Capítulo 65 En el convento
La tarde comenzaba a apagarse cuando Don Pascual llamó discretamente a la pequeña puerta del convento.
Era una puerta estrecha, casi invisible para quien pasaba deprisa por aquella calle.
Unos segundos después sonó una campanilla.
La madera se abrió apenas unos centímetros.
Una hermana hizo un gesto silencioso.
—Puede pasar al locutorio.
Pascual conocía aquel camino de memoria.
Cruzó un pasillo de paredes encaladas hasta llegar a una estancia sencilla.
Dos bancos de madera.
Una mesa estrecha.
Y una reja de hierro separando ambos lados.
Se sentó sin decir una palabra.
Al otro lado apareció una monja mayor.
Se conocían desde hacía tantos años que ya no necesitaban presentaciones.
Durante unos segundos permanecieron mirándose en silencio.
—Has tardado más de lo habitual —dijo ella.
Pascual sonrió levemente.
—La ciudad tiene demasiados ojos últimamente.
Hubo un breve silencio.
—Nos están vigilando.
La monja asintió despacio.
—Lo sé.
El anciano levantó la vista.
—La Policía ya ha empezado a hacerse preguntas.
Respiró hondo.
—Han visto que paso demasiado tiempo con Oliver.
Ella permaneció inmóvil.
—Era cuestión de tiempo.
Pascual apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Por eso he dejado de verlo.
Entonces la monja dijo algo que no esperaba.
—Yo ya he movido una pieza.
Pascual frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Me he puesto en contacto con Oliver.
El anciano tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Cómo?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—Eso no importa.
Hizo una pausa.
—Lo importante es que no sabrá quién fui.
Pascual guardó silencio.
—No me lo habías dicho.
—Porque esa prueba no dependía de ti.
El anciano bajó la mirada.
La monja continuó con calma.
—Las primeras las has guiado tú.
Apoyó una mano sobre la reja.
—Pero llega un momento en que debe caminar sin que ninguno de los dos le indique el siguiente paso.
Pascual respiró lentamente.
—¿Y qué has visto?
—Que sigue buscando respuestas.
Otra pausa.
—Ahora necesito saber si es capaz de encontrarlas.
El locutorio volvió a quedar en silencio.
Pascual levantó la vista.
—Aún queda una prueba.
La monja asintió.
—La última.
—¿Y si falla?
Ella sostuvo su mirada con serenidad.
—Entonces no era él.
Aquellas palabras pesaron más que cualquier otra conversación anterior.
Antes de marcharse, Pascual apoyó una mano sobre la madera de la puerta.
—Cada día me parezco más al hombre que me entregó el relevo.
La voz de la monja sonó más suave que nunca.
—Y eso significa que el tiempo está haciendo su trabajo.
Pascual salió del convento sin volver la vista atrás.
Por primera vez comprendió que ya no podía controlar todo.
Y, sin saberlo, Oliver acababa de entrar en un camino donde dos guardianes observaban sus pasos desde lugares distintos.