El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 50 La Llamada
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Capítulo 50 La Llamada

Aquella tarde, Don Pascual caminó despacio hasta un banco del Parque Nicolás Salmerón.

No eligió el banco por comodidad, sino porque era un sitio seguro para él, donde podría hablar de algo muy importante.

Sacó el móvil del bolsillo. Dudó unos segundos antes de marcar.

Al otro lado tardaron en responder.

—¿Sí?

La voz era serena.

Acostumbrada al silencio.

—Soy yo.

Hubo una breve pausa.

—Lo sé.

Pascual dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Siempre sabes cuándo llamo.

—Llevamos demasiados años conociéndonos para sorprendernos.

El anciano apoyó la otra mano en la rodilla.

Durante unos segundos ninguno habló.

Solo se escuchaban las hojas de los árboles moverse.

—Creo que ha aparecido alguien.

La voz al otro lado no respondió inmediatamente.

—¿Lo crees... o lo deseas?

La pregunta golpeó más fuerte de lo esperado.

Pascual bajó la mirada.

—Hace años que me hago esa misma pregunta.

El silencio volvió.

—Ya tengo una edad.

Miró sus manos.

Las mismas manos que llevaban décadas cuidando jardines.

Las mismas manos que nunca habían tocado aquello que protegían.

—Cada invierno pienso que quizá sea el último en el que pueda seguir haciéndome cargo.

La mujer habló despacio.

—Nunca has tenido miedo de morir.

—No.

—Entonces, ¿de qué tienes miedo?

Pascual respiró hondo.

—De irme sin haber reconocido al siguiente.

La respuesta tardó unos segundos.

—Eso no sería un error cualquiera.

—Lo sé.

—Sería romper una cadena que lleva siglos intacta.

Pascual cerró los ojos.

—La noche de la tormenta ocurrió algo distinto.

—Cuéntamelo.

—No fui yo quien lo encontró.

Hizo una pausa.

—Fue ella quien lo llamó.

Al otro lado volvió el silencio.

La mujer conocía perfectamente el significado de aquellas palabras.

—¿Y él lo sabe?

—No.

—¿Y tú?

Pascual tardó en contestar.

—Todavía no.

La voz se volvió más firme.

—Entonces no confundas la esperanza con la certeza.

El anciano asintió, aunque ella no pudiera verlo.

—Por eso te llamo.

—Escúchame bien.

El tono cambió.

Ya no hablaba una amiga.

Hablaba alguien que llevaba el mismo peso.

—No puedes entregar el relevo por intuición.

Cada palabra parecía pronunciada con cuidado.

—No puede bastarte con que sea bueno.

Otra pausa.

—Ni con que sea inteligente.

Pascual apretó el puño.

—Lo sé.

—Cuando llegue el momento...

La mujer dejó la frase suspendida.

—...no tendrás ninguna duda.

El anciano levantó la vista hacia el horizonte.

El ferry de Melilla comenzaba a alejarse del puerto.

—Confías en mí.

—Siempre.

—Pero...

—Precisamente por eso te exijo que seas preciso.

Pascual cerró el teléfono despacio.

Permaneció sentado unos minutos más.

Después sonrió apenas un instante.

No porque hubiera encontrado una respuesta.

Sino porque acababa de comprender cuál era su siguiente obligación.

No debía enseñarle el secreto.

Debía descubrir si el secreto ya había empezado a enseñarle a él.

Y, por primera vez desde la noche de la tormenta, Don Pascual decidió que el arquitecto dejaría de seguir un camino.

A partir de ahora...

empezaría a recorrer una prueba tras otra sin saber que cada uno de sus pasos estaba siendo observado.