Capítulo 49 La Primera Catedral
El viento seguía recorriendo las murallas de la Alcazaba cuando comenzaron el descenso.
Oliver lanzó una última mirada hacia el puerto.
El ferry de Melilla ya estaba mucho más cerca del muelle.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó.
Teresa sonrió mientras tomaba una de las callejuelas que descendían hacia la Almedina.
—A conocer una mentira.
Oliver levantó una ceja.
—¿Una mentira?
—Sí. Todo el mundo cree que la Catedral siempre ha estado donde está ahora.
Caminaron entre calles estrechas de fachadas encaladas. La pendiente obligaba a bajar despacio y, a cada pocos metros, aparecía una nueva perspectiva de la ciudad.
—La primera catedral de Almería no estaba en la Plaza de la Catedral —continuó Teresa—. Estaba aquí abajo.
Oliver guardó silencio.
Aquello no lo esperaba.
Al doblar una esquina apareció una pequeña plaza tranquila.
Frente a ellos se levantaba la iglesia de San Juan.
No tenía la imponencia de la catedral-fortaleza.
Precisamente por eso pasaba desapercibida.
—Aquí empezó todo —dijo Teresa.
Oliver observó la fachada.
—No parece una catedral.
—Porque ya no lo es.
Se acercaron despacio.
—En el siglo X, cuando Abderramán III fundó la ciudad, aquí se levantó la Mezquita Mayor. Cuando los Reyes Católicos conquistaron Almería en 1489, decidieron convertir aquella mezquita en la primera catedral de la ciudad, dedicada a San Juan por la devoción de Isabel la Católica a ese santo.
Oliver recorrió con la mirada las líneas del edificio.
—Otra vez.
Teresa sonrió.
—Ya sé lo que vas a decir.
—Otra civilización construyendo sobre la anterior.
—Exactamente.
Permanecieron unos segundos contemplando la fachada.
Entonces Teresa señaló un lateral del templo.
—Lo más increíble está ahí dentro.
—¿Qué hay?
—El mihrab.
Oliver la miró sorprendido.
—¿El mihrab original?
—Sí. El nicho que indicaba la dirección de La Meca. Permaneció oculto durante siglos hasta que fue redescubierto en el siglo XX, cuando restauraban el edificio. Nadie imaginaba que seguía allí, detrás de los muros.
Oliver dejó escapar una sonrisa.
—Otra vez una verdad escondida detrás de una pared.
Teresa no respondió.
Sabía que aquella frase ya no hablaba solo del edificio.
Continuaron rodeando la iglesia.
—¿Y por qué dejaron de usarla como catedral?
El gesto de Teresa cambió.
—Por culpa de un solo día.
Se detuvo.
—El 22 de septiembre de 1522.
Oliver esperó.
—Un terremoto arrasó Almería. Derribó casas, abrió grietas en la Alcazaba y dejó esta catedral prácticamente destruida desde los cimientos.
El obispo Fray Diego Fernández de Villalán tomó una decisión que cambió la ciudad para siempre: no reconstruirla aquí y levantar una nueva catedral en otro lugar. Las obras comenzaron en 1524.
Oliver permanecía inmóvil.
—Entonces...
Miró alrededor.
—La ciudad que conocemos nació después de un desastre.
—Sí.
Teresa señaló las calles.
—Después del terremoto, Almería tuvo que redibujarse. Algunas calles desaparecieron, otras cambiaron de sitio y hasta el centro de la ciudad empezó a desplazarse hacia donde hoy conocemos como el Paseo.
Oliver observó la plaza con otros ojos.
—Eso explica muchas cosas.
—¿El qué?
—Que los planos antiguos nunca encajen del todo con los actuales.
Teresa sonrió.
—Empiezas a pensar como Pascual.
Él negó con la cabeza.
—No.
Miró la iglesia una vez más.
—Empiezo a pensar como un edificio.
Los dos soltaron una pequeña risa.
Por primera vez en muchos días, la conversación no estaba marcada por el miedo.
Entonces ocurrió.
Oliver levantó la vista casi por instinto.
Al otro lado de la plaza, junto a un coche oscuro, una mujer permanecía sentada tras el volante.
No hacía ningún gesto.
No hablaba con nadie.
Solo observaba.
Teresa siguió su mirada.
—Es ella.
La inspectora.
Durante unos segundos nadie se movió.
Lucía no bajó del vehículo.
No les pidió documentación.
No hizo absolutamente nada.
Pero cuando Oliver volvió a caminar, comprendió que la advertencia de Don Fernando seguía viva.
La Catedral había cerrado sus puertas.
Y la vigilancia acababa de salir a la calle.