El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 71 El fruto del silencio
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Capítulo 71 El fruto del silencio

El claustro quedó inmóvil.

Oliver respiró hondo.

Había comprendido que ya no existía un camino de vuelta.

Miró a la monja.

Después a Pascual.

Y respondió.

—Sí.

La palabra apenas fue un susurro.

Pero bastó.

Pascual cerró lentamente los ojos.

La monja inclinó la cabeza durante unos segundos.

No era una celebración.

Era un relevo.

Cuando volvió a levantar la vista, habló con una solemnidad que Oliver no le había escuchado hasta entonces.

—A partir de este momento escucharás una verdad que no podrás repetir jamás.

Hizo una pausa.

—No porque te lo prohíba la Iglesia.

—Ni porque te lo imponga una ley.

—Sino porque desde hoy pasa a formar parte de tu palabra.

Oliver asintió despacio.

La monja comenzó.

—La historia nunca llega completa hasta las personas.

Miró el claustro.

—Hay hechos verdaderos.

—Hay mentiras.

—Y hay verdades que sobreviven escondidas.

Pascual continuó.

—Tú conoces la historia de Jesús.

—Sí.

—Y conoces la de María Magdalena.

—También.

El anciano negó suavemente.

—Conoces una parte.

La monja tomó de nuevo la palabra.

—Los evangelios que todo el mundo conoce cuentan que María Magdalena estuvo junto a la cruz cuando Jesús fue crucificado.

Oliver asintió.

—Sí.

—También cuentan que fue una de las primeras personas en acudir al sepulcro.

—Y la primera en anunciar que había resucitado.

Oliver volvió a asentir.

Aquello lo conocía.

La monja continuó.

—Pero existen otros textos antiguos que no entraron en el Nuevo Testamento.

Hizo una pausa.

—Uno de ellos la llama compañera de Jesús.

Oliver frunció ligeramente el ceño.

—¿Compañera?

—La palabra original es koinonos.

Pascual añadió:

—Durante siglos se discutió qué significaba exactamente.

La monja sostuvo la mirada del arquitecto.

—Para nosotros nunca hubo duda.

Otra pausa.

—Significaba esposa.

El silencio volvió a instalarse.

Oliver respiró despacio.

La monja continuó.

—Cuando Jesús fue ejecutado, todo cambió.

—Los discípulos comenzaron a esconderse.

—Las autoridades perseguían a quienes podían mantener vivo su mensaje.

Pascual habló con voz baja.

—Y María Magdalena corría el mismo peligro.

Oliver recordó inmediatamente otra historia.

La Rambla.

La Estatua de la Caridad.

La madre.

Los dos niños.

Pascual pareció leerle el pensamiento.

—¿Recuerdas aquella mañana?

Oliver asintió.

—La mujer de la riada.

—Sí.

—Todos recuerdan a la madre abrazando a un niño.

La monja levantó un dedo.

—Pero la escultura muestra dos.

Oliver sintió un escalofrío.

Ella continuó.

—Uno representa al hijo que llevaba consigo.

—El otro simboliza la vida que aún llevaba dentro.

Pascual bajó la voz.

—María Magdalena también huyó llevando una vida por nacer.

El claustro parecía contener la respiración.

—Según la tradición que nosotros custodiamos —continuó la monja—, abandonó Tierra Santa por mar.

Oliver recordó el puerto.

El ferry.

La Virgen del Mar llegando a Torregarcía.

Todo empezaba a unirse.

—Las antiguas tradiciones sitúan su llegada a la costa de la Provenza.

Pascual añadió.

—Igual que nuestra patrona llegó desde el mar.

—Dos historias distintas.

—Un mismo símbolo.

La monja prosiguió.

—Allí nació una niña.

Oliver apenas podía apartar la vista de ella.

—Su nombre fue Sara.

Aquella palabra quedó suspendida entre las galerías.

Sara.

Pascual habló despacio.

—Por eso te llevé a Campoamor.

Oliver recordó el bajorrelieve de San Valentín.

Los candados.

El amor.

Entonces comprendió.

—No era una historia sobre enamorados.

Pascual sonrió apenas.

—Era una historia sobre el fruto del amor.

La monja continuó.

—Los apóstoles siguieron caminos distintos.

—María desapareció de la historia oficial.

—Pero nuestra tradición sostiene que nunca desapareció del todo.

Oliver sentía cómo le temblaban las manos.

—Entonces...

Respiró hondo.

—¿El secreto es María Magdalena?

La monja negó despacio.

—No.

Pascual dio un paso hacia él.

—El secreto es Sara.

El arquitecto permaneció inmóvil.

Sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Todo el camino.

Todas las pruebas.

Todas las historias.

Conducían hasta aquel nombre.

Sara.

—Ahora ya conoces la verdad que nosotros guardamos.

Oliver respiró con dificultad.

Seguía teniendo preguntas.

Demasiadas.

La más importante escapó de sus labios casi sin pensar.

—Si ese es el secreto...

Miró alrededor.

—¿Dónde están sus restos?

Pascual sostuvo su mirada.

—Estuvieron bajo la protección de la Catedral durante mucho tiempo.

Hizo una pausa.

—La fortaleza cumplió su función.

—Igual que los guardianes cambian con los siglos...

—También cambian los refugios.

Oliver sintió otro escalofrío.

—Entonces ya no están allí.

—No.

El anciano señaló despacio el claustro.

—Han cambiado de lugar más de una vez.

—Siempre antes de que el peligro llegara.

Oliver miró instintivamente el monasterio.

La monja sonrió con serenidad.

—¿Recuerdas la nota que recibiste?

"Mira donde ya nadie mira."

El arquitecto levantó la cabeza.

—Entonces...

—Están aquí.

Pascual negó suavemente.

—Sí y no.

Oliver frunció el ceño.

La monja respondió antes de que pudiera volver a preguntar.

—Están bajo nuestra protección.

—Pero nunca conocerás el lugar exacto.

El arquitecto quedó desconcertado.

—¿Nunca?

Ella negó.

—Cada guardián recibe una parte.

—Y cada custodio otra.

Miró a Pascual.

—A él le correspondía proteger el camino.

Después volvió la vista hacia Oliver.

—A ti te corresponde proteger la historia.

Guardó un último silencio.

—Y a nosotras nos corresponde custodiar aquello que nunca debe señalarse.

Oliver bajó lentamente la vista.

Miró el jardín del claustro.

Las piedras.

La tierra.

El lugar que pisaba.

Entonces recordó otra frase de Pascual frente al Edificio de las Mariposas.

"Todo el mundo mira la cúpula."

Sin darse cuenta...

...Oliver dejó de mirar hacia arriba.

Y miró exactamente donde había estado caminando desde que entró en Las Puras.