CAPÍTULO 24 QUIÉN ORDENÓ VIGILAR A REQUENA
BLOQUE 1
Elena Salcedo había evitado durante meses utilizar la palabra vigilancia para describir todo lo que figuraba en los registros del proyecto Valderrama.
Las primeras anotaciones hablaban de seguimiento documental, comprobación de contactos y control de avances de investigadores ajenos al equipo privado.
Algunas podían referirse a la consulta de publicaciones o a gestiones profesionales ordinarias.
Otras resultaban más difíciles de interpretar, pero la inspectora había preferido conservar sus denominaciones originales antes que atribuirles una conducta todavía no acreditada.
La carpeta de Álvaro Requena había cambiado esa situación.
Martín Arce examinó la primera serie de fotografías.
Requena aparecía saliendo de un archivo y conversando con Pablo Mena.
Otras imágenes lo mostraban en una cafetería y durante un desplazamiento hacia una estación.
Los registros incluían fechas y horas, con anotaciones que permitían reconstruir parcialmente sus itinerarios.
Las fotografías no procedían de publicaciones realizadas por Requena.
Habían sido obtenidas por personas que siguieron sus movimientos sin que él conociera aquella actividad.
Elena dejó junto a las imágenes el informe que identificaba a los operadores. La documentación financiera y los registros de entrega permitían relacionar el trabajo con dos personas contratadas a través de una sociedad utilizada por Roberto Navas.
—¿Eran investigadores privados? —preguntó Adrián Valcárcel.
—Algunas actuaciones se presentaron de esa manera. Pero las comprobaciones realizadas muestran que no todo lo que hicieron estaba amparado por la habilitación o el encargo que alegaban.
La calificación jurídica de cada conducta exigiría examinar sus circunstancias. Lo que ya podían establecer era la existencia de un seguimiento físico sostenido, acompañado de fotografías y registros sobre reuniones de Requena.
Clara Montalvo se acercó a la mesa.
—¿Por qué lo habían elegido a él?
Elena abrió la evaluación interna que precedía a los primeros informes:
“A. Requena: cruza archivos familiares con fondos eclesiásticos. Riesgo de localizar transmisión Santillana-Burgos.”
Adrián reconoció la importancia de aquella referencia.
Requena no había sido incluido en el seguimiento por una relación personal con alguno de los responsables del proyecto. La evaluación se refería directamente a su trabajo archivístico y a la posibilidad de que reconstruyera la misma vía por la que había sobrevivido el Memorial.
Martín encontró la disposición siguiente:
“Mantener observación de desplazamientos y contactos hasta determinar alcance real.”
Elena comprobó la procedencia de la anotación. Había sido incorporada desde el usuario asignado a Navas y coincidía con los encargos posteriores a los operadores.
—Aquí tenemos una instrucción de seguimiento —dijo—. Pero todavía necesitamos saber quién se la pidió.
Abrió entonces un correo anterior.
El mensaje había salido de la cuenta corporativa del despacho de Julián Velasco y estaba dirigido a Roberto Navas. Llevaba por asunto el apellido del investigador.
“Este investigador está entrando en fondos que no estaban previstos. Necesito saber con quién trabaja, qué consulta y si ha relacionado Santillana con Burgos. Seguir de cerca hasta nuevo aviso.”
Martín dejó de pasar las fotografías.
El correo definía una tarea concreta sobre una persona determinada. Solicitaba conocer sus contactos y sus consultas, y ordenaba mantener un seguimiento.
Elena explicó que la autenticidad del mensaje había sido contrastada con su copia de servidor y con los datos técnicos de transmisión. No dependían de una captura de pantalla aislada ni de una transcripción proporcionada por un tercero.
La cuenta remitente y la integridad del mensaje estaban acreditadas.
La atribución personal se apoyaba además en la respuesta que llegó poco después y en la autorización asociada al gasto.
Navas había escrito:
“Puedo montar control discreto. Necesito autorización de gasto.”
Cuarenta minutos más tarde recibió esta contestación:
“Autorizado. Evitar contacto directo.”
Adrián volvió a leer la secuencia.
La primera instrucción había solicitado seguir a Requena. Navas propuso una modalidad de control y pidió fondos. Desde la cuenta de Velasco llegó una autorización que fijaba también un límite operativo: evitar el contacto directo.
Ya no estaban intentando deducir una orden a partir de facturas pagadas meses después.
Tenían el intercambio que la precedía.
—¿Podemos atribuirle el seguimiento? —preguntó Clara.
—La orden inicial y la autorización están documentadas —respondió Elena—. Cada actuación concreta de los operadores requiere su propio examen.
La distinción importaba.
Autorizar la observación de Requena no equivalía automáticamente a ordenar cualquier método que los contratados hubieran utilizado. Tampoco demostraba participación en los hechos posteriores que afectaron a otras personas.
Pero el origen de aquella vigilancia ya no descansaba en una inferencia sobre el interés de Velasco por el Memorial.
Había una instrucción expresa, seguida de una propuesta de ejecución y una aprobación del gasto.
Martín observó las fotografías.
La búsqueda histórica había dejado de limitarse a localizar documentos. Una persona ajena al proyecto había sido seguida porque podía llegar antes a la misma fuente.
Elena separó el primer correo de la autorización.
Aquellas dos piezas permitían reconstruir el inicio de la cadena. Faltaba conocer cómo había evolucionado después, especialmente cuando Requena comenzó a aproximarse a los fondos relacionados con Santillana.