Capítulo 66 Lo que siempre estuvo ahí
Aquel día Oliver decidió no buscar respuestas.
Decidió mirar.
Guardó la nota en el bolsillo de la chaqueta y salió del Hotel Almería sin un destino concreto.
Por primera vez desde que llegó a la ciudad, no esperaba encontrar a Don Pascual doblando una esquina.
Caminaba solo.
El sol de media mañana iluminaba la Rambla Federico García Lorca mientras la ciudad despertaba con la tranquilidad de un día cualquiera.
No buscó monumentos.
Buscó detalles.
A pocos metros apareció la Estatua de la Caridad.
Se detuvo apenas unos segundos.
Ya conocía su historia.
Aquella mujer seguía adelantando el hombro para recibir primero el golpe de la riada de 1891 y proteger a sus hijos.
Pascual no le había enseñado una escultura.
Le había enseñado una forma de mirar.
Continuó descendiendo hasta el Cable Inglés.
El viejo cargadero de mineral se alzaba sobre el mar con la misma elegancia industrial que había tenido desde su inauguración en 1904.
Se apoyó en la barandilla.
Desde allí contempló el puerto.
A lo lejos distinguió el ferry que cubría la ruta con Melilla.
Sonrió.
Recordó el día en que Teresa le explicó que, desde la Alcazaba, de pequeña esperaba verlo aparecer en el horizonte.
Entonces su mirada fue más allá del barco.
Pensó en otra historia.
La de la Virgen del Mar.
La patrona de Almería había llegado, según la tradición, desde el Mediterráneo hasta la playa de Torregarcía en una pequeña imagen arrastrada por el mar en el siglo XVI.
Durante unos segundos permaneció contemplando el agua.
El mar llevaba siglos trayendo historias.
Y la ciudad llevaba siglos guardándolas.
Dio media vuelta.
Regresó hacia el centro subiendo por el Paseo de Almería.
Las fachadas modernistas comenzaban a sucederse una tras otra.
En un edificio municipal levantó la vista casi por instinto.
La bandera de Almería ondeaba sobre el tejado.
Observó el escudo.
La cruz de San Jorge destacaba en su diseño.
Recordó inmediatamente las conversaciones sobre los templarios.
No porque aquella cruz demostrara ninguna teoría.
Sino porque comprendió que muchos símbolos permanecían delante de todos sin que nadie se detuviera a observarlos.
Siguió caminando.
Al pasar frente al Teatro Cervantes volvió a detenerse.
La fachada conservaba el aire elegante de otra época.
Pensó en cuántas historias habrían sido representadas allí desde su apertura a principios del siglo XX.
Historias capaces de emocionar durante unas horas.
Y después desaparecer.
La ciudad seguía hablando.
Solo había que escucharla.
Pocos minutos después llegó a Puerta de Purchena.
El Edificio de las Mariposas volvía a dominar la plaza.
La primera vez había mirado la cúpula.
Aquella vez hizo justo lo contrario.
Observó las juntas de la piedra.
Las molduras restauradas.
Las pequeñas cicatrices que el tiempo había dejado en la fachada.
Como si el edificio hubiera aprendido a convivir con los años en lugar de esconderlos.
Entró después en la calle de las Tiendas.
La calle estrechaba el ruido de la ciudad.
Hoy seguía siendo una calle comercial.
Pero imaginó cómo habría sido tiempos atrás.
Mercaderes.
Telas.
Artesanos.
El ir y venir constante de una Almería mucho más bulliciosa que la actual.
Al final de la calle apareció el Convento de las Claras.
Se detuvo.
Recordó inmediatamente la visita de Teresa.
La puerta.
El torno.
La conversación con la monja.
Permaneció unos segundos observándolo.
Todo seguía pareciendo lógico.
Y precisamente por eso decidió continuar.
Llegó a la Plaza Campoamor.
El bajorrelieve de San Valentín seguía allí.
Las personas pasaban sin prestarle demasiada atención.
Oliver recordó la conversación con Pascual sobre el amor de Jesús y María Magdalena.
Sobre cómo la memoria podía cambiar más fácilmente que una piedra.
"Mira donde ya nadie mira."
La frase empezaba a adquirir otro significado.
Siguió caminando.
Y entonces volvió a aparecer la Catedral.
No intentó acercarse a la puerta.
No quería volver a encontrarse con la Policía.
Permaneció unos instantes en la plaza observando la fortaleza de piedra que dominaba el corazón de la ciudad.
Después rodeó tranquilamente uno de sus laterales.
Había pasado por aquella esquina varias veces.
Con Teresa.
Con Pascual.
Incluso el día en que la inspectora le prohibió entrar.
Y, sin embargo...
Nunca había levantado la vista allí.
Fue entonces cuando ocurrió.
Frente a él apareció una fachada sobria.
Silenciosa.
Sin turistas.
Sin grupos haciendo fotografías.
Como si hubiera decidido desaparecer sin moverse de sitio.
Oliver frenó en seco.
Sintió un escalofrío.
Aquel edificio había estado allí desde el primer día.
A pocos pasos de la Catedral.
A pocos pasos de todas las conversaciones.
A pocos pasos del lugar donde siempre había mirado.
Y nunca lo había visto realmente.
Levantó despacio la vista hacia la portada del convento.
Sacó la nota del bolsillo.
"Mira donde ya nadie mira."
Por primera vez comprendió que algunas cosas no necesitan esconderse.
Les basta con permanecer junto al lugar donde todos fijan la mirada.
Mientras toda Almería observa la Catedral...
Muy pocos descubren que, doblando una esquina, siempre ha estado esperándolos el Convento de las Puras.