Capítulo 54 Los soldados del Temple
La Plaza de la Catedral estaba más tranquila que de costumbre.
El coche de la Policía Nacional seguía estacionado junto a la fachada principal.
La inspectora Lucía permanecía dentro. No hizo ningún gesto cuando vio pasar a Oliver y a Don Pascual.
Simplemente observó.
Pascual continuó caminando sin mirar hacia el coche.
—No se preocupe por ella.
Oliver bajó la voz.
—Es difícil olvidarse cuando sabes que te están vigilando.
El anciano sonrió.
—Entonces ya entiende cómo empieza esta historia.
Rodearon lentamente la Catedral.
Pascual levantó la vista hacia la torre.
—Hace muchos años hubo hombres que vivieron exactamente así.
Oliver esperó.
--¿Quién?
—Los templarios.
El anciano respondió.
—La Orden del Temple nació en Jerusalén hacia 1119. Al principio eran apenas nueve caballeros dirigidos por Hugo de Payns. Su misión oficial era sencilla: proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa después de la Primera Cruzada.
—¿Solo nueve?
—Durante años sí. Vivían con tan pocos recursos que el sello de la Orden mostraba a dos caballeros compartiendo un mismo caballo. Era una forma de recordar que habían hecho voto de pobreza.
Oliver observó la piedra de la Catedral.
—Cuesta imaginar que empezaran así.
—Porque todavía no eran poderosos.
Caminaron unos metros más.
Pascual señaló la fachada.
—Lo que cambió su historia ocurrió en 1129.
—El papa Honorio II.
—Exactamente.
El anciano continuó.
—Aunque Honorio II no estuvo presente, envió a su legado al Concilio de Troyes, convocado por San Bernardo de Claraval. Allí aprobaron la Regla del Temple y nació algo completamente nuevo en la cristiandad.
Oliver frunció el ceño.
—¿Qué tenía de nuevo?
—Hasta entonces un monje rezaba y un caballero luchaba.
Pascual hizo una pausa.
—Los templarios hicieron ambas cosas.
—¿Monjes soldados?
—Exactamente.
Explicó que juraban pobreza, castidad y obediencia como cualquier orden religiosa, pero también prometían defender Tierra Santa y proteger a los peregrinos incluso con la espada.
Después llegaron los privilegios: podían depender directamente del Papa, administrar tierras, levantar fortalezas y mover dinero entre reinos, algo que con el tiempo los convirtió en una de las organizaciones más poderosas de Europa.
Oliver permanecía atento.
—¿Y el Santo Grial?
Pascual sonrió por primera vez.
—No existe ningún documento del Papa que ordene a los templarios buscar el Santo Grial.
Oliver lo miró sorprendido.
—¿Entonces?
—Lo que sabemos es que durante años ocuparon una zona muy concreta de Jerusalén, sobre el antiguo Monte del Templo, donde la tradición situaba el Templo de Salomón. Excavaron allí y, siglos después, comenzaron las historias sobre tesoros, reliquias y objetos sagrados.
—¿Nunca apareció ninguna prueba?
—Ninguna que pueda demostrarse.
El anciano volvió a caminar.
El coche de la Policía seguía allí.
La inspectora continuaba sin intervenir.
—¿Y qué les pasó?
El rostro de Pascual cambió.
—Lo peor.
Se detuvo frente a una de las puertas laterales de la Catedral.
—Viernes.
Hizo una pausa.
—Trece de octubre de 1307.
Oliver levantó la vista.
—¿De ahí viene la superstición del viernes trece?
Pascual sonrió ligeramente.
—Muchos creen que sí, aunque no puede demostrarse con certeza.
Continuó hablando.
—Aquella madrugada el rey Felipe IV de Francia envió órdenes secretas a todos sus funcionarios. Al amanecer detuvieron a cientos de templarios al mismo tiempo. Nadie debía escapar.
—¿Por qué?
—Porque el rey estaba endeudado con ellos.
Guardó silencio.
--El rey los acusó de herejía, idolatría, renegar de Cristo durante las ceremonias de ingreso y otros delitos gravísimos.
--Bajo tortura, muchos confesaron lo que sus interrogadores querían escuchar.
Oliver apretó la mandíbula.
—Entonces las confesiones no demostraban necesariamente que fueran culpables.
—Exactamente.
Pascual volvió a caminar.
—El problema fue que el escándalo ya estaba creado.
Miró de reojo la Catedral.
—Y cuando una historia empieza a repetirse, a veces deja de importar si era verdad.
Oliver recordó inmediatamente la conversación sobre María Magdalena.
El anciano continuó.
—En el Concilio de Vienne, en 1312, la presión política fue enorme.
Finalmente, Clemente V tomó una decisión histórica: no declaró culpable a la Orden como institución, pero la suprimió mediante la bula Vox in excelso.
Poco después, otra bula entregó la mayor parte de sus bienes a los Hospitalarios.
Oliver permaneció unos segundos sin hablar.
Después recordó la grieta.
El papel escondido en la torre.
—Entonces proteger algo importante podía convertirse en una condena.
Pascual lo observó fijamente.
—Depende del valor de aquello que proteges.
Oliver esperó.
El anciano levantó lentamente la vista hacia la torre.
—Si custodiaras oro, alguien intentaría robártelo.
Hizo una pausa.
—Si custodiaras un documento, alguien intentaría destruirlo.
Otra pausa.
—Pero si custodiaras una verdad capaz de cambiar la forma en que millones de personas entienden la historia...
El silencio se hizo pesado.
—Entonces no perseguirían el objeto.
Pascual terminó la frase sin apartar la vista.
—Perseguirían al guardián.
Oliver se estremecía.
Por primera vez dejó de pensar en los templarios como caballeros medievales.
Empezó a verlos como hombres obligados a decidir si una verdad merecía más que su propia vida.
Y, sin saberlo, acababa de superar otra prueba.
Porque Pascual no le estaba preguntando qué sabía de la historia.
Estaba descubriendo cuánto estaría dispuesto a proteger antes de conocer el secreto.