EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

Aquella noche, cuando el sol desaparecía tras el mar, Marco regresó agotado a la domus. Sentía el cuerpo dolorido y los brazos pesados por las interminables horas retirando piedras y ayudando a los heridos. Apenas cruzó el atrio, Prisca salió a su encuentro. Hablaba casi en un susurro.

—Señor, le he preparado algo de comer. Horacio lo está esperando en el comedor. La señora Julia y el pequeño siguen durmiendo. Aunque me temo que ese muchachito no tardará mucho en reclamar alimento.

Marco sonrió por primera vez en todo el día.

—Entonces aprovecharé mientras me deje. En cuanto despierte, avísame. Iré a las termas primero. Necesito quitarme el polvo de encima antes de ver a mi familia.

—Sí, señor.

Prisca lo observó unos instantes.

—Ha sido un día muy duro.

—Más de lo que imaginaba.

La mujer asintió lentamente.

—Pero también ha sido un día hermoso.

Marco comprendió enseguida a qué se refería.

—Tengo que darte las gracias. Hoy has salvado dos vidas.

Prisca negó con la cabeza.

—No me dé las gracias, señor. Julia siempre ha sido como una hija para mí. Aunque sea mi señora, nunca he sabido quererla de otra manera.

Marco sonrió con gratitud.

—Tito Livio consiguió algo extraordinario. Construyó una familia donde otros solo habrían visto esclavos y sirvientes.

Prisca bajó la vista emocionada.

—A veces todavía olvido que soy una mujer libre.

—Eso significa que Tito cumplió su promesa.

Durante unos segundos ambos guardaron silencio. Finalmente Prisca volvió la mirada hacia el dormitorio.

—Solo lamento que Claudia no esté aquí para conocer al pequeño.

Marco también dirigió la vista hacia aquella puerta cerrada. La alegría por el nacimiento de su hijo nunca estaría completa mientras Claudia siguiera cautiva.

—Volverá. Mi hermano la traerá de vuelta.

Lo dijo con absoluta convicción. Más que un deseo, era una promesa. Prisca sonrió.

—Vaya a asearse y a cenar antes de que se enfríe la comida. Yo seguiré vigilando a esos dos dormilones.

Marco dejó escapar una leve risa.

—No tardaré.

—No tenga prisa —respondió ella con una sonrisa cómplice—. Créame, dentro de muy poco ese pequeño no le dejará descansar una sola noche.

Marco negó divertido con la cabeza y se encaminó hacia el comedor. Por primera vez en muchos meses, el futuro dejaba de parecer una amenaza. Ahora tenía una familia por la que vivir y por la que seguir luchando.

Baelo Claudia. Seis meses después.

Marco y Julia alcanzaron la cima de una colina que dominaba toda la ensenada de Bolonia.

Descendieron de los caballos y caminaron unos pasos hasta situarse al borde del acantilado.

El viento traía consigo el aroma salado del mar.

Ante ellos, Baelo Claudia comenzaba a iluminarse con las primeras lámparas de la noche.

Desde aquella altura, las pequeñas luces parecían estrellas caídas sobre la tierra.

Las obras de reconstrucción continuaban por toda la ciudad, pero, poco a poco, la vida volvía a abrirse paso entre las heridas que había dejado el terremoto. Marco contempló el paisaje en silencio.

—¿No te parece el lugar más hermoso del mundo?

Julia apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Parece un cuadro pintado por los dioses.

Guardaron silencio unos instantes. Solo se escuchaba el romper de las olas contra las rocas.

—¿Alguna vez echas de menos Roma? —preguntó Julia sin apartar la vista del horizonte—. Allí habrías tenido una vida mucho más cómoda. Poder, riqueza... Todo aquello que aquí nunca podremos ofrecerte.

Marco sonrió. Le levantó suavemente el rostro con una mano.

—¿Riqueza?

Miró hacia la ciudad. Después volvió a mirarla a ella.

—Mi riqueza está aquí. En ti. En nuestro hijo. En la familia que hemos construido. Donde estéis vosotros... estará siempre mi hogar.

Julia sintió cómo se le humedecían los ojos.

Durante unos segundos fue incapaz de pronunciar una sola palabra.

Solo acercó lentamente su rostro al de Marco.

Sus labios se encontraron con la misma ternura con la que se habían buscado tantas veces desde que el destino volvió a unirlos. Él apoyó la frente contra la de ella.

—¿Sabes por qué quería traerte aquí?

Julia negó sonriendo.

—Porque este fue el primer lugar donde comprendí que jamás volvería a dejarte marchar.

Ella dejó escapar una leve risa.

—Y yo pensé que solo habías venido para presumir de vistas.

Marco fingió indignarse.

—También.

Las carcajadas de ambos se mezclaron con el murmullo del mar.

Después extendieron el manto que Prisca les había preparado y compartieron la comida mientras el sol desaparecía lentamente tras el océano.

Cuando la noche terminó de envolver la bahía, Marco rodeó a Julia con un brazo.

Permanecieron allí largo rato, contemplando en silencio la ciudad que, igual que ellos, había sabido levantarse después de la tragedia.

Porque comprendieron que la felicidad no consistía en no sufrir nunca, sino en encontrar siempre un motivo para volver a empezar.

Y mientras las primeras estrellas aparecían sobre el cielo de Hispania, ambos supieron que, pasara lo que pasara en el futuro, ningún juramento volvería a separarlos.