El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 6 Visita a la Catedral de la Encarnación
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Capítulo 6 Visita a la Catedral de la Encarnación

Oliver salió del hotel con paso firme y pidió un taxi en la puerta. Mientras el vehículo avanzaba por las arterias de la ciudad, sacó su móvil y marcó directamente al número de Don Fernando.

―Padre, soy Oliver Roth. Voy directo a la Catedral. Necesito que alguien me espere en la entrada y me dirija inmediatamente al Claustro, a la zona de la fisura. No quiero perder tiempo.

―Entendido, señor Roth. La urgencia es nuestra prioridad ―respondió Don Fernando al otro lado―. El jardinero, Don Pascual, estará esperando. Él conoce la Catedral mejor que nadie y le indicará la ubicación exacta del daño. Pero, por favor, la discreción.

―Máxima discreción, Padre ―aseguró Oliver antes de cortar la llamada.

El taxi continuó su ruta por el centro urbano.

Oliver observó por la ventanilla la vida de la ciudad: cafeterías abiertas, transeúntes que llenaban las aceras, fachadas antiguas conviviendo con edificios modernos.

Se fijo en el emblemático Edificio de las Mariposas, en la Plaza de la Puerta Purchena.

Poco después, el paisaje cambió. Las calles se estrecharon y el coche entró en el casco histórico.

Al llegar a la Plaza de la Catedral, el taxi se detuvo.

Oliver pagó y bajó, cargando con su maletín.

Ante él se alzaba la mole pétrea de la Catedral de la Encarnación: En las fotos ya le había impresionado, pero tenerla delante le provocó un sobrecogimiento mayor, una sensación de solidez y misterio.

Junto a la entrada principal, un hombre mayor lo aguardaba. Vestía ropa de trabajo, sencilla y gastada, y su mirada transmitía una mezcla de respeto y desconfianza.

―¿Señor Roth, supongo? ―preguntó con voz calmada.

―Soy yo ―respondió Oliver, estrechando su mano. La piel curtida y el apretón firme revelaban una vida de trabajo duro.

―Yo soy Pascual, el jardinero. Venga, le enseño el daño.

Ambos entraron por las pesadas puertas de madera. El aire cambió al instante: dentro reinaba la penumbra, un frío húmedo que parecía conservar siglos de silencio. El eco de sus pasos resonaba entre columnas y bóvedas. Pascual caminaba con paso seguro hasta detenerse frente al muro sur.

―Aquí ―dijo señalando una grieta en la piedra―. El rayo y el agua han golpeado aquí. Siempre ha sido una zona delicada.

Oliver no perdió tiempo. Sacó su linterna y se agachó frente a la fisura.

Al iluminar la superficie, sus sospechas se confirmaron: aquello no era un muro macizo, sino un relleno.

Con gesto decidido abrió su navaja multiusos y rascó con cuidado.

La capa de mampostería cedió con demasiada facilidad, dejando al descubierto un enlucido de yeso.

Bajo él apareció lo que parecía una marca deliberada.

La luz de la linterna reveló una Cruz de San Jorge, idéntica a la que había visto en el catálogo comprado en la estación de Madrid. Pero en su centro, apenas perceptible, emergía un contorno más sutil: una flor de lis, grabada de forma tosca, como si hubiera querido pasar desapercibida.

Oliver quedó en silencio, intrigado, hasta que una voz grave sonó detrás de él.

―¿Va a seguir destrozando la paz, arquitecto? ―la advertencia venía de Pascual, que lo miraba con ojos penetrantes.

El anciano dio un paso adelante.

―Ese muro no debía ser tocado. Lo que la piedra quiere callar, es mejor que el hombre no lo pregunte. Aquí solo está enterrado el amor… y el amor no necesita que lo excaven.