Capítulo 24 Camino al Vigía
La Catedral quedó atrás, envuelta en penumbra, cuando Teresa y Oliver subieron al coche.
La noche de Almería tenía ese aire tibio que mezcla el olor a sal del puerto y la tierra seca del desierto.
Las luces del casco antiguo se desvanecían mientras el vehículo tomaba la carretera que bordeaba la costa en dirección a Torregarcía.
Durante los primeros minutos, viajaron en silencio. Solo se oía el murmullo del motor y el viento rozando las ventanillas. Fue Teresa quien rompió el silencio.
Oliver la escuchaba con atención, sin interrumpirla.
—El vigía se llamaba Andrés de Jaén —continuó Teresa—.
Fue él quien la llevó hasta la ciudad. La imagen, según los documentos, fue custodiada primero por los franciscanos y luego por el pueblo, que la proclamó patrona de Almería.
Dicen que la talla no era de estilo local, sino de origen extranjero… quizás llegada en algún naufragio.
Oliver sonrió. —Así que la “luz que guía a los hombres” no era solo una metáfora.
—Exacto —dijo Teresa—. La llamaron la Virgen del Mar, porque vino del mar y trajo calma tras la tormenta. Desde entonces, cada año, el segundo domingo de enero, los almerienses van hasta la ermita de Torregarcía a rendirle homenaje.
El coche siguió avanzando por el camino costero. Las luces del faro de San Miguel se divisaban a lo lejos. Oliver observaba el horizonte cuando, de pronto, distinguió una silueta blanca iluminada por la luna.
—Mira, debe de ser la torre —dijo señalando la estructura.
Teresa sonrió levemente.
—No, esa es la ermita—le corrigió—. Se construyó junto al lugar donde apareció la imagen. Es un sitio de oración y de romería, pero la torre del vigía está más adelante, casi en ruinas. Era parte del sistema defensivo costero del siglo XVI.
El camino se volvió más estrecho. El sonido del mar se hizo más fuerte. la ermita quedó atrás, y solo los faros del coche alumbraba el sendero de arena. Teresa redujo la velocidad y señaló con el dedo hacia el horizonte.
—Ahí —dijo—, esa sombra cuadrada que apenas se distingue. Esa es la Torre del Vigía de Torregarcía. Allí empezó la historia… y tal vez, Oliver, allí encontremos la respuesta a la nuestra.
El coche se detuvo. Frente a ellos, la silueta de la torre se recortaba contra el cielo estrellado, solitaria, como un centinela olvidado. El viento traía olor a sal y a historia.
—Ahora entraremos —dijo Teresa en voz baja—. Si las campanas tenían razón, dentro de esa torre hay algo que la Catedral quiere contarnos.
Oliver asintió.
El mar rompía con fuerza sobre la arena, y por un instante, ambos creyeron ver una luz reflejarse entre las olas, igual que aquella que el vigía divisó cinco siglos atrás.