El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 8 Encuentro en el Claustro
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Capítulo 8 Encuentro en el Claustro

A la mañana siguiente, Oliver se levantó temprano, con el recuerdo de las palabras de Don Pascual resonando en su mente: “Aquí solo está enterrado el amor, y el amor no necesita que lo excaven.” La frase, sencilla y profunda a la vez, había llenado de preguntas la noche que pasó en vela.

Sus ojos repasaban mentalmente los daños que había inspeccionado el día anterior, mientras repasaba los planos con obsesión.

Decidió que caminar hasta la Catedral sería la mejor manera de ordenar su mente.

La mañana almeriense le ofrecía un sol suave, iluminando la fachada de edificios antiguos, las calles estrechas y los balcones con macetas repletas de flores, mientras el olor del mar se mezclaba con el café recién hecho en las cafeterías que comenzaban a abrir.

Cuando llegó a la plaza frente a la Catedral de la Encarnación, su mirada se fijó de inmediato en la mole pétrea.

La fortaleza se alzaba firme, imponente, y cada piedra parecía contar historias de siglos de vigilancia y defensa.

Oliver cruzó el umbral con paso decidido, dejando atrás el bullicio de la ciudad, y se dirigió al interior de la catedral.

De repente, una voz femenina resonó clara y segura, guiando a un pequeño grupo de turistas que recorría las piedras frías del templo. La mujer hablaba con entusiasmo y conocimiento, dibujando la historia de la Catedral como un tapiz vivo.

—Y aquí, en la entrada del antiguo Patio de Armas, se encuentra la leyenda que atrae a muchos —decía.

Se dice que en una capilla cercana estuvieron enterradas las reliquias de San Valentín, patrón de los enamorados. Un hermoso mito que nos recuerda que incluso las fortalezas más duras deben albergar algo de amor.

Oliver se acercó al grupo con paso firme. Su atención estaba centrada en los detalles arquitectónicos, no en el mito.

—Con permiso, disculpe la interrupción —dijo Oliver, su voz cortante pero respetuosa, dirigiéndose directamente a la guía—. La explicación es poética, pero técnicamente incompleta.

La mujer lo miró con ligera sorpresa, manteniendo la calma.

—Disculpe, señor, ¿podría ser más específico? —preguntó, inclinando la cabeza con interés.

—Claro —replicó Oliver, extendiendo los planos sobre una columna cercana—.

Me llamo Oliver Roth, arquitecto. La Catedral de Almería no es solo un templo.

Es una fortificación. No se construyó únicamente para proteger a la gente; se construyó para proteger algo o alguien dentro.

Es una caja de seguridad de piedra. —Sus ojos se fijaron en ella—.

Lo que usted llama “amor”, yo lo llamo encubrimiento arquitectónico.

La guía, lejos de ofenderse, sonrió con una chispa de desafío en los ojos.

—Interesante perspectiva, señor Roth. Yo soy Teresa Sanz, historiadora local y guía de la ciudad. Por lo que veo, usted se especializa en la piedra y la estructura; yo en la historia y los secretos que guardan estos muros.

Oliver estudió su mirada y el tono firme de su voz. La mujer no era solo una guía turística; había en ella curiosidad y un conocimiento profundo de la ciudad. Se acercó, todavía con los planos en la mano, y señaló con delicadeza la zona afectada:

—Si me permite, podemos comparar estas estructuras con los muros laterales y la torre campanario. La historia de la piedra no siempre se encuentra en los libros; muchas veces está en las decisiones constructivas de quienes nos precedieron.

Teresa inclinó la cabeza, evaluando su presencia y la seriedad de su propuesta.

—Me parece que tenemos intereses coincidentes, señor Roth —dijo con una sonrisa—. Quizá podamos intercambiar perspectivas mientras recorro con usted la Catedral.

Oliver asintió, consciente de que aquel encuentro podría ofrecerle más que un simple conocimiento histórico: quizá Teresa tenía información que complementaría lo que Pascual y él habían descubierto hasta ahora.

La mañana avanzaba, y la catedral parecía un tablero donde historia y arquitectura comenzaban a entrelazarse bajo el sol de Almería.