El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 59 Buenas noticias
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Capítulo 59 Buenas noticias

La luz de la mañana atravesaba los ventanales del despacho episcopal.

Sobre la mesa seguían extendidos los planos de la Catedral, las fotografías de la grieta y varios informes técnicos marcados con anotaciones en tinta azul.

El teléfono sonó.

El obispo dejó a un lado la carpeta que estaba revisando y descolgó.

—¿Sí?

—Buenos días, señor obispo.

Reconoció enseguida la voz.

—Fernando.

Por primera vez en varios días, el sacerdote sonaba aliviado.

—Creo que ya tenemos buenas noticias.

El obispo se incorporó en la silla.

—Cuénteme.

Don Fernando respiró hondo.

—Los técnicos han terminado la última evaluación.

Hubo un breve silencio.

—La estructura principal está estable.

El obispo dejó escapar el aire lentamente.

—Gracias a Dios.

—La grieta no ha seguido abriéndose.

Pasó unas hojas antes de continuar.

—Han decidido reforzar los cimientos de la zona afectada mediante micropilotes y consolidar el terreno. Después coserán la grieta con barras de acero inoxidable y morteros compatibles con la piedra original.

El obispo escuchaba con atención.

—¿Es una solución definitiva?

—Según los ingenieros, es la mejor intervención posible sin alterar el edificio.

Miró de reojo los planos.

—Quieren respetar el comportamiento histórico de la Catedral. No pretenden dejarla como si fuera nueva.

—Eso es lo correcto.

Don Fernando continuó leyendo el informe.

—También revisarán las bóvedas, las juntas de los muros y las zonas donde la humedad ha trabajado durante siglos.

El obispo sonrió levemente.

—A veces olvidamos que estos edificios llevan quinientos años respirando.

—Y cualquier reparación obliga a dialogar con quienes los construyeron.

Aquella frase hizo que ambos guardaran silencio unos segundos.

El obispo volvió al asunto práctico.

—¿Cuándo empiezan?

—Esta misma semana.

Los equipos ya están organizando el material.

—¿Y cuánto tiempo calculan?

—Unos pocos meses.

El acceso seguirá restringido mientras duren los trabajos.

El obispo asintió despacio.

Era la decisión esperada.

Don Fernando dudó unos instantes antes de añadir otra cosa.

—Hay un detalle más.

—Dígame.

—Los técnicos insisten en que el mayor problema no estaba en la grieta.

El obispo frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Estaba bajo ella.

Miró una fotografía.

—Si no hubieran descubierto aquel movimiento del terreno a tiempo, dentro de unos años el daño habría sido mucho mayor.

El obispo permaneció pensativo.

—A veces una grieta no anuncia el final.

Anuncia un aviso.

—Eso mismo dijeron los ingenieros.

Cuando la llamada terminó, el obispo permaneció unos segundos contemplando un crucifijo.

Por primera vez sintió que el edificio empezaba a estar a salvo.

Lo que no podía imaginar era que, mientras los hombres preparaban la reparación de la piedra...

Otros llevaban siglos intentando proteger algo mucho más difícil de reconstruir.