Capítulo 5 Llegada a Almería
La fachada principal del edificio era de dos cuerpos, con una gran cristalera en el centro. El vestíbulo interior estaba decorado con un mural de la Virgen del Mar pintado sobre azulejos y un mosaico, que provocaban un bello contraste de materiales y colores.
Oliver observó la estructura con interés, reconociendo la influencia de la arquitectura industrial del siglo XIX. Tras un breve vistazo, se dirigió al exterior para tomar un taxi que lo llevara a su alojamiento.
Oliver entró en el vestíbulo, de estilo funcional y luminoso, con amplios ventanales que dejaban ver el bullicio del puerto. Fue recibido con amabilidad por el personal de recepción, y tras un breve registro subió a su habitación.
El ascensor se detuvo en la planta sexta. Al abrir la puerta de la habitación, lo envolvió un ambiente espacioso y elegante, dominado por una enorme cristalera que daba al Mediterráneo. Dejó su maleta sobre el escritorio y, sin pensarlo, se acercó directamente a la ventana.
El puerto se extendía a sus pies, con sus barcos mercantes amarrados, y más allá, la figura inconfundible del Cable Inglés, la monumental estructura de hierro que se adentraba en el mar como un puente detenido en el tiempo.
Aquel vestigio de la ingeniería minera del siglo XIX parecía observarlo, oscuro y silencioso, bajo la luz anaranjada del atardecer.
Fue entonces cuando sus ojos se posaron en un mástil que ondeaba junto a la rambla.
Allí estaba otra vez: la bandera de Almería, con la Cruz de San Jorge roja sobre el fondo blanco.
El recuerdo de la revista que había hojeado en el tren lo golpeó de inmediato.
Era la segunda vez, en menos de un día, que ese símbolo simple, casi primitivo, se le aparecía con insistencia.
Se quedó un instante quieto, La cruz, la fortaleza, la discreción… Un patrón que su mente de arquitecto no podía evitar recomponer como si fueran piezas de un plano oculto.
Finalmente, suspiró y se apartó de la ventana. El cansancio del viaje lo alcanzó de golpe. Se dejó caer en la cama, aunque la imagen de la bandera, unida al sol que se ocultaba tras el mar y la oscura silueta del Cable Inglés, seguía grabada en su pensamiento como un presagio inquietante.
Al día siguiente, con la mente más clara, lo esperaba la Catedral.