El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 46 El Café
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Capítulo 46 El Café

La terraza de la cafetería, bajo el Edificio de las Mariposas, empezaba a llenarse de gente. El tintineo de las cucharillas contra las tazas y las conversaciones cruzadas hacían que nadie prestara atención a un anciano, un arquitecto y una historiadora sentados alrededor de una mesa.

El camarero tomó nota.

—Dos cafés y un cortado.

Cuando el camarero se alejó, el anciano apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Señor Oliver...

Hizo una pausa, como si eligiera cada palabra.

—Cuando lo vi por primera vez pensé que usted venía a arreglar una grieta provocada por aquella noche de tormenta.

Oliver no apartó la vista de él.

—Después comprendí que había otra grieta mucho más peligrosa.

Teresa frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Que algunas grietas no rompen la piedra.

Miró directamente a Oliver.

—Rompen el silencio.

El camarero regresó con la bandeja.

Las tazas descendieron sobre la mesa una a una.

El aroma del café recién hecho interrumpió la conversación.

Pascual esperó a que el hombre desapareciera entre las mesas antes de continuar.

—Al principio desconfié de usted.

Oliver arqueó una ceja.

—Lo noté.

—Pensé que podía descubrir un secreto que lleva siglos escondido.

Volvió a hacer una pausa.

—Ahora pienso otra cosa.

—¿Cuál?

El anciano sonrió apenas un instante.

—Todavía no estoy seguro.

El silencio volvió a instalarse entre los tres.

Alrededor, la vida seguía igual.

Niños cruzando la plaza.

Las mariposas de hierro seguían inmóviles en la cúpula.

Pascual levantó la vista hacia ellas.

—¿Sabe por qué me gusta este edificio?

Oliver negó con la cabeza.

—Porque todo el mundo mira arriba.

Señaló discretamente la fachada.

—Y casi nadie mira dónde pisa.

—Las ciudades hablan igual que los edificios —murmuró Oliver.

—Exactamente.

Pascual asintió satisfecho.

—Y Almería lleva siglos hablando muy bajito.

Bebió un pequeño sorbo de café.

—Siempre ha sido una ciudad olvidada. Primero por quienes gobernaban desde aquí. Después por quienes decidían desde Sevilla. Y más tarde por quienes miraban desde Madrid.

Teresa intervino.

—Eso es cierto. Almería siempre ha sido la última.

—Pero sobrevive —respondió Pascual—. Mientras otros levantaban monumentos para que el mundo los admirara, Almería aprendió otra cosa.

Oliver esperó.

—A esconderse.

Aquella palabra quedó suspendida en el aire.

—Tenemos playas que conoce media Europa —continuó Pascual—. Tenemos la agricultura que alimenta a millones de personas. Tenemos una Alcazaba que lleva más de mil años viendo pasar imperios.

Miró de nuevo la cúpula.

—Y aun así, cuando alguien piensa en Andalucía, pocas veces piensa primero en Almería.

Oliver dejó lentamente la taza sobre el plato.

—¿Qué está intentando decirme?

El anciano sostuvo su mirada.

—Que el mejor escondite del mundo es aquel que nadie considera importante.

Oliver formuló la pregunta que llevaba días persiguiéndolo.

—¿Qué esconde Almería?

Pascual no respondió inmediatamente.

Sus ojos parecieron perderse un instante entre las mariposas de hierro.

Luego volvió a mirarlo.

—Si ella lo ha elegido...

Su voz bajó casi hasta convertirse en un susurro.

—...lo sabrá.

Teresa sintió un escalofrío.

—¿Ella?

El anciano ignoró la pregunta.

Se incorporó despacio.

—Nadie ha llegado tan lejos como usted, señor Oliver.

Guardó silencio un instante más.

—Y lo más curioso es que nunca vino a buscar este secreto.

Oliver permanecía inmóvil.

Pascual dio media vuelta.

—Usted vino porque lo llamaron.

Caminó unos pasos.

Entonces, sin girarse siquiera, dejó caer una última frase.

—Y aún sigue creyendo que la Plaza Campoamor era el siguiente paso.

Oliver sintió un vuelco en el estómago.

Y por primera vez desde que llegó a Almería comprendió algo inquietante.

El jardinero no solo conocía el secreto.

Conocía cada uno de sus movimientos.