Capítulo 16 La Torre y la Infiltración
Oliver miró el teléfono. La voz gélida de Don Fernando había impuesto un plazo perentorio: informe de estabilidad listo a primera hora de mañana, antes de las ocho.
La urgencia del Párroco, preocupado solo por la discreción y la reputación de la Diócesis, se había convertido en lo más importante, cuando lo más preocupante era el daño de había sufrido la catedral
Oliver había quedado con teresa para cenar. El reloj corría hasta el amanecer.
—El Párroco me ha obligado a ser rápido, pero antes quiero ir a un sitio —dijo Oliver.
—. Quiero ir a la Torre del Homenaje, como la torre del vigía.
Teresa frunció el ceño. —La Torre.
Oliver sacó su bloc de notas y dibujó el Claustro y la Torre, visualizando el patrón arquitectónico.
—No es defensa, es código de constructores. La Torre es el único punto que recibe la primera luz del sol al amanecer.
El plan era audaz. Usarían las llaves de Teresa para el acceso a medianoche. No podían esperar a la luz del sol.
Se deslizaron por una puerta lateral. El interior de la Catedral era un pozo de sombras. El Claustro era el espacio más silencioso, envuelto en un aire denso desde el claustro se podía ver la torre homenaje.
Se dirigieron hacia la torre, El eco de sus pasos se apagaba en el pavimento frío mientras subían hacia la torre. La Catedral, despojada de fieles y luz, parecía un gigante dormido al que no debían despertar.
—¿Seguro que esto no es una locura? —susurró Teresa, ajustándose la chaqueta.
—Si lo es, es la única forma —respondió Oliver—. La torre guarda la clave del amanecer, y necesito comprobar si su orientación no es solo estética, sino un mensaje.
Atravesaron el pasillo lateral y llegaron a la base de la torre del homenaje. La piedra era más rugosa allí, menos pulida que en la nave central, como si quisiera recordar que la Catedral había sido fortaleza antes que templo.
Oliver pasó la mano por las juntas de los sillares, deteniéndose en una marca grabada a poca altura: una cruz patada, apenas perceptible bajo siglos de desgaste.
—¿La ves? —preguntó él en voz baja.
—Una cruz templaria —contestó Teresa, sorprendida—. ¿Cómo nadie la ha notado?
—Porque nadie la ha mirado de noche. De día el sol proyecta sombras distintas. Aquí se esconde la geometría del alba.
Un crujido en lo alto les hizo detenerse. Teresa contuvo el aliento, pensando en un vigilante, pero solo era una paloma que se agitó entre las cornisas.
Subieron la estrecha escalera de caracol, cada peldaño resonando como un secreto revelado. Desde la tronera superior se desplegaba la ciudad dormida, y al fondo, el mar oscuro que apenas reflejaba la luna.
Sacó su cuaderno, trazó las líneas y calculó ángulos. La emoción lo hacía escribir con rapidez. Teresa lo observaba en silencio, contagiada de la expectativa.
Pero algo no encajaba. El ángulo de la tronera no señalaba hacia el este, como había supuesto Oliver, sino hacia el norte. Volvió a medir, movió la linterna, rectificó los trazos. Nada.
—No puede ser… —murmuró con frustración.
—¿Qué ocurre? —preguntó Teresa, inclinándose sobre el cuaderno.
—Está mal. La torre no apunta al amanecer, ni al claustro, ni a ninguna de las capillas que imaginaba. No es un marcador solar.
En ese instante, una sombra se cernió sobre ellos. Don Pascual se había acercado sin hacer ruido, su azada de jardinería apoyada en su mano.
—No son horas, señor Roth —dijo Pascual, su voz más seca que el día anterior.
Teresa se apresuró a intervenir, con una excusa improvisada.
—Don Pascual, el arquitecto estaba examinando la estabilidad de la torre, por si la tormenta la afectó.
El jardinero no miró a Teresa; sus ojos grises se clavaron en Oliver, directamente en sus manos.
— El agua no hace daño a esta torre. Pero la curiosidad, sí.
Oliver se acercó lentamente, sin dejar de mirar a Pascual.
—Solo busco la estabilidad del edificio, Pascual. Es mi trabajo.
—Haga su trabajo señor Oliver —respondió Pascual con una dureza repentina y vallase a su despacho en Madrid.
El jardinero mostro la salida con la mano. Su mensaje era claro: la catedral estaba bajo su vigilancia directa.
Oliver y Teresa se retiraron. Salieron al exterior, de la catedral fortaleza, pero ahora se enfrentaban a un obstáculo más peligroso: el guardián.