Capítulo 51 La Protectora
El teléfono comenzó a vibrar a las ocho en punto de la mañana.
Oliver abrió los ojos sobresaltados.
Miró la pantalla.
Don Pascual.
—¿Sí?
—Buenos días, señor Oliver.
La voz del anciano sonaba tranquila.
—Estoy esperándolo en la puerta del Hotel.
—Ahora bajo.
Diez minutos después, Oliver atravesó la puerta del hotel.
Don Pascual aguardaba junto a la entrada, con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Al verlo salir, levantó la mano.
—Buenos días.
—Empiezo a pensar que siempre sabe dónde encontrarme.
Pascual sonrió.
—No. Solo conozco la ciudad mejor que usted.
Se acercaron al paso de peatones y cruzaron la avenida. Entraron en la Rambla Federico García Lorca mientras Almería empezaba a despertar.
Algunos corredores recorrían el paseo central.
Un barrendero terminaba su trabajo.
El agua de las fuentes rompía el silencio de la mañana.
Caminaron varios minutos sin hablar.
De pronto, Pascual se detuvo.
Frente a ellos se alzaba una escultura de hierro sobre un pedestal de piedra.
Una mujer sostenía un niño en brazos mientras otro permanecía junto a ella.
Oliver levantó la vista.
—La había visto alguna vez, pero nunca me había parado aquí.
—Eso le pasa a casi todo el mundo.
Pascual permaneció unos segundos contemplando la figura.
—Es la Estatua de la Caridad.
Oliver volvió a observar el conjunto.
—¿Y qué recuerda?
—Una tragedia.
El anciano respiró despacio.
—El 11 de septiembre de 1891 una riada bajó por esta rambla. Entonces aquí no había jardines ni fuentes. Era un cauce abierto. El agua llegó con tanta fuerza que arrastró casas, animales y personas. Murieron alrededor de veinte vecinos.
Oliver miró la avenida.
Intentó imaginar aquella corriente atravesando el lugar donde ahora caminaban los niños camino del colegio.
Le resultaba imposible.
—Después encauzaron la rambla.
—Sí. Y años más tarde levantaron esta escultura para que la ciudad no olvidara lo que ocurrió.
Guardó unos segundos de silencio.
Luego señaló despacio a la mujer.
—Existe una historia que los almerienses llevan contándose desde hace generaciones. Dicen que cuando encontraron su cuerpo, seguía abrazando a su hijo con tanta fuerza que aquella imagen quedó grabada en la memoria de la ciudad.
Oliver frunció ligeramente el ceño.
—Pero aquí aparecen dos niños.
Pascual asintió.
—Ese es el detalle que casi nadie pregunta.
Señaló al pequeño que permanecía junto a la madre.
—Ese representa al hijo que iba con ella cuando llegó la riada.
Después levantó la mano hacia el niño que sostiene en brazos.
—Y este recuerda al hijo que llevaba en el vientre. Estaba embarazada cuando murió.
Oliver volvió a mirar la escultura.
De pronto dejó de verla como un monumento.
Empezó a verla como una decisión.
La ciudad había elegido recordar un gesto.
No la muerte.
La protección.
Pascual permanecía callado.
Esperando.
—¿Qué ve? —preguntó finalmente.
Oliver tardó unos segundos en responder.
—Todo el mundo diría que una madre protege a sus hijos.
Hizo una pausa.
—Pero yo creo que hace algo más.
Pascual no apartó la vista de él.
—Explíquese.
Oliver señaló la postura del cuerpo.
—Mire el hombro izquierdo.
El anciano siguió la dirección de su dedo.
—Está adelantado.
—Exacto. El peso cae hacia delante.
Oliver recorrió con la mirada el hierro moldeado.
—No está huyendo.
Está colocándose entre el peligro y ellos.
Guardó silencio.
—Ella sabe que no puede detener la riada.
Pero sí puede decidir quién la recibe primero.
Durante unos segundos ninguno habló.
El sonido del agua de las fuentes volvió a llenar la Rambla.
Pascual bajó la mirada.
No dijo "correcto".
No felicitó a Oliver.
Simplemente comenzó a caminar otra vez.
—Venga.
Oliver lo siguió sin darle importancia.
Creía que acababan de compartir una historia curiosa de la ciudad.
No sabía que Don Pascual no había ido hasta la Rambla para enseñarle una estatua.
Había ido para descubrir qué veía un hombre cuando nadie le decía qué debía mirar.
Y, sin sospecharlo, acababa de superar la primera prueba.