Capítulo 45 Las Mariposas
—Esto ya es muy serio —dijo Oliver mientras caminaban por la calle de las tiendas—. Estamos hablando de que la Policía Nacional nos está vigilando. Nunca me había visto en una situación igual.
Teresa no respondió enseguida.
Seguía dándole vueltas a la conversación con la inspectora. No había habido amenazas, ni gritos, ni acusaciones. Precisamente eso era lo inquietante. Todo había sido completamente legal.
En ese momento sonó su teléfono.
Número oculto.
Se miraron un instante antes de que Oliver deslizara el dedo sobre la pantalla.
—¿Sí?
—Soy Pascual.
La voz del jardinero sonaba tranquila, como si tuviera todo bajo control.
—Tengo que hablar con usted.
—Don Pascual... ahora mismo estamos en un momento complicado. Nos están vigilando.
Hubo un breve silencio.
—Ya lo sé.
Aquellas tres palabras hicieron que Oliver se detuviera en seco.
—¿Cómo dice?
—Ya lo sé. Por eso necesito que nos veamos.
Oliver miró alrededor por puro instinto.
Gente entrando en comercios.
Un repartidor descargando cajas.
Todo parecía normal.
Y, sin embargo, por primera vez tuvo la sensación de que cualquiera podía estar observándolo.
—Estamos en la calle de las Tiendas.
—Escúcheme bien. Vayan a la puerta del Edificio de las Mariposas. Teresa sabe llegar. Yo ya voy de camino.
La llamada terminó sin despedirse.
Oliver bajó lentamente el teléfono.
—Es Pascual.
Teresa levantó una ceja.
—¿Qué quiere?
—Que vayamos al Edificio de las Mariposas.
Ella señaló hacia el final de la calle.
—No está lejos. Ven.
Mientras caminaban, el bullicio del centro de Almería parecía amortiguar el peso de la conversación anterior.
La puerta de Purchena con sus escaparates y vecinos que cruzaban sin prestarles atención. A Oliver le costaba creer que apenas unos minutos antes dos agentes de la Policía Nacional le hubieran prohibido entrar en la Catedral.
El edificio apareció frente a ellos, la cúpula brillaba bajo el sol.
En lo alto, las mariposas de hierro vigilaban la ciudad desde hacía más de un siglo.
Oliver levantó la vista.
—Es curioso.
—¿Qué?
—Todo el mundo mira las mariposas.
Teresa sonrió.
—Y tú estás mirando otra cosa.
Él señaló la esquina del edificio.
—Las piedras.
Se acercó despacio.
Las molduras de la fachada conservaban pequeñas cicatrices del tiempo. Algunas piezas parecían originales; otras habían sido sustituidas durante restauraciones posteriores. Para cualquiera serían simples reparaciones. Para un arquitecto eran conversaciones entre distintas épocas.
—Siempre haces eso —dijo Teresa.
—¿El qué?
—Hablar con edificios.
Oliver pasó los dedos por una junta apenas perceptible.
—No hablan.
Hizo una pausa.
—Pero dejan huellas.
En ese instante una voz conocida sonó a su espalda.
—Y algunas huellas solo aparecen cuando uno deja de mirar hacia arriba.
Los dos se giraron.
Don Pascual permanecía sentado en un banco.
No sabían cuánto tiempo llevaba allí.
Y, por primera vez desde que comenzó todo, Oliver tuvo la sensación de que aquel anciano quería ayudarle.