Capítulo 56 Oídos en la plaza
Teresa necesitaba ordenar todo lo que había escuchado durante los últimos días.
Había salido con la intención de despejarse.
La Plaza de la Catedral estaba casi vacía cuando, el sol empezaba a caer sobre las almenas de la Catedral y la piedra adquiría ese color dorado que solo aparecía a última hora de la tarde.
Cuando escuchó una voz conocida.
Don Fernando.
Instintivamente redujo el paso.
No quería espiar.
Solo evitar interrumpir una conversación.
Junto a la puerta lateral de la Catedral permanecía aparcado el vehículo de la Policía Nacional.
La inspectora Lucía Navarro hablaba con el sacerdote mientras consultaba una libreta.
Teresa permaneció junto a un naranjo, fingiendo mirar el móvil.
—¿Alguna novedad? —preguntó Don Fernando.
Lucía negó con la cabeza.
—Ninguna incidencia.
Pasó una página.
—Oliver Roth sigue sin intentar entrar.
El sacerdote dejó escapar el aire lentamente.
—¿Y Pascual?
La inspectora levantó la vista.
—Eso sí me llama la atención.
Teresa dejó de mirar la pantalla.
—¿Por qué?
—Porque aparece con él casi todos los días.
Don Fernando frunció el ceño.
—¿El jardinero?
—Sí.
Lucía consultó de nuevo sus anotaciones.
—Lo hemos visto salir del Hotel Almería con él, pasear por la Rambla, ir hacia Campoamor y volver por el casco histórico.
Hizo una pausa.
—Siempre juntos.
El sacerdote permaneció pensativo.
—Qué extraño...
La inspectora se encogió ligeramente de hombros.
—No han cometido ninguna infracción.
Su tono seguía siendo completamente profesional.
—Solo caminan.
Don Fernando miró hacia la plaza.
—Pascual nunca ha sido un hombre de hablar demasiado.
Lucía cerró la libreta.
—Pues con ese arquitecto parece haber cambiado de costumbres.
Hubo unos segundos de silencio.
Después la inspectora añadió algo casi sin darle importancia.
—Hay otra cosa.
El sacerdote la miró.
—Cuando caminan, casi siempre es Pascual quien elige el recorrido.
Don Fernando no respondió.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Finalmente asintió despacio.
—Gracias, inspectora.
—Seguiremos vigilando.
Lucía subió al coche.
El motor arrancó suavemente.
Teresa esperó unos segundos antes de volver a caminar.
Sentía una extraña inquietud.
No era la vigilancia.
No era la Policía.
Era otra cosa.
Hasta ese momento siempre había pensado que Oliver seguía a Pascual porque necesitaba respuestas.
Ahora acababa de descubrir que, desde fuera, parecía exactamente lo contrario.
Parecía que era Pascual quien estaba llevando a Oliver hacia algún lugar.