Capítulo 4 El Jardinero
Mientras tanto, en la Catedral, el jardinero más antiguo de Almería vivía su propia preocupación.
Pascual, hombre de edad avanzada, conocía cada fisura, cada ciclo de humedad, cada sonido que la imponente estructura emitía.
Aquella mañana se movía lentamente por el Claustro —el antiguo Patio de Armas— con una pequeña azada colgando de su cinturón, respirando el intenso olor a tierra mojada y piedra húmeda.
Los ecos de voces tensas rebotaban en la galería. Canónigos y el Párroco Mayor, Don Fernando, inspeccionaban el muro sur, cerca de la zona de las antiguas capillas.
—¡Si el agua llega a los cimientos, la estructura puede ceder! —exclamó uno, con preocupación.
—Necesitamos discreción. Si se sabe que la Catedral está fallando… —agregó otro, con voz temblorosa.
Pascual sintió un nudo en el estómago. La alarma del clero era comprensible, pero la suya era diferente, más profunda, más visceral.
Dejó el rastrillo a un lado y se acercó, con pasos amortiguados sobre la piedra antigua.
Los sacerdotes se apartaron al verlo, volviendo a un silencio cargado de tensión.
Se detuvo frente al muro afectado, donde la grieta era más ancha y oscura.
Observó la mampostería hinchada y agrietada, producto de la tormenta y la filtración de agua.
Su rostro se tensó en una expresión de angustia.
Se llevó la mano al pecho y murmuró algo inaudible, una plegaria o tal vez una maldición, dirigida a la piedra húmeda que tanto había conocido y cuidado.