Capítulo 22 La Llamada al Obispado
El despacho parroquial estaba en penumbra, la lámpara de mesa lanzaba un círculo de luz sobre los informes que Oliver había dejado la tarde anterior. Don Fernando, el párroco, giraba entre las manos el teléfono fijo como si pesara demasiado. Finalmente marcó el número del Obispado.
La voz del Obispo, grave y ceremoniosa, respondió al segundo tono:
—Dígame, Don Fernando. Confío en que traiga buenas noticias.
El párroco tragó saliva.
—Excelencia, no son malas noticias, pero… no son tan rápidas como esperaba. Los ingenieros han señalado que el refuerzo de la grieta no será cuestión de días, sino de meses.
Hubo un silencio helado al otro lado de la línea. Luego, el Obispo habló con una calma peligrosa:
—¿Meses? ¿Me está diciendo que la Catedral permanecerá apuntalada y abierta al comentario público durante tanto tiempo?
—No podemos arriesgarnos, Excelencia. Si no se hace bien, el daño podría agravarse.
La voz del Obispo subió un tono, dura como piedra:
—La Catedral es el corazón de la ciudad. Tenemos confirmaciones para celebraciones, visitas guiadas, incluso la posibilidad de una retransmisión nacional. No puedo presentarla como un edificio en ruinas.
El párroco apretó los dedos contra la mesa, buscando serenidad.
—He pedido que trabajen lo más rápido posible. Pero Oliver insiste en que primero hay que estudiar el subsuelo.
—Oliver… —repitió el Obispo con desdén—. No me hable de técnicos, hable de soluciones. Usted es el responsable de mantener la dignidad del templo. Y me temo que está fallando.
Don Fernando sintió un nudo en el estómago.
—Excelencia, créame, estoy haciendo lo imposible. Pero si forzamos los plazos, la grieta podría convertirse en una tragedia.
Al otro lado, un largo suspiro.
—Muy bien. Le concedo un margen, pero quiero un informe detallado cada semana. Y le advierto: si esto se convierte en un escándalo público, no solo la Catedral quedará marcada. También su nombre.
El párroco bajó la mirada.
—Entendido, Excelencia.
Cuando la línea se cortó, el silencio del despacho fue insoportable. Sabía que acababa de ganar tiempo, pero también que había perdido la confianza del Obispo.