Capítulo 7 La llamada al Obispo
En la sacristía, Don Fernando sostenía su móvil con manos ligeramente temblorosas. Tras horas de deliberar si debía hacer la llamada, la gravedad de la situación lo empujó a marcar el número.
—Excelencia… —su voz sonaba contenida, cargada de inquietud—. Le ruego me disculpe, pero la catedral ha sufrido daños graves que no puedo guardar solo para mí.
—¿Daños graves? —respondió el obispo, sorprendido—. Padre, ¿de qué habla? No he recibido ningún aviso.
Don Fernando tragó saliva y respiró hondo, conteniendo la tensión.
—La tormenta reciente ha afectado los muros del Claustro, el antiguo Patio de Armas. Hay fisuras que se extienden con rapidez, y el agua amenaza con filtrarse hasta las bases. No es el desgaste habitual; los muros podrían ceder si no se actúa con rapidez.
—No tenía conocimiento de esto —dijo el obispo, su voz grave reflejando preocupación—. ¿Cómo ha reaccionado hasta ahora?
—He actuado con la máxima discreción, Excelencia —continuó Don Fernando—. He solicitado la ayuda de un arquitecto especializado, que ya se encuentra en Almería. Necesitábamos a alguien capaz de evaluar la estructura con precisión y decidir si el daño es puramente técnico o más profundo.
—Entiendo… —dijo el obispo, pensativo.
—No había otra —aseguró Don Fernando, apretando el móvil contra su oído—. La prioridad es proteger la Catedral, y necesitábamos experiencia que aquí no tenemos. El arquitecto ya está revisando los daños, pero necesitábamos actuar antes de que la situación empeorase.
El obispo respiró hondo.
—Hizo bien en avisarme. Esto es demasiado serio, padre, aunque sí debemos manejarlo con cuidado. Si los daños se agravan, no sería solo una pérdida arquitectónica: afectaría a toda la diócesis.
—Esa es mi mayor preocupación —susurró Don Fernando, sintiendo cómo la tensión lo oprimía—. Cada minuto cuenta, y la responsabilidad pesa sobre mí.
—Manténgame informado de cada avance, padre —concluyó el obispo—. Y por favor, asegúrese de que nadie fuera de nuestro círculo inmediato conozca la magnitud real del problema.
Don Fernando colgó la llamada con las manos temblorosas. La conversación lo dejó preocupado, pero también aliviado: ahora sabía que no estaba solo en la carga que llevaba. Sin embargo, la urgencia y la gravedad de los daños pesaban más que nunca.