Capítulo 60 La distancia
La habitación del Hotel Almería estaba en silencio.
Oliver permanecía junto a la ventana observando la avenida. Desde allí podía verse parte del movimiento de la ciudad, pero todo le parecía distinto.
Las palabras de Teresa seguían dándole vueltas en la cabeza.
"Siempre es Pascual quien decide por dónde camináis."
Cogió el teléfono.
Buscó el número.
Pulsó llamar.
La llamada apenas duró dos tonos.
—Dígame, señor Oliver.
—Pascual... tenemos un problema.
Al otro lado hubo un breve silencio.
—Cuénteme.
Oliver respiró hondo.
—Ayer Teresa escuchó hablar al párroco con la inspectora.
—¿Y?
—La Policía no solo me vigila a mí.
Hizo una pausa.
—También te está siguiendo a ti.
Pascual no respondió inmediatamente.
—Ya imaginaba que acabarían fijándose.
Oliver continuó.
—Saben que salimos juntos del hotel, que recorremos siempre las mismas calles y que eres tú quien elige el camino.
El anciano dejó escapar el aire lentamente.
—Entonces ya somos demasiado visibles.
La frase quedó suspendida.
Oliver apoyó una mano en el cristal de la ventana.
—Creo que no deberíamos volver a vernos durante un tiempo.
Aquellas palabras parecieron pesar más que cualquier otra conversación anterior.
—Eso mismo iba a decirle yo.
Oliver se sorprendió.
—¿De verdad?
—Sí.
La voz de Pascual sonaba tranquila, pero había una decepción difícil de esconder.
—Hay ojos mirando donde antes nadie miraba.
Miró por la ventana del hotel.
—No quiero que empiecen a hacer preguntas sobre mí.
Oliver permaneció callado.
Entonces preguntó algo que llevaba tiempo guardándose.
—¿Por qué te preocupa tanto?
Pascual tardó unos segundos en responder.
—Porque llevo toda una vida procurando pasar desapercibido.
Otra pausa.
—Y los guardianes nunca deberían llamar la atención.
Oliver sintió un escalofrío.
Era la primera vez que Pascual utilizaba aquella palabra para hablar de sí mismo.
—Entonces...
—Durante unos días será mejor que no nos vean juntos.
Oliver asintió, aunque sabía que el anciano no podía verlo.
—De acuerdo.
Cuando parecía que la conversación había terminado, Pascual volvió a hablar.
—Señor Oliver.
—¿Sí?
Hubo unos segundos de silencio.
—Aún queda una cosa pendiente.
Oliver frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
El anciano respondió con una serenidad inquietante.
—La última prueba.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, la llamada terminó.
Oliver permaneció inmóvil con el teléfono en la mano.
Miró la pantalla ya apagada.
No entendía a qué prueba se refería.
Ni cuándo pensaba hacerla.
Lo único que sabía era que, por primera vez desde que había llegado a Almería...
El camino iba a tener que recorrerlo solo.