El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 18 El Plan de la Grieta
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Capítulo 18 El Plan de la Grieta

A primera hora de la tarde, el eco de voces y pasos se mezclaba con el sonido metálico de herramientas. La Catedral había dejado atrás el silencio solemne de la mañana: ahora era un espacio de trabajo, medido y frío.

Oliver acompañaba a los dos ingenieros hasta la nave norte, donde la grieta se extendía como una cicatriz. A simple vista parecía detenida, pero Oliver sabía que cada día el peso de la estructura la hacía respirar, apenas unos milímetros.

—El primer paso es descargar tensión del muro —explicó el ingeniero de casco blanco, señalando con una varilla metálica—. Colocaremos testigos de yeso para controlar si sigue abriéndose. Si se fracturan, sabremos que el movimiento continúa.

—Y reforzaremos con un apuntalamiento provisional —añadió su compañero, marcando con tiza el suelo—. Aquí, y aquí. Usaremos bastidores metálicos anclados en diagonal. No es estético, pero aguantará el empuje.

El párroco observaba con los brazos cruzados, incómodo ante las marcas de polvo y la visión de tubos metálicos entrando en su catedral.

—¿Durante cuánto tiempo tendrá que estar… este andamio? —preguntó con un tono que era más reproche que consulta.

—Semanas, quizá meses —respondió Oliver, con calma—. No podemos sellar la grieta sin saber qué ocurre debajo. Si el subsuelo está cediendo, hay que estabilizarlo primero.

El sacerdote suspiró, como si cada palabra de “meses” fuese una piedra en su paciencia.

—El Obispo quiere garantías, no dudas.

Oliver se inclinó hacia la pared, pasando la palma sobre la piedra. Sintió la rugosidad, el leve desprendimiento de polvo.

—Las garantías reales solo vendrán de un estudio geotécnico. Hay que excavar en el exterior, junto al contrafuerte. Quizá el antiguo aljibe de la fortaleza esté debilitando el terreno.

Los ingenieros asintieron. El párroco, sin embargo, bajó la mirada, como si temiera que remover la tierra trajera consigo más de lo que deseaban encontrar.

En ese momento, una figura se detuvo a unos metros, casi confundida entre las sombras de la catedral. Don Pascual, el jardinero. No dijo nada. No interrumpió. Solo observaba.

Oliver lo notó, y por un instante cruzaron sus miradas, el arquitecto se sintió vigilado. Había algo en esos ojos grises, que parecía saber más de la grieta que cualquier cálculo estructural.

El ingeniero de casco blanco rompió la tensión con voz firme:

—Comenzaremos esta misma tarde. El apuntalamiento será el primer paso, después vendrá la excavación. Si hay que levantar parte del pavimento exterior, lo haremos.

El párroco tragó saliva, resignado.

—Háganlo, entonces. Pero recuerden: cada día que esta grieta siga abierta, la Catedral entera será un rumor en la ciudad. Y eso no lo puedo permitir.

Oliver cerró su cuaderno, con la sensación de que lo más frágil no era el muro, sino el silencio que todos intentaban mantener.