Capítulo 13 Paseo por hierro y mar
—¿Le apetece dar una vuelta? —preguntó Teresa al salir de la Catedral—. Hay un lugar que le gustará: el Cable Inglés. Lo han acondicionado como paseo y las vistas son magníficas.
A Oliver le brillaron los ojos. La arquitectura industrial tenía para él la misma belleza que un vuelo de bóvedas.
Caminaron calle abajo, entre tiendas y cafés, dejando atrás la cúpula y la piedra del casco antiguo hasta que la ciudad se abrió al puerto.
El Cable Inglés se recortaba en el horizonte: esa estructura de hierro que había servido durante decenios para cargar mineral y que ahora, tras las obras de recuperación, permite pasear sobre la plataforma ofreciendo un mirador directo al mar y a la bahía.
—Antes por aquí pasaban las instalaciones del cargadero y los raíles —dijo Teresa mientras avanzaban—.
Era la vía por la que el hierro llegaba desde las minas; hoy caminas por memoria industrial convertida en paseo.
—Oliver tocó la barandilla y miró los restos de los raíles que todavía permanecen como huella del pasado.
Se pararon un momento mirando el mar. Desde allí, con la brisa salada y el rumor de las olas, —entonces maría magdalena, podrá haber llegado al sur de Europa que podría ser Almería—.dijo Oliver sonriendo.
Teresa lo miro a los ojos —te cuento como llego una virgen a Almería y llego desde el mar—
Teresa lo miró de reojo.
—La Virgen del Mar, patrona de Almería—.
—¿Virgen del Mar? —repitió él, intrigado—. ¿Por qué ese nombre?
—Porque fue hallada en la playa de Torregarcía, a principios del siglo XVI. Un vigía encontró la talla arrastrada por las olas. Imagina la escena: un hombre solo en la costa, ve que el mar trae algo… y resulta ser una imagen de madera de la Virgen. Desde entonces se la venera aquí.
Oliver apoyó el codo en la barandilla, interesado.
—Entonces, ¿una imagen perdida en el mar terminó siendo la patrona de la ciudad?
—Exacto. La llevaron al convento de Santo Domingo, que hoy es el Santuario de la Virgen del Mar. Allí permanece desde entonces.
Oliver se quedó pensativo, mirando el horizonte azul.
—Curioso… la historia suena a llegada milagrosa. ¿No le recuerda a esas leyendas del cristianismo primitivo, cuando se hablaba de barcas sin timón que llegaban a tierra?
Teresa sonrió.
—Lo dice por María Magdalena, ¿verdad? La tradición más famosa cuenta que desembarcó en la Provenza francesa. Pero, si lo piensa bien, el sur de Europa no es Francia. Es España. Y el sur de España es Andalucía.
Oliver alzó una ceja, divertido por la firmeza en su voz.
—¿Sugiere que pudo llegar aquí, a estas costas?
—No lo afirmo —respondió ella—. Pero si uno abre un mapa, verá que Almería está frente al Mediterráneo abierto. Nada impide pensar que, en lugar de Francia, las primeras barcas tocasen tierra aquí. Y que ciertas leyendas de imágenes marinas sean recuerdos deformados de algo mucho más antiguo.
Oliver se quedó pensativo, dejando que la idea flotara en el aire junto al olor salino.
—Interesante. Un hallazgo casual en la playa, un convento que guarda la imagen, y una ciudad que la convierte en su emblema… sí, es una historia que merece ser explorada.
—Entonces hagamos una cosa —propuso Teresa—. Vamos al Santuario. Allí podrá verla con sus propios ojos.
Oliver la siguió, consciente de que lo que había empezado como un paseo arquitectónico se estaba convirtiendo en una investigación donde la historia y la leyenda se tocaban como las olas contra el hierro del cargadero.