El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 53 El hombre que cambió la historia
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Capítulo 53 El hombre que cambió la historia

La Plaza Campoamor estaba tranquila.

Algunas parejas paseaban junto al bajo relieve de San Valentín. Los candados colgados en la barandilla brillaban bajo el sol, cada uno con dos nombres grabados y una fecha distinta.

Pascual se detuvo frente a ellos.

—¿Qué hacen estas parejas cuando cierran un candado?

Oliver observó uno de los más recientes.

—Creen que el amor durará para siempre.

El anciano asintió.

—O, al menos, quieren que alguien lo recuerde.

Guardó unos segundos de silencio antes de hablar de nuevo.

—¿Y si te dijera que hubo un hombre que intentó hacer exactamente eso con una religión entera?

Oliver levantó la vista.

—¿Quién?

—El emperador Constantino.

Llegaron junto a un banco.

Pascual apoyó la mano sobre el respaldo.

— En el año 325 después de Cristo, Constantino entendió que un imperio dividido por la fe también podía dividirse políticamente.

—Convocó una asamblea en una ciudad llamada Nicea, en la actual Turquía.

—Dicen que cuando Constantino entró en la sala llevaba una túnica cubierta de oro y piedras preciosas, pero esperó a que todos los obispos estuvieran sentados antes de ocupar su sitio

Oliver escuchaba sin interrumpir.

—Un sacerdote llamado Arrio enseñaba que Jesús había sido creado por Dios y, por tanto, no era eterno como el Padre. Otros defendían que el Hijo era verdaderamente Dios.

Pascual hizo una pausa.

—No era una discusión pequeña.

—Era decidir quién era Cristo Exactamente.

—¿Y qué decidieron?

—Lo más importante fue una frase.

Oliver sonrió.

—¿Una frase?

—Sí.

Pascual lo miró.

—Que el Hijo era "de la misma naturaleza que el Padre".

—¿Qué más hicieron?

—Decidieron la fecha de la Pascua.

—Hasta entonces celebraban la Resurrección en fechas distintas. Buscaron la unidad.

Oliver asintió lentamente.

—¿Y ahí eligieron el veinticinco de diciembre como Navidad?

Pascual negó con una sonrisa.

—Esa es una de las historias más repetidas.

Hizo una pausa.

—Y es falsa.

Oliver arqueó una ceja.

—¿Nunca hablaron de la Navidad?

—No hay ningún documento del Concilio que mencione esa fecha. Lo único que sabemos es que el veinticinco de diciembre empezó a celebrarse algunas décadas después; la primera referencia segura aparece en Roma en el año 336.

Oliver soltó una pequeña risa.

—Entonces llevamos siglos atribuyéndole cosas que nunca hizo.

—Sucede más veces de las que imaginas.

Se detuvieron otra vez frente a San Valentín.

Oliver permanecía pensativo.

Entonces hizo la pregunta que llevaba un rato rondándole la cabeza.

—¿Y María Magdalena?

Pascual lo miró con atención.

—¿Qué pasa con ella?

—Siempre he oído que era prostituta.

El anciano negó despacio.

—Los evangelios nunca dicen eso.

Oliver frunció el ceño.

—¿Nunca?

—Nunca.

Pascual habló con calma.

—En los evangelios aparece como una discípula de Jesús. Se dice que estuvo presente durante la crucifixión, que fue una de las primeras personas en encontrar el sepulcro vacío y que anunció la Resurrección a los demás discípulos.

Oliver permanecía sorprendido.

—Entonces... ¿de dónde salió esa idea?

Pascual bajó la voz.

—Del año 591.

—¿Tan tarde?

—Sí.

Explicó que el papa Gregorio Magno pronunció un sermón en el que identificó como si fueran la misma persona a tres mujeres distintas de los Evangelios: María Magdalena, la mujer pecadora que unge los pies de Jesús y María de Betania.

Aquella interpretación terminó extendiéndose durante siglos, aunque los textos bíblicos nunca afirman que María Magdalena fuera prostituta.

Oliver permaneció unos segundos mirando los candados.

Después habló casi para sí mismo.

—Bastó un sermón para cambiar la memoria de una persona durante más de mil años.

Pascual no respondió enseguida.

Esperaba precisamente ese momento.

—Dime una cosa, Oliver.

—¿Qué?

—¿Qué es más fácil cambiar?

Hizo una pausa.

—¿Un edificio...

O el recuerdo que la gente tiene de una persona?

Oliver observó el bajo relieve de San Valentín.

Luego miró los candados.

Finalmente respondió.

—Un edificio.

Pascual no dijo nada.

—Una piedra se puedes sustituir.

—Puedes derribar un muro y levantar otro.

Guardó silencio.

—Pero para cambiar el recuerdo de una persona necesitas que millones de personas repitan la misma historia durante generaciones.

Pascual permaneció inmóvil.

Aquella no era la respuesta que esperaba.

Era mejor.

Porque Oliver acababa de comprender algo que muy pocos entendían.

Los edificios conservaban cicatrices.

Las personas podían perder hasta su propia memoria.

Y, sin saberlo, acababa de superar otra prueba más.