Capítulo 68 La elección
El silencio permaneció unos segundos suspendidos sobre el claustro.
Nadie parecía tener prisa por romperlo.
Oliver seguía mirando el pequeño jardín del centro mientras intentaba entender por qué aquellas cuatro palabras —Almería, el alma de María— habían cambiado de golpe la expresión de Don Pascual y de la monja.
Fue ella quien habló primero.
—Siéntese un momento.
Los tres ocuparon un banco de piedra bajo la galería porticada.
La luz de la tarde atravesaba las celosías de la planta superior y dibujaba sombras sobre el suelo.
La ciudad seguía existiendo al otro lado de los muros.
Allí dentro parecía quedar muy lejos.
La monja observó a Oliver durante unos instantes.
—¿Cuánto tiempo pensaba quedarse en Almería?
La pregunta lo sorprendió.
—No lo sé exactamente.
Miró a Pascual.
—En principio solo iba a venir para supervisar unas obras.
Guardó silencio.
—Y míreme ahora.
La religiosa sonrió apenas.
—¿Le gusta esta ciudad?
Oliver respondió sin pensarlo demasiado.
—Mucho.
Aquella respuesta salió con una naturalidad que ni él esperaba.
—Cada día que pasa me gusta más.
Miró alrededor.
—Cuando llegué veía edificios.
Hizo una pausa.
—Ahora empiezo a ver historias.
La monja asintió despacio.
—¿Y Madrid?
Oliver bajó la mirada.
Pensó en su despacho.
En su oficina.
En la rutina que había dejado atrás.
—Mi trabajo está allí.
Respiró hondo.
—Pero...
Aquella palabra quedó suspendida unos segundos.
—No me importaría trasladarme aquí.
El silencio volvió a instalarse.
Pascual levantó lentamente la vista.
La monja también.
Durante un instante cruzaron una mirada que Oliver no supo interpretar.
Como si aquella respuesta hubiera confirmado algo que llevaban tiempo esperando.
Fue entonces cuando ella dio un paso más.
—Oliver.
Su voz sonaba distinta.
Más solemne.
—Lleva días escuchando hablar del elegido.
Él asintió.
—Sí.
—Y lleva días preguntándose quién es ella.
—También.
La monja respiró despacio.
—Ha llegado el momento de decirle una parte de la verdad.
Oliver sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
Ella sostuvo su mirada.
—Ella lo ha elegido a usted.
El arquitecto tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Quién?
Ninguno respondió.
—¿María Magdalena?
La monja no confirmó ni negó.
—El nombre llegará cuando deba llegar.
Oliver negó con la cabeza.
—No lo entiendo.
Se volvió hacia Pascual.
—Usted me habla de pruebas.
Después volvió a mirar a la religiosa.
—Usted dice que alguien me ha elegido.
—Sí.
—¿Para qué?
Ella guardó silencio unos instantes.
—Antes necesito hacerle una pregunta.
Oliver esperó.
—Si descubriera que existe una verdad capaz de cambiar la forma en que millones de personas entienden la historia...
Hizo una pausa.
—¿La protegería?
El arquitecto no respondió enseguida.
Miró el claustro.
La iglesia.
Las galerías.
Después recordó la Estatua de la Caridad.
El Cable Inglés.
San Juan.
La Catedral.
Y aquel convento que había estado siempre delante de él sin que lo viera.
Finalmente habló.
—Dependería de cuál fuera esa verdad.
La monja sonrió.
No era la respuesta que esperaba escuchar un hombre dispuesto a impresionar.
Era la respuesta de alguien que todavía necesitaba comprender antes de decidir.
Y precisamente por eso le inspiró confianza.
—Entonces ha llegado el momento de explicarle su cometido.
Pascual cerró los ojos apenas un instante.
Había esperado ese momento durante años.
Y, por primera vez desde que recibió el relevo del hombre que vino antes que él...
Comprendió que ya no era él quien debía hablar primero.