El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 67 Las Puras
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Capítulo 67 Las Puras

Oliver permaneció varios segundos inmóvil frente a la portada del convento.

La piedra parecía distinta.

No porque fuera más antigua que la de la Catedral.

Sino porque no necesitaba llamar la atención de nadie.

Recordó la frase de la nota anónima.

"Mira donde ya nadie mira."

Respiró hondo.

Empujó la puerta.

La hoja de madera cedió con un leve crujido.

Al otro lado no encontró un gran vestíbulo.

Encontró silencio.

El compás de entrada parecía separar dos mundos.

Frente a él, un pasillo conducía hacia el interior del monasterio.

Con cada paso, el ruido de la calle iba desapareciendo.

Las paredes encaladas devolvían una luz tranquila.

Todo transmitía una sensación extraña.

Como si el tiempo hubiera aprendido a caminar más despacio allí dentro.

El pasillo desembocó en el patio central.

Oliver se quedó quieto.

El claustro era el verdadero corazón del monasterio.

Un pequeño jardín ocupaba el centro.

Las galerías descansaban sobre columnas toscanas.

Los arcos de ladrillo conservaban las antiguas pinturas que imitaban hiladas rojas y blancas, mientras las celosías de la planta superior dejaban pasar la luz sin romper la intimidad del convento.

Desde aquel patio parecía organizarse todo.

La iglesia.

El refectorio.

El coro bajo.

Y las dependencias que permanecían ocultas tras las galerías superiores.

Oliver giró lentamente sobre sí mismo.

Había recorrido decenas de edificios históricos.

Pero nunca uno que pareciera construido para respirar en voz baja.

Continuó caminando.

Al pasar junto al refectorio distinguió, a través de una puerta entreabierta, un largo banco de piedra adosado al muro y unas pinturas antiguas desgastadas por los siglos.

No entró.

Siguió hasta la iglesia.

La nave era sobria.

La falsa bóveda barroca ocultaba la antigua armadura mudéjar del siglo XVI.

Las paredes conservaban escenas dedicadas a la Virgen.

El retablo mayor dominaba el templo con una elegancia serena, muy distinta a la monumentalidad de la Catedral.

Oliver permaneció unos instantes contemplándolo.

Entonces escuchó una voz.

—Lo estaba esperando.

Se volvió sobresaltado.

Una monja mayor permanecía a pocos metros.

Nunca la había visto.

Y, sin embargo, hablaba como si supiera perfectamente quién era.

—¿Me esperaba?

Ella sonrió.

—Sí.

Oliver tardó unos segundos en responder.

—Creo que me confunde con otra persona.

La religiosa negó despacio.

—No me equivoco.

Le hizo un gesto con la mano.

—Acompáñeme.

Atravesaron una galería hasta llegar a una pequeña sala de paredes blancas.

Una mesa.

Dos sillas.

Y una ventana alta por la que entraba la luz de la tarde.

—Espere aquí un momento.

La monja salió sin hacer ruido.

Oliver permaneció solo.

Escuchó unos pasos alejándose.

Después una puerta cerrándose.

Y, al cabo de unos segundos, una voz amortiguada.

No distinguía todas las palabras.

Solo algunas.

—Ha llegado.

Silencio.

—Está aquí.

Otra pausa.

—No tardes.

La voz desapareció.

Oliver frunció el ceño.

No sabía con quién hablaba.

Ni por qué tenía la sensación de que aquella llamada tenía algo que ver con él.

Pocos minutos después, la monja regresó.

Como si nada hubiera ocurrido.

Se sentó frente a él.

—Perdone la espera.

Oliver no pudo evitar preguntar.

—¿Me conoce?

Ella sonrió con serenidad.

—Conozco a muchas personas antes de verlas por primera vez.

La respuesta no aclaró absolutamente nada.

La religiosa cambió de tema.

—¿Sabe cómo es la vida aquí dentro?

Oliver negó con la cabeza.

Ella comenzó a hablar despacio.

Le explicó que las Concepcionistas Franciscanas llevaban más de cuatro siglos viviendo entre aquellos muros; que el día estaba marcado por la oración, el trabajo y el silencio; que el monasterio había sobrevivido a guerras, terremotos y cambios de época sin perder aquello que le daba sentido.

—La gente cree que vivimos apartadas del mundo.

—En realidad llevamos siglos observándolo desde el mismo sitio.

Unos pasos resonaron entonces bajo la galería.

La monja levantó la vista.

Sonrió.

—Ya está aquí.

Oliver giró la cabeza.

Y el aire pareció detenerse.

Don Pascual acababa de entrar.

El anciano también pareció sorprenderse al verlo allí.

Después miró a la monja.

Se saludaron con una naturalidad imposible de fingir.

—Paz y bien.

—Siempre.

Oliver los observó desconcertado.

—¿Os conocéis?

Pascual sonrió apenas un instante.

—Hace muchos años que conozco esta casa.

La monja hizo un gesto para que la siguieran.

Regresaron al claustro.

Caminaron despacio alrededor del jardín.

Durante unos minutos nadie habló.

Solo se escuchaba el murmullo del agua y el canto lejano de unos pájaros que habían hecho del patio su refugio.

Fue la monja quien rompió el silencio.

—Después de todo lo que ha visto estos días...

Miró directamente a Oliver.

—Si tuviera que describir Almería con una sola frase, ¿cuál sería?

Oliver no respondió enseguida.

Levantó la vista hacia las galerías.

Después hacia el cielo que se abría sobre el patio.

Y, casi sin darse cuenta, pronunció las palabras.

—Almería...

Hizo una pausa.

—...el alma de María.

El silencio fue absoluto.

Pascual bajó lentamente la cabeza.

La monja cerró los ojos apenas un instante.

No era la respuesta.

Era la forma en que había llegado hasta ella.

Sin que nadie se la enseñara.

Sin que nadie se la insinuara.

Los dos se miraron.

Y, por primera vez desde la noche de la tormenta, comprendieron exactamente lo mismo.

El camino había encontrado a su siguiente guardián.