Capítulo 20 El Informe al Obispo
La campana de las nueve resonó en el patio interior de la Catedral. El despacho parroquial estaba impregnado de un olor a incienso viejo. El párroco, con gesto cansado, hojeaba una carta doblada varias veces: la citación del obispo para un encuentro urgente.
Oliver entró con su cuaderno bajo el brazo. Se sentó frente a él, percibiendo que aquella no era una conversación rutinaria.
—El obispo exige un informe completo —empezó el sacerdote sin mirarlo directamente—. Quiere cifras, plazos, soluciones claras. Y sobre todo… garantías.
Oliver tomó aire antes de responder.
—Las garantías, padre, aún no existen. Apenas hemos apuntalado el muro. El terreno sigue siendo una incógnita. Hasta que no realicemos el estudio geotécnico no podremos asegurar nada.
El párroco frunció el ceño, golpeando suavemente la carta contra la mesa.
—El obispo no quiere incógnitas. ¿Cómo le explico que la Catedral está sostenida por tubos metálicos y que nadie sabe si el subsuelo aguanta?
—Explíquele la verdad —respondió Oliver, con voz firme—. Si ocultamos información, lo único que conseguiremos es retrasar lo inevitable.
Hubo un silencio denso. El sacerdote se levantó, se acercó a la ventana.
—La ciudad murmura, Oliver. El Obispo teme que esto se convierta en un escándalo.
El arquitecto se inclinó hacia adelante.
—Lo que ocurre aquí no es solo un problema de piedra y cal. Hay algo más. La grieta parece seguir una línea que coincide con los antiguos planos de la fortaleza. No es casualidad.
El párroco giró bruscamente, con la mirada encendida.
—¿Qué insinúa?
Oliver bajó la voz, casi como si temiera ser escuchado.
—Que quizá la grieta no sea únicamente fruto del tiempo. Que esté revelando algo que siempre ha estado bajo la superficie.
El sacerdote quedó inmóvil unos segundos, apretando la carta en su mano. Luego, con un tono más bajo, dijo:
—Eso no puede aparecer en el informe al Obispo. Ni una palabra.
En ese momento, una sombra cruzó el pasillo. Oliver se giró y alcanzó a ver, a través de la puerta entreabierta, la figura de don Pascual, el jardinero. Caminaba despacio, con las manos en la espalda, como si no tuviera prisa alguna.
El párroco no lo notó, pero Oliver sí. Y en su interior comprendió que, aunque el informe pudiera disfrazar la verdad, había alguien más en la Catedral que conocía demasiado bien lo que el subsuelo intentaba recordar.