Capítulo 47 Ella
Don Pascual no volvió a sentarse.
Permaneció de pie unos segundos, observando el ir y venir de la gente bajo el Edificio de las Mariposas. A su alrededor, la ciudad seguía con su rutina. Nadie imaginaba que, a pocos metros de Puerta de Purchena, tres personas hablaban de un secreto que llevaba siglos sin pronunciarse en voz alta.
—Señor Oliver... ha llegado el momento de que entienda por qué sigo apareciendo en su camino.
Oliver dejó la taza sobre el plato.
—Eso llevo preguntándome desde que empezó todo.
Pascual asintió despacio.
—Y aún no tiene la respuesta.
Hizo una pausa.
—Porque tampoco la tengo yo.
Aquellas palabras sorprendieron a los dos.
Teresa fue la primera en romper el silencio.
—¿Cómo que no la tiene?
El anciano los miro fijamente.
—Llevo muchos años guardando algo que nunca he visto.
Oliver frunció el ceño.
—¿Está diciendo que es el guardián de un secreto cuyo final desconoce?
—Exactamente.
El arquitecto tardó unos segundos en responder.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene cuando uno comprende que un guardián no protege una verdad.
Pascual alzo la voz.
—Protege un camino.
el anciano continuó.
—Hace muchos años recibí el relevo de quien vino antes que yo.
—¿Y cómo supo que era usted el elegido? —preguntó Teresa.
Los ojos de Pascual se apagaron durante un instante, como si recordara algo demasiado antiguo.
—Porque ella lo quiso.
Oliver volvió a escuchar aquel pronombre.
Ella.
Siempre ella.
—¿Quién es ella?
El anciano sostuvo su mirada, pero no respondió.
—Todavía no puedo contestar a esa pregunta.
Oliver dejó escapar el aire lentamente.
—Entonces, ¿por qué me ha buscado?
Pascual dio un paso hacia él.
—Porque la noche de la tormenta ocurrió algo que llevaba muchos años esperando.
Hizo otra pausa.
—Y necesito saber si usted es el hombre correcto.
El arquitecto tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Correcto para qué?
—Para recibir mi relevo.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los tres.
Teresa observó a Oliver.
Él parecía incapaz de apartar la vista del anciano.
—¿Está diciendo que cree que yo voy a sustituirle?
Pascual negó lentamente.
—No.
Aquella respuesta desconcertó aún más a Oliver.
—No he dicho que lo crea.
—He dicho que necesito averiguarlo.
El arquitecto guardó silencio.
—¿Y cómo piensa hacerlo?
La expresión del anciano cambió.
Por primera vez desde que se conocían apareció una sombra de preocupación en su rostro.
—Ese es precisamente mi mayor miedo.
Bajó la voz.
—Entregar el relevo a la persona equivocada sería condenar siglos de silencio.
Oliver sintió un escalofrío.
—Entonces... ¿qué espera de mí?
Pascual sonrió apenas un instante.
—No espero nada.
—Será ella quien decida.
Oliver apretó la mandíbula.
—¿Y cómo voy a saberlo?
El anciano dio media vuelta.
Comenzó a caminar despacio entre la gente.
Cuando ya se había alejado unos metros, respondió sin girarse.
—Cuando deje de buscar respuestas...
Y empiece a reconocer las señales.
Teresa observó cómo desaparecía entre los peatones.
—No ha contestado a ninguna pregunta.
Oliver permaneció inmóvil.
Miró la taza de café ya fría.
Después levantó la vista hacia las mariposas.
Y comprendió algo que le inquietó más que cualquier símbolo descubierto hasta entonces.
Hasta ese momento había creído que estaba investigando un secreto.
Ahora acababa de descubrir que él mismo podía formar parte de él.