Capítulo 72 El regreso
La puerta del convento volvió a cerrarse lentamente detrás de ellos.
El ruido de la calle regresó de golpe.
El murmullo de la gente.
El sonido lejano de una motocicleta.
El repicar de unas campanas que marcaban una hora cualquiera para la ciudad.
Pero para Oliver ya no era una tarde cualquiera.
Caminó junto a Don Pascual unos metros en silencio.
Ninguno parecía tener prisa por hablar.
Al llegar a la esquina, el anciano se detuvo.
—Ahora ya conoces la verdad.
Oliver asintió despacio.
Todavía sentía un nudo en el estómago.
—Y también conoces tu cometido.
Volvió a asentir.
Pascual sonrió con esa tranquilidad que siempre había tenido.
—Entiendo que tendrás que preparar un viaje.
Oliver respiró hondo.
—Sí.
—Tu vida sigue estando en Madrid.
—De momento.
El anciano levantó la vista hacia la Catedral, que asomaba entre las calles.
—Tráete todo lo que tengas que traer.
Hizo una pausa.
—Cuando estés instalado en Almería...
Te entregaré el relevo.
Aquellas palabras pesaban más que cualquier juramento.
Oliver lo miró.
—¿Y usted?
Pascual sonrió levemente.
—Yo seguiré haciendo lo que llevo haciendo toda mi vida.
Miró hacia el convento sin señalarlo.
—Cada uno tiene su función hasta el último día.
El anciano dio dos pasos hacia atrás.
—Recuerda una cosa, señor Oliver.
Su voz recuperó la firmeza de siempre.
—Lo que hoy has conocido ya no te pertenece.
—Te pertenece protegerlo.
Oliver asintió.
Pascual levantó una mano a modo de despedida.
—Llámame cuando llegues a casa.
Después desapareció caminando entre la gente, igual que había aparecido tantas veces desde la noche de la tormenta.
Oliver permaneció unos segundos inmóvil.
Por primera vez comprendió que ya no seguía a Pascual.
Ahora era él quien debía empezar a caminar solo.
Regresó despacio al Hotel Almería.
Subió a su habitación sin detenerse.
Abrió la puerta.
Miró alrededor.
Aquella habitación había sido un alojamiento provisional.
Ahora era el último lugar que ocupaba como visitante.
Sacó la maleta del armario.
Fue guardando la ropa con calma.
Después cerró la cremallera.
Cogió el móvil.
Buscó un nombre.
Teresa.
La llamada apenas tardó dos tonos en responder.
—Hola.
—Hola, Teresa.
Ella reconoció enseguida un tono distinto en su voz.
—¿Ha pasado algo?
Oliver sonrió sin darse cuenta.
—Necesito que me ayudes a encontrar una casa en Almería.
Al otro lado hubo unos segundos de silencio.
—Espera...
¿Una casa?
—Sí.
—¿Te refieres para alquilar unos días más?
—No.
Respiró hondo.
—Me voy a trasladar aquí.
Teresa soltó una pequeña risa de sorpresa.
—¿Así de repente?
Oliver miró por la ventana.
—No sé si ha sido de repente.
Hizo una pausa.
—Creo que esta ciudad me ha ido encontrando poco a poco.
Teresa guardó silencio unos segundos.
—¿De verdad hablas en serio?
—Completamente.
—Tengo mi trabajo en Madrid.
—Tengo que volver unos días para recoger mis cosas.
—Pero quiero vivir aquí.
La historiadora sonrió al otro lado del teléfono.
—Pues vas a necesitar una buena guía inmobiliaria.
Oliver se rio por primera vez en mucho tiempo.
—Por eso te llamo.
—Empieza a buscar.
—Cuando vuelva quiero tener opciones para visitar.
—Hecho.
Su voz sonó convencida.
—Yo me encargo.
—Te iré enviando todo lo que encuentre.
La llamada terminó.
Oliver dejó el teléfono sobre la cama.
Miró una última vez la habitación.
Dentro de unas horas volvería a Madrid.
Pero, por primera vez desde que salió de allí, supo algo con absoluta certeza.
No regresaba a casa.
Regresaba a recoger su vida para llevarla al lugar donde siempre había estado esperándolo.
A Almería.