madera de roble, desgastada por el tiempo y la humedad, estaba entreabierta. Beatriz empujó suavemente y entró.

El interior olía a papel viejo, a tinta seca y a cera. Era un olor que siempre la había tranquilizado, el aroma del conocimiento preservado. Pero hoy, ese olor tenía un matiz diferente, más acre, mezclado con algo metálico que le revolvía el estómago.

—¿Don Eusebio? —llamó, con la voz temblorosa.

Silencio.

Avanzó por el pasillo estrecho, flanqueado por estanterías abarrotadas de legajos y códices.

La luz entraba a raudales por una ventana alta, iluminando partículas de polvo que danzaban en el aire como espíritus inquietos.

Llegó a la puerta del estudio principal, situada al fondo del corredor. Estaba cerrada.

Beatriz golpeó suavemente.

—Don Eusebio, soy Beatriz. Necesito hablar con usted. Es urgente.

Nada. Probó el pomo. Giró fácilmente. Empujó la puerta.

La escena que se reveló ante sus ojos le detuvo el corazón en el pecho.

El estudio estaba en completo desorden. Libros abiertos, páginas arrancadas, tinteros volcados manchando la mesa de trabajo con manchas negras que parecían sangre seca. Y en el centro de la habitación, sentado en su silla de respaldo alto, estaba don Eusebio.

O lo que quedaba de él.

El viejo archivero tenía la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos abiertos fijos en el techo, vidriosos y sin vida. Su boca estaba entreabierta en una expresión de sorpresa eterna. Pero lo más terrible no era su postura, ni siquiera la palidez cadavérica de su rostro. Era la herida.

Una línea fina, casi imperceptible, cruzaba su cuello de oreja a oreja.

No había mucha sangre, solo un hilo rojo oscuro que había empapado el collarín blanco de su camisa y goteaba lentamente sobre el suelo de madera, formando un pequeño charco viscoso.

Había sido degollado. Con precisión quirúrgica.

Sin violencia excesiva. Un corte limpio, rápido, mortal.

Beatriz llevó una mano a la boca para ahogar un grito de horror. Sus piernas cedieron y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caer. El mundo giró a su alrededor, los colores se desvanecieron, dejando solo el gris de la muerte y el rojo de la sangre.

—Dios mío... —farfulló, con la voz rota.

Se acercó al cuerpo, movida por una curiosidad morbosa y un dolor genuino. Don Eusebio había sido amable con ella, le había enseñado a leer latín, le había contado historias de los reyes visigodos. No merecía este final silencioso y brutal.

Al llegar junto a la mesa, vio algo que le heló la sangre aún más que el cadáver.

Sobre el escritorio, entre los papeles dispersos, había un objeto familiar.

Un fragmento de pergamino, arrancado claramente de un libro mayor.

Y sobre ese pergamino, escrito con la misma tinta roja brillante que había aparecido en el libro de Beatriz, había una sola palabra:

"TRAIDORA"

Beatriz retrocedió, tropezando con una pila de libros. ¿Traidora? ¿Ella? ¿Por qué? ¿Qué había traicionado? ¿A quién?

Entonces, oyó un ruido detrás de ella. Un crujido suave, como de cuero rozando contra piedra.

Giró la cabeza lentamente, temiendo lo que vería.

En el umbral de la puerta, bloqueando la única salida, estaba la figura encapuchada. Alta, inmóvil, con la capucha baja ocultando su rostro en la oscuridad. En su mano derecha, sostenía una daga corta, cuya hoja brillaba con un resplandor aceitoso, aún húmeda de sangre fresca.

Beatriz no gritó. No podía. El terror la había mudado. Solo pudo mirar a los ojos ocultos tras la capucha, sintiendo cómo el alma se le escapaba por los poros.

La figura dio un paso adelante. Luego otro. Avanzaba con una lentitud deliberada, sádica, disfrutando del miedo de su presa.

Beatriz buscó desesperadamente un arma, algo, cualquier cosa. Sus manos tocaron un pesado candelabro de bronce sobre una mesa lateral. Lo agarró con fuerza, levantándolo como un escudo primitivo.

—Aléjese —comentó, con una voz que sonó extraña, ronca, pero sorprendentemente firme.

La figura se detuvo. Inclino ligeramente la cabeza, como si estudiara su resistencia. Luego, levantó la mano izquierda y señaló hacia la ventana abierta del estudio, que daba a un patio interior estrecho.

No era una amenaza. Era una indicación.

Beatriz dudó. ¿Era una trampa? ¿O una oportunidad?

Miró a la figura, luego a la ventana, luego al cadáver de don Eusebio.

La lógica del pánico le dictó que huyera.

Saltó por la ventana, aterrizando torpemente sobre un montón de sacos de harina almacenados en el patio.

El impacto le quitó el aire, pero logró rodar y ponerse en pie.

Miró hacia arriba. La figura seguía en la ventana, observándola. No intentó seguirla. Simplemente la miró, y luego, lentamente, cerró la ventana.

Beatriz no esperó. Corrió. Corrió por los pasillos oscuros de la Catedral, esquivando columnas y altares, hasta llegar a la puerta principal. Salió a la plaza, jadeante, con el corazón desbocado, y se mezcló con la multitud que comenzaba a congregarse para la misa del mediodía.

Nadie la miró. Nadie notó a la joven noble con el vestido manchado de polvo y los ojos llenos de lágrimas contenidas. Pero Beatriz sabía que todo había cambiado. Don Eusebio estaba muerto. Y ella era la siguiente.

Mientras caminaba aturdida por las calles, una pregunta martilleaba en su mente, más urgente que el miedo: ¿Quién había escrito "TRAIDORA"? ¿Y por qué el asesino le había permitido escapar?

La respuesta, sospechaba, estaba en el libro. Y en la sangre que ahora corría por sus venas, clamando venganza.