El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 57 La última duda
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Capítulo 57 La última duda

La noche había caído sobre Almería.

Don Pascual permanecía sentado en un banco del Parque Nicolás Salmerón donde tantas veces había encontrado la seguridad de poder hablar.

La fuente de los delfines del parque Nicolás salmerón era el único ruido de fondo

Cogió su teléfono, busco en la agenda y realizo una llamada.

—Hola, Soy yo.

La voz sonó tranquila.

Pascual dejó escapar una leve sonrisa.

—Hoy necesito hablar sin prisas.

—Te escucho.

El anciano permaneció unos segundos mirando la fuente.

—Creo que está cada vez más cerca.

La mujer no respondió.

Esperó.

Lo conocía lo suficiente para saber que todavía no había terminado.

—Ha superado todas las pruebas sin darse cuenta.

Otra pausa.

—Y eso me inquieta todavía más.

La voz al otro lado habló despacio.

—¿Sigues teniendo dudas?

Pascual respiró hondo.

—Sí.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—Entonces todavía no es el momento.

—No.

La mujer permaneció callada.

—Todavía no estoy al cien por cien.

—Pero, si tuviera que apostar mi vida...

Guardó silencio.

—...diría que tiene todas las papeletas.

La respuesta tardó unos segundos.

—Precisamente por eso debes tener cuidado.

Su voz había cambiado.

Ya no hablaba como una amiga.

Hablaba como alguien que llevaba el mismo peso.

—No puedes entregarle siglos de silencio porque tenga todas las papeletas.

Pascual cerró los ojos.

—Lo sé.

—Necesitas una certeza.

—Lo sé.

—Absoluta.

El anciano asintió despacio.

—Cada vez que habla de una piedra descubre algo que yo tardé años en comprender.

Hizo una pausa.

—Cada vez que le cuento una historia entiende lo que hay detrás, no solo lo que ocurrió.

La mujer respondió con calma.

—Eso demuestra que sabe mirar.

—Sí.

—Pero no demuestra que ella lo haya elegido.

Aquellas palabras quedaron suspendidas.

Pascual bajó la voz.

—Y si me equivoco...

—No te equivocarás.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Hubo un breve silencio.

—Porque nunca antes habías dudado tanto.

El anciano frunció el ceño.

—No te entiendo.

—Las personas equivocadas convencen muy deprisa.

Hizo una pausa.

—Las correctas obligan a quien las observa a revisar todas sus certezas.

Pascual permaneció inmóvil.

Aquella frase parecía describir exactamente lo que llevaba días sintiendo.

—Entonces...

La mujer lo interrumpió.

—Déjame ayudarte.

El anciano levantó la vista hacia.

—¿Cómo?

—Déjame verlo.

Pascual guardó silencio.

—Sin que él sepa que lo he visto.

El viento movió las hojas de los árboles.

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque aún queda una prueba.

La mujer aceptó la respuesta sin insistir.

—Llámame cuando llegue ese momento.

Pascual guardó el teléfono despacio.

Permaneció sentado unos minutos más.

Por primera vez desde la noche de la tormenta comprendió que el mayor peligro no era entregar el secreto demasiado tarde.

Era entregárselo a la persona equivocada.

Y, en algún lugar de la ciudad, alguien acababa de aceptar convertirse en la última mirada antes del relevo.