Capítulo 52 Bajo el mismo techo
La Catedral de Almería permanecía cerrada al público.
El silencio del interior solo se rompía por el eco de unos pasos sobre la piedra.
Don Fernando atravesó el crucero con una carpeta bajo el brazo. Al llegar a la puerta de la sacristía respiró hondo antes de llamar.
—Pase.
El obispo levantó la vista desde una mesa cubierta de planos.
Había llegado a Almería el día anterior para conocer de primera mano el estado de las obras. Sobre la mesa descansaban fotografías de la grieta, informes técnicos y varias anotaciones escritas con tinta azul.
—Buenos días, don Fernando.
—Buenos días, señor obispo.
El sacerdote tomó asiento.
Durante unos segundos ninguno habló.
El obispo cerró despacio la carpeta que estaba leyendo.
—¿Cómo está la situación?
Don Fernando respondió sin rodeos.
—El arquitecto ya no puede entrar en la Catedral.
El obispo asintió lentamente.
—Me lo comunicaron.
—La Policía Nacional está al corriente.
—¿Han tenido que intervenir?
—No.
Fernando negó con la cabeza.
—La inspectora Lucía Navarro solo vigila que se respete la prohibición de acceso. Si permanece en la calle, no pueden hacer nada.
El obispo permaneció pensativo.
—Es lo correcto.
Don Fernando lo observó unos instantes.
—¿No le preocupa?
—Claro que me preocupa.
Se levantó despacio y caminó hasta uno de los ventanales.
La luz de la mañana iluminaba la Catedral-fortaleza.
—Me preocupa cualquier decisión que afecte a este edificio.
Guardó silencio.
—Pero más me preocupa equivocarnos.
Fernando bajó la mirada.
—Yo tampoco estoy seguro de haber hecho lo correcto.
El obispo no respondió.
Conocía demasiado bien el peso de aquellas palabras.
Volvió a la mesa.
—Cuénteme cómo van las obras.
Don Fernando abrió la carpeta.
Sacó varias fotografías.
—La grieta principal sigue estabilizada.
Colocó una imagen sobre el plano.
—Los testigos de yeso no han mostrado movimientos significativos desde la última revisión.
El obispo observó la fotografía con atención.
—Eso es buena noticia.
—Sí.
Fernando pasó otra hoja.
—Hemos limitado el acceso hasta recibir un informe definitivo sobre las cargas del terreno.
El obispo señaló una anotación.
—¿Y las bóvedas?
—Sin cambios.
La inspección visual no ha detectado nuevas fisuras, pero todavía no podemos descartar movimientos antiguos provocados por el terreno.
El obispo permaneció unos segundos mirando el plano.
Luego preguntó algo inesperado.
—¿El arquitecto llegó a ver toda esta documentación?
Fernando tardó en contestar.
—Toda no.
—¿Por qué?
El sacerdote respiró despacio.
—Porque dejó de hacer preguntas sobre la obra.
Levantó la vista.
—Empezó a hacer preguntas sobre la Catedral.
El silencio volvió a instalarse en la sala.
El obispo cerró lentamente la carpeta.
—Fernando...
Su voz sonaba serena.
—Una obra siempre puede esperar unos días.
Hizo una pausa.
—Lo que no puede permitirse esta diócesis es tomar decisiones precipitadas.
Don Fernando asintió.
Sabía que aquellas palabras hablaban de mucho más que de piedra y mortero.
Cuando salió del despacho volvió a recorrer la nave central.
Las columnas permanecían inmóviles.
Las bóvedas seguían sosteniendo siglos de historia.
Y, sin embargo, por primera vez tuvo la sensación de que el mayor peligro ya no estaba bajo la Catedral.
Estaba caminando por las calles de Almería.